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Full text of "Charla (críticas al día)"

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LUCIANO DE TAXONERA 



ZHflRLA 



CRÍTICAS AL DÍA 




MADRID 

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO 

CALLE DEL ARENAL, 11 



CHARLA 

(CRÍTICAS AL DÍA) 



fi 






¥ 



LUCIANO DE TAXONERA 



CHARLA 



(CRÍTICAS AL DÍA) 




MADRID 

TIPOGRAFÍA DE ANTONIO MARZO 

San Hermenegildo, 32 dup.° 



OBRAS DEL AUTOR 



EN PREPARACIÓN: 



Por decir algo... (Ensayos de crítica). 
El alma de un hidalgo (Novela). 
En la cima (Novela). 
El caso de Leoncio Ríos (Novela) . 







El caso de siempre.— Anuncios teatra- 
les.— Dos nuevos literatos. 



...Aun no habíase borrado de la retina 
la exacta visión de ese verde ceniciento 
que tiene el mar que baña las bravas 
costas cántabras, cuando de nuevo me 
vuelve á herir los oídos el rumor ince- 
sante de esta encantada colmena que se 
llama Mudrid. 

Es de todos costumbre, al abandonar 
por un espacio de tiempo la ciudad en 
que vivimos, el llevarnos la idea de que, 
desde el día del retorno, nuestra existen- 
cia, en lo fundamental y en lo acceso- 
rio, corra por cauces distintos á aquellos 
que antes de marchar habíamos con gran 



6 CHARLA 

contento utilizado. Pero esto no llega 
nunca á verificarse. La causa de que así 
suceda no estriba tanto en nosotros como 
en los seres que con nosotros amistosa- 
mente conviven. Ellos — no acierto á ex- 
plicarme por qué obscuro designio — son 
siempre los que hacen desaparecer el 
paréntesis que creíamos haber abierto en 
nuestro existir. 

Diríase, por la sensación que motiva, 
que un brazo de gigante une la vida 
de los días ya pasados con esta otra 
que, juzgando por lo que la conformaría, 
á buen seguro había de ser más llena 
y de más robusta idealidad. Pero este 
deseo, que en cada uno germinará de 
una manera dispar, ha de frustrarse an- 
tes de que nos llegue á conducir á esas 
regiones luminosas de la exaltitud. ¿ Por 
qué serie interminable de causas ? La 
respuesta á esta pregunta, hecha en tono 
de generalización, es, dentro de la más 
estricta lógica, de suma facilidad el en- 
contrarla. Nadie ignora, pues el igno- 
rarlo implicaría carecer en absoluto has- 
ta de aquellos conocimientos que encie- 
rran lo más elemental de los maravillo- 
sos libros de los humanistas, que del 
sedimento que dejan nuestros actos se 
nutre el recuerdo — y el recuerdo es el 
enorme arco, es el brazo de gigante que 



LUCIANO DE TAXONERA 



nos liga á lo que, reflexivamente, ha- 
bíamos dado por olvidado. 

En el caso que ahora citaré, que es el 
que me sugiere cuanto inserto queda, 
hay causa de sobra, justo es así confe- 
sarlo, para que el recuerdo de cierta alu- 
sión, que yo hoy califico con el adjetivo 
más duro de mi léxico, se halle todavía 
latente. 

Cierta conocida escritora, á quien ad- 
miro por la honda filosofía que sabe im- 
primir á cuanto su pluma produce, se ha 
sentido ofendida por una frase que, de 
pasada, dedicábale en uno de mis artícu- 
los. Lamento y lamentaré que haya acha- 
cado á malevolencia de intención ó sim- 
plemente á rencor lo que fué dicho sin 
ánimo de molestia. Dicha escritora debe 
comprender, y con seguridad así ya lo 
habrá comprendido, que mis palabras no 
tenían esa acritud que llevan las que 
ofenden y hasta las que no hacen más 
que censurar. 

Además diré, y esto sin referirme á 
caso particular alguno, que no hay voca- 
blo ni vocablos de este diccionario cas- 
tellano, que es ciclópeo por su extensión, 
que en sí lleven el agravio. Aunque nues- 
tro idioma es de una gran riqueza ex- 
presiva, por haberse nutrido de lo más 
escogido, de lo más musical y de lo más 



8 CHARLA 

onomatopéyico de otros ya muertos, ne- 
cesita que lo anime el espíritu del que 
con él escribe y que le den aún más vida 
aquellos que lo han de leer. Las palabras 
con que un escritor da existencia á sus 
ideas son piezas inanimadas hasta que no 
se establece, por medio de la sangre que 
éste las inyecta, una onda de sentimien- 
tos imantados, de esencias comunes, que 
no son más, según lo ya aceptado por 
la ciencia positiva, que corrientes tele- 
páticas entre el que las escribió y los 
que ^s han de dar lectura. Para que 
esas palabras tengan una eficacia, ad- 
quieran un valor, se requiere que exista 
en las personas á quienes van dirigidas 
el prejuicio de que en ellas se encuentra 
encerrada una molestia. Ciertos morbos 
sólo se desarrollan entre sustancias dla- 
tésicas. Y es tan vulgar que se den pre- 
disposiciones orgánicas á contraer deter- 
minadas enfermedades, como que algu- 
nas alusiones, desnudas de malévolo sen- 
tido, actúen sobre sensibilidades á ello 
adecuadas. 

Alguien que lo preinserto lea, á buen 
seguro, la reputará de sutileza hermenéu- 
tica. Nada más lejos de mi ánimo. Me he 
resistido siempre á desvirtuar con jine- 
teos imaginativos, con dislocadas razo- 
nes, cualquiera de mis actos. Creo, y es- 



LUCIANO DE TAXONERA 9 

ta creencia está ya en mí muy arraigada, 
que todo escritor, á quien el miedo no 
entorpezca la pluma, es un médico social. 
Por esta causa, y en atención á esta idea, 
he arremetido, en más de una ocasión, 
contra ciertos emborronadores de cuarti- 
llas, que se llaman literatos. Todos cuan- 
tos desmanes intelectuales han tenido lu- 
gar en estos últimos tiempos tuvieron en 
mí un decidido acusador. ¿ Cómo callar 
ante las insulseces de Rafael Leyda, ese 
descarado imitador de Pío Baroja ? ¿ Có- 
mo conservar el silencio después de ho- 
jear, no de leer, las elucubraciones de 
Ramón Gómez de la Serna, que es el Co- 
rnelia de la literatura moderna ? ¿ Cómo 
no anotar, y con gruesos caracteres de le- 
tra si ello fuera posible, las demasías que 
están cometiendo cuantos de cerca siguen 
las huellas que va marcando Felipe Tri- 
go ? Citar aquí nombres sería tarea harto 
difícil. El número de los que escriben li- 
bros eróticos es cada vez más considera- 
ble. A López de Haro y á Insúa, que me- 
recen literaria consideración, les ha se* 
guido casi toda la generación actual.' 

El no decir claramente los defectos de 
que adolece un escritor es complicarse 
con él, y, lo que es aún peor, con sus 
mediocres obras. Cada nuevo día nace á 
la vida intelectual un Goy de Silva cual- 



10 CHARLA 

quiera que pretende causar la admiración 
de sus coetáneos con un engendro que es 
de estructura tan disforme como la mente 
que lo ha concebido. A veces, y cito de 
ejemplo el caso del dicho Goy que sólo es 
elogiado, siguiendo naturales inclinacio- 
nes, por algún que otro Ricardo Baeza, 
que, dicho sea de pasada, cree que sus sá- 
tiras se hombrean con las de Larra, cuan- 
do no servirían más que para hacer boste- 
zar á Voltaire ó dormir á Rochefort ; á ve- 
ces, repito, este engendro es de idea tan 
seca, tan inhumana, que del desprecio li- 
terario se llega, fácilmente, al más ab- 
soluto desprecio personal. 

En el idioma castellano hay que decir 
las cosas de una manera precisa, tal vez 
un poco descarnada y, en ocasiones, exce- 
sivamente dura, porque en esta lengua 
en que han escrito hombres del haber 
mental de Mateo Alemán, del madrileño 
Alonso de Ercilla, de Alvarez de Villa- 
sandino — que Navarro comparaba á Ver- 
laine — , de Juan de Mena — que es, como 
poeta, el heredero directo de Lucano y 
el predecesor de Góngora — , y, en fin, el 
genial Alonso Núñez de Reinoso, no hay 
vocablos que se presten á los dislocados 
cancanes de la sátira francesa, que es, co- 
rrientemente, de modalidades dúctiles, y 
como dúctiles humanas. Han existido mu- 



LUCIANO DE TAXONERA 11 

chas ocasiones en que, por una larga se- 
rie de causas y concausas, me he imagi- 
nado que á nuestro idioma lo animaba el 
espíritu de un hidalgo, de uno de esos 
hidalgos mayorazgos de espada y de bla- 
són, que vivieron allá por los años que 
han pasado á la Historia, ennoblecidos 
porque en ellos dieron á la luz las mara- 
villosas creaciones de sus portentosos in- 
genios Fernando de Herrera, el elegiaco 
cantor de doña Leonor de Milán, Con- 
desa de Gelves, y su coetáneo Baltasar de 
Alcázar, que refleja en sus amables versos 
la graciosa charla sevillana. En algunos 
momentos las palabras con que se habla 
en esta austera tierra de Castilla son 
desabridas, tiesas, engoladas, hieren é 
intimidan como hiere é intimida un ros- 
tro de continuo cejijunto, serio, adusto... 
No sé, ni averiguarlo nada me importa, 
si lo que dicho queda se achacará á ma- 
lignidad de intención ó, por lo menos, 
á sedimentos de rencor. Debo decir, por- 
que con ello hago honor á la verdad, que 
en cuanto he escrito, existe, á modo de 
ritmo intenso que lo animara, un ansia 
del más rotundo saneamiento de cuanto 
integra este conglomerado social, de 
nuestras costumbres, de nuestras cualida- 
des morales, que los de cerebro miope al 
estilo del de ese ya mencionado Goy de 



'12 CHARLA 

Silva, cuya vida Dios conserve muchos 
años para sonrojo del aciago día en que 
vino á recorrer este tránsito de la exis- 
tencia, habrán reputado ó, á buen seguro, 
reputarán de vano prurito de saciar odios, 
desprovistos de lógicos fundamentos, en 
la difamación. Yo sinceramente creo, que 
la labor más estimable de un crítico es la 
de selección — selección á que ha de lle- 
garse después de detenido examen, de mi- 
nucioso estudio, en cuantos elementos de 
arte utilice en su trabajo un escritor. Me 
atrevería á decir, sin miedo á que nadie 
dijese lo contrario, que desde la época en 
que vivió el implacable Zoilo hasta esta 
otra, ya moderna, la misión de la crítica 
ha sido la de canalizar hacia un fin de 
elevado nivel artístico las condiciones de 
cuantos escriben... 

En España, y en los instantes actuales, 
debiera haber satíricos á la manera neta 
de Valbuena, que parece llevar en sus ve- 
nas sangre de Quevedo. Muerto el sabio 
Clarín, que era el que más de cerca le 
seguía, las letras españolas no cuentan 
hoy con ningún escritor de la estirpe 
mental de éste, capaz de corregir con sus 
siempre atinadas censuras las demasías 
literarias que, desde hace número no cor- 
to de años, están realizando esos poco 
aprensivos sujetos á lo Ricardo Baeza 



LUCIANO DE TAXONERA 13 

Traduxit. En honor de la verdad, débese 
aquí citar unido el nombre de Manuel 
Bueno, que casi á diario y desde popular 
rotativo ha esgrimido las disciplinas de 
su ática prosa, bien nutrida de recia mé- 
dula, el de Andrés González Blanco, que 
incesantemente pone al servicio de las le- 
tras su gran talento y su maravillosa cul- 
tura. Toda su obra, que es varia y vasta, 
la anima un deseo, muchas veces y de 
divinas maneras mostrado, de saneamien- 
to, no sólo del medio literario sino de 
cuantos en este medio viven ó de este 
medio viven... 

No es, pues, en mí sistemático el agra- 
vio. Tal vez, y en determinadas ocasio- 
nes, he acentuado la nota de descontento 
con el exclusivo objeto de que la litera- 
tura actual se librase de ciertos nombres, 
que para su gloria son perjudiciales. En 
caso alguno he hecho lo que requerían 
las circunstancias, movido por insano 
desequilibrio pasional, del que por refle- 
xión me hallo libre... Lo que pretendo, 
lo que siempre pretenderé es que se es- 
criba por algo más elevado que el prurito 
grafómano de escribir, que para nada 
sirve ni á ningún fin práctico conduce. 



14 CHARLA 

Todos los diarios insertan, de continuo, 
noticias acerca del vecino año teatral ; 
todos, en parecida forma, dan cuenta de 
las modificaciones que sufrirán las com- 
pañías y de la lista de obras con que cada 
una cuenta. 

En dichas listas de obras, no hay nin- 
guna de autor desconocido. A los presti- 
giosos nombres ya acreditados en lides 
escénicas, de Benavente, de Linares Ri- 
vas, de Marquina, de Martínez Sierra, 
úñense otros varios de no tan preclara es- 
tirpe mental aunque admitidos, con gran- 
de estima por el público. 

Fuera de estos nombres citados, que 
son unánimemente bien acogidos por la 
crítica, nada hay que señale, en nuestro 
teatro una modalidad artística, verdade- 
ramente artística. Además debe decirse 
que toda la producción escénica españo- 
la, á excepción hecha de las obras de 
Jacinto Benavente que es una de las 
mentalidades de mayor fuerza ideológica 
de las que existen en España, adolece de 
ciertos males que, tal vez por conformi- 
dad de raza, la hace seca, desabrida. En 
estos modernos tiempos aun quedan resi- 
duos en cuanto concurre á integrar el 
conglomerado social, de aquel carácter 
creados por el maravilloso intelecto del 
noble hidalgo — hidalgo por fuero del ta- 



LUCIANO DE TAXONERA 15 

lento y de la sangre — que en vida llamóse 
Don Pedro Calderón de la Barca. 

Tal vez por conformidad de raza, re- 
pito, no sea nuestro teatro sitio á propó- 
sito para desarrollar determinadas teo- 
rías, hoy en boga en Francia, y que aquí 
están en pugna con el rutinarismo, en el 
terreno de las ideas, por el que, siguién- 
dole, nos regimos. Para alcanzar un de- 
cidido éxito en la escena, dado el nivel 
medio de cultura en España, es necesa- 
rio hacer obras al estilo de las ya aplau- 
didas de los hermanos sevillanos Alvarez 
Quintero. Toda producción que no se 
ajuste á lo que en el teatro en el día se 
admite será ruidosamente rechazada, y 
en el día lo que no se admite, lo que 
en nombre de una moral anticuada las 
gentes no pueden admitir es el amor, 
ese amor instintivo, ciego, avasalla- 
dor, á modo del que vagara á través 
de las selvas en el alba del mundo. Cla- 
ro está, y de ello no se me esconde la po- 
sibilidad, que el espíritu pacato que esto 
lea, mentalmente me responderá que esos 
sentimientos amorosos, tal como debie- 
ron surgir en las criaturas primitivas de 
los amanaceres de la Humanidad, se han 
desprovisto de la rudeza, de la animali- 
dad, purgados y atenuados por la civili- 
zación. Pero al llegar á este punto debo 



16 CHARLA 

decir que los sentimientos amorosos no 
han sufrido ni sufrirán modificación al- 
guna. En determinadas zonas sociales, 
en esas zonas en que los seres se hallan 
á merced de las sorpresas del instinto, 
el amor todavía es lava volcánica que 
impetuosamente se desprende de los co- 
razones, para los cuales es frágil y efí- 
mero cuanto el medio en que viven ha 
edificado. Lo que tiene, para que los ca- 
sos sean disimilares, es que, por educa- 
ción, en la aristocracia y en la mcso- 
cracia hállase más dormido el sentimien- 
to. Además, en estas dos zonas de la 
sociedad se encuentran latentes ciertas 
ideas, que ha ido incubando la civiliza- 
ción, de tradiciones familiares, de moral, 
de religión, que van formando un tupido 
velo que sujeta y á veces hasta aprisio- 
na el instinto. 

Lo que hoy, repito, no admiten es que 
ese instinto rompa los frenos del pudor 
y que se divorcie de cuanto cerca de él 
fueron creando los escrúpulos de la con- 
ciencia, los respetos morales, la discipli- 
na religiosa, para mostrarse, libre de tra- 
bas, violento, invencible. Este ambiente 
en el cual vivimos nos impone una más- 
cara, y con ella, que es la que pone me- 
dida á nuestros sentimientos y disciplina 
á nuestras pasiones, vamos á través del 



LUCIANO DE TAXONERA 17 

mundo, caminamos entre esta doliente 
humanidad con el uniforme que las ge- 
neraciones pasadas nos legaron, modifi- 
cado por la moda de los actuales años... 
El teatro en España es una muestra ro- 
tunda de lo que dicho queda. No es po- 
sible que en él se llegue á demostrar 
que el fuego central del instinto redu- 
cirá á escombros y cenizas cuanto sea 
obra de la civilización y de la cultura ; 
tampoco es posible que en él se llegue á 
dar la verdadera sensación del amor, 
tal como es y como lo debieron sentir 
los primitivos humanos en las selvas vír- 
genes, y de la serie interminable de con- 
flictos que en las conciencias crea el 
amor... El teatro en España es un teatro 
de sentimientos contenidos, de pasiones 
sujetas por las riendas de la hipocresía 
ambiente. Nada en él responde ni es 
muestra de los caracteres en los cuales 
todo, absolutamente todo, cede á la pre- 
sión brutal de lo que es ingénito en los 
seres. El asunto escénico de más desca- 
rriada moral es el de un adulterio, que 
en el tercer ó cuarto acto lo castiga la 
familia, la sociedad y luego la Iglesia. 
Cuando no es esto, se nos presenta el 
«hondo» problema de unos amores con- 
trariados, y que en el sacrificio se hacen 
sublimes. ¿ Presentar el amor ? No. El 



18 CHARLA 

amor hay que esconderlo, porque es un 
aspecto de la fatalidad ; porque es, según 
los griegos, un castigo impuesto por los 
dioses á los hombres. Pero los autores de 
obras teatrales en España no esconden 
este sentimiento por conceptuarlo como 
un foco morboso, sino por cobardía de 
los que debieran ser directores y apare- 
cen como dirigidos. 

No hay, en el año teatral que se ave- 
cina, indicio alguno de que la literatura 
escénica corra por cauces distintos de los 
ya por autores de nota señalados. Jacin- 
to Benavente, Manuel Linares Rivas, 
Gregorio Martínez Sierra, ennoblecerán 
la muy noble historia del maravilloso 
arte dramático castellano con las crea- 
ciones de sus lozanos ingenios. Eduardo 
Marquina, que es el primer poeta espa- 
ñal, me atrevería á decir que es el único 
poeta español, aunque de cerca le siguen 
el delicado Enrique Diez Cañedo y el 
muy humano, por el sentimentalismo de 
que están impregnados sus versos, An- 
drés González Blanco, buceará en los 
episodios históricos desarrollados entre re- 
yes, entre magnates, entre grandes hom- 
bres que han dejado en la vida huella 
de su paso y en cuantos actos realizaron 
algo de tan inconmensurable valor que es 
digno de ser ejemplo de esta edad ac- 



LUCIANO DE TAXONERA 19 



tual y de las que á ésta han de seguir... 
Pero nada acusa desenvolvimientos de 
nuevas teorías. Toda la producción dra- 
mática no será impulsiva, sino impulsa- 
da. ¿ Se esconderá un caudal ideológico 
diverso al actual en los escritores que 
se encuentran alejados todavía del tea- 
tro ? Lo dudo. Para que así fuera sería 
necesario que, por evolución, nunca por 
revolución, se reformasen las costumbres 
y que desapareciesen ciertas tradiciones 
familiares que cristalizan la voluntad y 
determinados prejuicios religiosos que 
anquilosan el entendimiento. 



Los dos libros que últimamente he leí- 
do han sido escritos y, si rindo culto á 
la verdad, debo confesar que bien es- 
critos, por dos ciudadanos, dedicados al 
cultivo de las letras, naturales de allende 
el Atlántico. Llamánse estos, Luis Ro- 
berto Boza y Juan Más y Pi — y el uno se 
me ha mostrado como cuentista de nada 
comunes méritos, por el detenido examen 
que hace del alma de las personas á 
quienes su firme pluma da vida, y el 
otro como sagaz crítico, que detallada- 
mente inquiere, que cuidadosamente ana- 
liza, para después de estas inducciones, 



20 CHARLA 

que han de ser claras, de manera suma, 
deducir juzgando, sin erigirse en censor, 
con los atinados razonamientos que na- 
cen de una bien educada mentalidad. 

El libro de Luis Roberto Boza se ti- 
tula El cilicio. Todos los cuentos de que 
el volumen está compuesto llevan, en 
la entraña, un ritmo, que á veces, por 
lo firme parece de dogma. Atreveríame 
á decir, sin miedo á tener que lamentar 
error, que la característica de este escri- 
tor, para mí novel, es el deseo de 'a mu- 
tación de un estado social en otro ; es 
el ansia de renovar cuantos elementos 
son causantes de este irredento dolor hu- 
mano. Todo cuanto integra lo actual, 
que es complejo en un grado altísimo, 
adolece de males, de hondos males que 
actúan sobre los seres, al recorrer éstos 
el penoso tránsito de la' mortal exis- 
tencia. Para el autor de El cilicio la vi- 
da no es amable ni buena. De ella diría- 
se, siguiendo las huellas trazadas por los 
que rinden culto de devoción á exóticas 
doctrinas, que es sitio adonde se viene 
á expiar los errores cometidos en edades 
ya muertas, y adonde también se viene 
á diseñar el camino que hemos de se- 
guir en lo futuro. La idea central del 
libro de Luis Roberto Boza, que se des- 
arrolla en medio siempre á ello adecúa- 



LUCIANO DE TAXONERA 21 

dos, es la de demostrar las arbitrarieda- 
des de los hombres, de la sociedad que 
nos rige. En uno de los cuentos que in- 
tegran el volumen — creo que en el titu- 
lado El bandido — hace de manera admi- 
rable el retrato etopéyico de un patrono, 
que es de la estirpe moral de aquellos 
sanguinarios negreros de antaño. A decir 
verdad, no es menos admirable el retrato 
del obrero, de un honrado obrero que 
fué dejando día por día su existencia en 
beneficio del amo, y que éste, cuando ya 
no le sirve porque los músculos se han 
esclerotizado y la luz de los ojos se ha 
ido debilitando, lo echa á la calle como 
algo inutilizable, como un pingajo, obli- 
gándole, debido al hambre, á refugiarse 
en una casa en donde es muerto como un 
«ladrón». Y el hombre honrado, que vivió 
su vida entera esclavo en su taller, cae 
á tierra al fragor de unas balas que de- 
rechas le van al corazón. Pero todavía 
Luis Roberto Boza acentúa la maldad 
humana, haciendo ver que por el asesi- 
nato de un inocente premia la sociedad 
á sus elegidos... Este cuento es descrip- 
tivo, es sintomático de la manera de ha- 
cer de este escritor. La idea que lo ani- 
ma es la misma que en su entraña llevan 
todos los demás : la de la injusticia so- 
cial ambiente. 



22 CHARLA 

Todos los cuentos que hállanse colec- 
cionados en el libro titulado El cilicio 
están cuidadosamente escritos. En algu- 
nos de ellos, en los más, el interés con- 
viértese en emoción. Sí ; los cuentos de 
Luis Roberto Boza emocionan de una 
manera cruel. En cuanto se leen actúan 
trágicamente sobre el ánimo del lector, 
aunque éste sea indiferente á las cruen- 
tas luchas que por la existencia mant'.c- 
nen los humanos ó su espíritu no ahon- 
de en los complicados problemas que en 
este mundo los mortales hemos de re- 
solver. 

El otro libro lleva por título Letras 
españolas, y es debido á la pluma de 
Juan Más y Pi. Juan Más y Pi estudia 
de manera no común la obra de algunos 
ilustres escritores y de otros que no pa- 
san de mediocres. Entre los ensayos dig- 
nos de citarse figuran los consagrados á 
Pío Baroja y á Eduardo Marquina. 

Pío Baroja, que es uno de los gran- 
des novelistas españoles, tiene en las pá- 
ginas de la obra de Más y PI el más 
exacto estudio de sus leídas novelas. 
Toda su multiforme mentalidad, que á 
veces remóntase á esas zonas radiosas en 
que radican los genios inmortales, es 
analizada cuidadosamente, prolijamente. 
Cada nueva modalidad de este escritor, 



LUCIANO DE TAXONERA 23 



desde aquella primera de Vidas sombrías 
que hacía pensar en Maeterlinck á esta 
última que muestra en las Inquietudes 
de Santiago Andia, está con exactitud 
reconocida en el libro Letras españolas. 
El artículo dedicado á Eduardo Marqui- 
na es también notable por el hábil escu- 
driñamiento que en él se hace de las in- 
génitas cualidades de este maravilloso 
poeta, que es, como ya he dicho no ha 
mucho, el único gran poeta que en la 
actualidad existe en España. De inten- 
to he unido los nombres de Baroja y de 
Marquina, porque los dos, el uno en pro- 
sa y el otro en verso, son los cantores 
de esta raza altanera y noble que, de 
aventura en aventura, cruzó mares y des- 
cubrió mundos. En la entraña de casi 
todas las novelas de Baroja, como en 
los versos de Marquina, están latentes 
nuestras dos condiciones, tal vez nues- 
tras dos únicas condiciones bien defini- 
das, rotundamente acusadas en los ana- 
les de la historia, y que desde edad re- 
mota han subsistido y en lo venidero 
á buen seguro subsistirán : las dos con- 
diciones que tiene el alma castellana, 
que es mitad mística y mitad heroica. 
Baroja canta la anómala vida de los 
picaros, de los hampones, de los que 
luchan con la miseria y con el ideal ; 



21 CHARLA 

pero sus personajes, que son modernos, 
que ansian una renovación social, que 
desean innovar hasta las costumbres, tie- 
nen una veta' artística castiza, de acuer- 
do en absoluto con el espíritu que ani- 
mó la literatura del siglo XVI y del si- 
glo xvii. Marquina también canta la Es- 
paña de ya muertas edades. En cada uno 
de sus versos, que tienen el mismo ele- 
gante corte de los que escribiera Hora- 
cio, hállase idéntica noble masculinidad 
— masculinidad espiritual — á la de los 
hombres á modo de Rodrigo Díaz de Vi- 
var y á la de las mujeres á la manera 
de Teresa de Cepeda. Todos ellos llevan 
en sí, como su más preciada ejecutoria, 
muestra no débil de esta laza añosa, 
acaso herida, pero que aun tiene alien- 
tos... Juan Más y Pi estudia la persona- 
lidad literaria de Marquina, y casi sin 
sentirlo pasa á analizar las tendencias 
— sociales y morales — que predominan 
en la obra del más acabado, del más 
completo poeta español. Como final he 
de citar, y como merece elogiar, dos 
ideas vestidas con prosa en verdad ad- 
mirable. Una de ellas se refiere á lo que 
es causante de nuestra decadencia y la 
otra á la modalidad del medio actual 
en Francia. Estas dos ideas acusan el 
haber ahondado mucho v de manera 



LUCIANO DE TAXONERA 25 

muy sutil en cuanto conforma esta épo- 
ca, que,, dicho sea de pasada, es de una 
absoluta inestabilidad. Juan Más y Pi 
puede preciarse de su bien escrito libro 
Letras españolas. Es una obra que con- 
tiene tan atinadas observaciones, tan 
exactos análisis, que el recuerdo que ella 
deja en la memoria con facilidad no cae 
en el olvido... 






\¡ 



Los mercaderes del idea!.— Influen- 
cias del Norte. 

¿Hasta cuando, oh simples, amaréis 
la simpleza; y los burladores desearán 
el burlar y los insensatos aborrecerán 
la ciencia? 

Proverbios, cap. 1, versículo 22. 

A más de uno, acaso, ha de extrañar 
que al comienzo de este ensayo — con én- 
fasis, digno de emporio en beneficio de 
mejor causa, llamémosle así — coloque el 
versículo que arriba queda inserto, del 
que hice acotación al leer el libro ya ci- 
tado, que es uno de los libros más litera- 
rios y de mayor valor artístico de cuantos 
componen la Biblia, máxime cuando, en 
él, he de señalar, aunque sea muy some- 
ramente, la totalidad del desarrollo de 
una marcada tendencia intelectual que, 
si al nacer á la vida fué sana, se encuen- 



LUCIANO DE TAXONERA 27 

tra hoy en absoluto prostituida por esos 
mercaderes de volúmenes que, sin apren- 
sión alguna., se llaman, ó se hacen lla- 
mar literatos. 

Esta marcada tendencia intelectual de- 
nomínase naturalismo. Fué nacida en 
Francia cuando aún, en ella, quedaban 
restos gloriosos de aquel movimiento ro- 
mántico, iniciado en Alemania unido al 
nombre esclarecido de los hermanos 
Schelegel — que no fué más, aunque otra 
cosa digan los interesados en dar como 
real lo inexacto, que una reacción contra 
la forma y el fondo, de la literatura neo- 
clásica del siglo XVIIf. El naturalismo al 
llegar á su más completo desarrollo, mos- 
tróse atildado y correcto con Flaubert, 
exquisito y tierno con Daudet, enérgico y 
vigoroso con Maupassant : esta gran tri- 
nidad que, en absoluto, encauza el gusto 
de la época después de haber estado, éste 
vacilante los años en que, de la memoria, 
aún no habíanse escapado los recuerdos 
de una literatura ardorosa y exaltada co- 
mo la de Hugo, la de Lamartine, la de 
Chateaubriand, que altiva resista los em- 
bates de aquellos precursores de la nueva 
escuela que llamáronse Bernard, Taine, 
Sainte-Beuve, Balzac, de cuya obra arran- 
ca toda la novela moderna... Después de 
la trinidad naturalista de Flaubert, de 



28 CHARLA 

Daudet, de Maupassant — que vivirá eter- 
namente — viene, salvo excepciones dig- 
nas de consideración, un número crecido 
de escritores que se complacen en retra- 
tar, pues el cuadro no tiene la idealidad 
de una pintura sino la fidelidad de una 
fotografía, los medios más ruines, más 
abyectos, como si el naturalismo sólo 
buceara en los bajos fondos de la socie- 
dad. Al escribir lo preinserto acuerdóme 
de Zola. Emilio Zola es un enamorado de 
las miserias humanas. Toda su obra, que 
acusa una fuerza ideológica aun con apa- 
sionamiento juzgada, se basa en deteni- 
dos estudios fisiológicos que, en más de 
una ocasión, caen en patológicos. A veces 
en sus novelas, muchas de las cuales son 
maravilla de habilidad en materia de ob- 
servación, se muestra demasiada licen- 
cia en el desarrollo de los cuadros que 
describe y excesiva crudeza en el manejo 
del léxico que emplea, tanta, que repeti- 
damente rebasó los límites que demarcan 
la decencia. 

En España sucedió lo mismo. La es- 
cuela romántica, que fué iniciada por 
García Tassara, Pastor Díaz, Arólas, 
continuó, luego, unida á los nombres, 
aun hoy venerados, de Saavedra, de Es- 
pronceda, de Zorrilla, de Becquer que 
distingüese, entre todos, por la honda 



LUCIANO DE TAXONERA 29 

tristeza que lleva en la entraña cuanto 
su inspiración produjo. Años después 
de promediar el siglo XIX hizo su apa- 
rición, provocando vivas discusiones, 
el naturalismo, que es un movimien- 
to intelectual importado por Francia, 
fué, al poco tiempo acogido con gran 
entusiasmo por cuantos, aquí, dedicában- 
se al cultivo de las letras. Al calor de ese 
entusiasmo nació á la vida un crecido nú- 
mero de escritores que vieron en él, no 
sólo un valladar en el que se contuvieran 
las demasías que, en la forma y en el 
fondo, cometían los románticos, sino 
también el ansiado ideal, en ellos latente, 
de reivindicar la realidad del cúmulo de 
inexactitudes conque habíala manchado 
el loco desenfreno de ciertos calenturien- 
tos cerebros... Los nombres de los que 
ennoblecieron la nueva modalidad artís- 
tica son de sobra conocidos y están, justi- 
ficadamente, respetados. Citarlos de nue- 
vo, es unir, á los harto sabidos, más adje- 
tivos ditirámbicos. 

La obra, en España, del naturalismo es 
un renacimiento de mentalidades dormi- 
das ó, simplemente, aletargadas por la 
insulsez ambiente en la primera mitad 
del sigo xlx. El romanticismo, con sus 
locos entusiasmos y con sus líricas exal- 
taciones, no logró, ni en mínima parte, 



30 CHARLA 

galvanizar el cadáver de la literatura, 
muerta á mano airada, por escritores que, 
en vez 'e masa encefálica, llevaban en la 
cabeza un ladrillo refractario. Pero la es- 
cuela realista— que así fué como aquí se 
la llamó — más nutrida de recia médula, 
más llena de ansias de violenta acometi- 
vidad, debido á la mayor robustez del ha- 
ber mental de los que de ella fueron sus 
decididos defensores, conmovió presta- 
mente á todos los que al cultivo de las 
letras dedicábanse. Doña Emilia Pardo 
Bazán — que, dicho sea de pasada, es uno 
de los escritores en quien la pureza de su 
rico lenguaje se une á manifestaciones de 
una gran fuerza ideológica no del todo 
comprendida por el sistemático detractor 
que tuvo en Clarín, que á veces cegábale 
irrazonada animosidad — es, quizá, la que 
más trabajó por aclimatar en esta bendita 
tierra, reacia á toda innovación, el realis- 
mo. Algunos otros literatos, dignos siem- 
pre de mencionarse con adjetivos elogio- 
sos, dieron con sus producciones — al co- 
mienzo discutidas ; luego unánimemente 
acogidas con palabras ditirámbicas — 
muestra de abrazar, entusiastas, la recién 
llegada escuela. Aquí deben citarse por- 
que sus libros son descriptivos, sintomá- 
ticos, de las tendencias realistas, los 
nombres de Palacio Valdés, de Picón, de 



LUCIANO DE TAXONERA 31 

Alas, de Pereda, de Blasco Ibáñez, de 
Baroja, de Retana. Dejo intencionada- 
mente á Galdós para el lugar último. 
Galdós, aunque no es un Balzac — como 
asegura Ramón Pérez de Ayala, que es 
un escritor de sereno juicio, pero que en 
este caso se le ofuscó una no bien valori- 
zada admiración — tiene en su haber una 
labor honda, intensa, aunque á veces des- 
carriada en ideas, equivocada en finali- 
dad. Además, y esto lo anotaré para su 
mayor gloria, Galdós es el precursor, en 
España, de 'a moderna dramaturgia. 

¿ A qué seguir, paso á paso, el desarro- 
llo del movimiento realista? Marcaré 
porque ello así conviene á este estudio, 
la aparición en el mundo de las letras, 
de Felipe Trigo que, desde su primer li- 
bro, dio vida á un género. ¿ Es ó no lite- 
ratura este género ? En el caso de Felipe 
Trigo, sí. Toda su obra, que es extraor- 
dinariamente discutida, lleva en su entra- 
ña, un fin noble, un extremo elevado : el 
de la dignificación del amor, de esa divi- 
na tontería que se llama amor. Después 
de Trigo aparecen, sumándose á la lite- 
ratura por éste iniciada, Rafael López de 
Haro y Alberto Insúa. La obra, en con- 
junto, de López de Haro no es armónica. 
Acusa cada una de sus producciones una 
tendencia diversa que la conduce hacia 



32 CHARLA 

una bien distinta finalidad, tanto en el te- 
rreno artístico como en el social. Con la 
obra de Insúa sucede lo mismo, aunque 
se debe confesar que algunas de sus no- 
velas, aquellas precisamente que en lo 
externo más hablan á favor de la porno- 
grafía, tienen un alto sentido de la mo- 
ralidad. 

Después de López de Haro y de Insúa, 
que aunque no son descarados imitadores 
de Trigo, como lo es Leyda de Baroja, le 
siguen muy de cerca en modalidad artís- 
tica, hicieron acto de presencia en la vida 
literaria un crecido número de sujetos 
atacados de tal desaprensión intelectual 
que sólo puede medirse con esa otra des- 
aprensión personal, de la que á diario 
dan fehacientes muestras. Prueba eviden- 
te de esto, que dicho queda, son sus li- 
bros de estructura tan espantosamente 
disforme como la aciaga mente que, en 
un instante de vesania, ha hecho al mun- 
do, á la historia literaria de una na- 
ción, el deshonor de concebirlos. 

En modo alguno estos escritores — lla- 
mémosles así — tratan de encubrir su pe- 
caminosa mercancía con apariencias ar- 
tísticas ó sociológicas que, en cierto sen- 
tido, neutralicen los cientos y cientos de 
crudezas que al través de las páginas de 
esos volúmenes se dicen sin la más in- 



LUCIANO DE TAXONERA 33 

significante delicadeza en el lenguaje v 
sin el menor asomo de originalidad en 
la trama, que á ellas da lugar. ¿ Por 
qué.;. ? La respuesta no es difícil el ha- 
llarla. Toda esta obra, que ni como lite- 
ratura debe considerarse, no responde 
más que al insano prurito de crearse una 
equivocada notoriedad, como ese desdi- 
chado de José María Carretero — desdi- 
chado desde una mira intelectual — que 
después de hacer que sus mal llamados 
libros ostenten como incentivo una licen- 
ciosa y antiartística cubierta aun comete Ja 
redundancia de poner bajo el título, que 
está calcado de una obra editada, en fe- 
cha muy próxima, por la casa Pierre La- 
fitte, de París, el añadido de «novela de 
perversión». La literatura de J.osé María 
Carretero — ya he dicho que de algún mo- 
do se ha de llamar á lo que hace — como 
la de Germán de la Mata, la de Justo 
González y Hervás, la de otros cuya cita 
sería una mancha, trae, á manera de con- 
secuencia dolorosa, la aplicación inme- 
diata del ya famoso 606. ¿ Qué lector, 
después de hojear lo producido por algu- 
no de los autores aquí mencionados, no 
siente la invencible necesidad de «enta- 
blar conversación» con la primera mujer 
sana ó avariosa que encuentre más á ma- 
no. . . ? Todos los libros de Carretero, que 



34 CHARLA 

no son, ciertamente, modelos dignos de 
ser imitados, están escritos en beocio, en 
una galiparda mal sonante, reñida de 
manera rotunda, con el castellano. Enu- 
merar una á una las faltas gramaticales 
que en ellos se observan, sería labor que 
rebasaría los límites de lo natural y co- 
rriente. Débese, sin embargo, hacer notar 
que en casi todos los párrafos, aunque és- 
tos no consten más que de un par de lí- 
neas, se quebrantan de una manera ó de 
otra, las leyes más elementales de la con- 
cordancia, que es necesario sean las más 
respetadas en buena sintaxis. ¿ A qué se- 
guir citando defectos cuando cada libro 
es un solo defecto ? Decididamente, y di- 
go esto sin rubor alguno, el señor Carre- 
tero — cuyo apellido debía adjetivarse — 
posee para escribir los mismos conoci- 
mientos que se pueden necesitar para ser- 
vir bocks de cerveza en cualquier bar de 
la Plaza de Santa Ana... José Juan Ca- 
denas sabrá perdonarme el que parafra- 
see lo dicho por él, con tanto humorismo,, 
á ese desdichado choto de Rene Millet, el 
colaborador de «Excelsior». 

Entristeceríame el ánimo que, por un 
momento, se creyera que abominaba de 
la literatura llamada erótica. Prueba fe- 
haciente de que no he de hacerlo nunca, 
cuando esa literatura lleve en la entraña 



LUCIANO DE TAXONERA 35 

una veta de arte, es el elogio que, de pa- 
sada, hago de Felipe Trigo y de sus suce- 
dáneos Rafael López de Haro y Alberto 
Insúa. Estos llegan á la descripción de 
un acto fisiológico, como hacía Zola, con 
el deso de hacer arte ó con el ansia de va- 
lorizarlo en sociología, que es del lado de 
que cae toda la obra moderna, nunca lle- 
vados del afán de producir el espasmo en 
el lector á la manera de ese señor Carre- 
tero cuyas obras son una especie de pil- 
doras Pink para los impotentes... Toda 
la literatura de los momentos actuales es- 
tá atacada de un bien caracterizado mor- 
bo sensual. Atreveríame á decir, sin mie- 
do error, que los libros en los que la car- 
ne con violencia no hable, están en la- 
mentable minoría. ¿ Debido á qué causas ? 
Es difícil, en extremo, señalarlas de ma- 
nera clara, terminante. Cada uno á buen 
seguro, las ha de encontrar en hechos ro- 
tundamente 'isimilares, diametralmente 
contrarios. Podría, sin embargo, decirse, 
pues es cosa ya de muchos sabida y poi 
alguno con exactitud anotada, que parte, 
y no escasa, de estas causas, son debidas, 
por lo común, á modalidades de una ín- 
dole exclusivamente temperamental, que 
hay que considerar en todo su valor por 
lo que ella, á veces, representa de nues- 
tra idiosincracia. 



36 CHARLA 

La novela erótica es la novela de la 
vida, porque en la vida el problema sen- 
sual entraña tan serios cuidados como el 
problema social. Debe admitirse, sin re- 
serva mental alguna, este género litera- 
rio cuando lleve un aroma de arte, que 
sea lo suficientemente intenso para debi- 
litar los hedores que exhalan los hombres 
y las cosas que muestre al desnudo La 
novela erótica es la novela del amor, de 
los amores que todos vamos viviendo, lle- 
nos de desengaños, aunque á veces estos 
desengaños se olviden para que se entro- 
nice la alegría, una feroz alegría, que 
es otra modalidad del desengaño. 

Pero, en cambio, lo verdaderamente 
repugnante es la novela obscena, que 
no se hace por ninguna sentimentalidad 
sino por mercantilismo, como en el caso 
de ese señor Carretero. Yo espero que es- 
te mercader de la literatura, viendo que 
sus libros no se venden, aunque en las 
cubiertas ponga una de las postales que, 
con muy buen acuerdo, ha mandado reco- 
ger la flamante Liga antipornográfica, 
mande ofrecerlos, de manera misteriosa, 
á ese hombre de rostro cetrino y luengas 
barbas que de siete á nueve pasea con un 
atado de volúmenes bajo el brazo, por la 
esquina en que confluyen la calle de Al- 
calá y la Puerta del Sol. El tiempo, que 



LUCIANO DE TAXONERA 37 

es el que muestra las verdades, lo dirá. 
Palabra. 

Pío Baroja es uno de los representan- 
tes más ilustres de la actual literatura. 
Como ya he dicho, todo cuanto su mara- 
villosa inteligencia produce tiene una 
veta artística castizamente castellana. Y, 
por lo tanto, su amor á Castilla, á esta 
hidalga tierra que tiene un romancero 
que es envidia y admiración de las de- 
más naciones, se traduce hasta en sus 
más nimios actos. Un acto suyo, y no 
nimio por cierto, es en momentos difíci- 
les, el de la publicación de un artículo, 
modelo por todos estilos, que titúlase 
«España, Alemania y Francia». En di- 
cho artículo, que es muestra de su vasta 
cultura, hace ver, de manera en que no 
hay lugar á que se entronice la duda, 
que los méritos de Francia, si se los com- 
para con los de la actual Alemania, son 
muy mediocres. Todos los inventos, ab- 
solutamente todos, que han revoluciona- 
do á las ciencias, que han abierto nue- 
vos, caminos al arte, son nacidos en Ale- 
mania. El espíritu francés del día, como 
dice Baroja, es demasiado frivolo, de- 
masiado superficial para ahondar en la 
entraña. Con elegancia, que no es posible 
negar, va vistiendo el pensamiento aje- 
no, va dando más adecuada forma indus- 



38 CHARLA 

trial á aquello que no ha germinado so- 
bre su tierra y bajo su sol. En casi to- 
dos los dominios del saber el haber ale- 
mán está mucho más nutrido que el fran- 
cés. Y, sin embargo, se ha dado el caso, 
se da el caso, de que toda la mentalidad 
española del siglo pasado y de los co- 
mienzos del presente se ha vaciado en el 
cuño de las individualidades que han 
creado el ambiente en Francia. El des- 
acierto de los españoles, según Baro- 
ja — y á esta idea de B aro ja me sumo — , 
ha sido el de no ir á buscar más lejos, 
á las verdaderas fuentes, nuestra cultu- 
ra, cuando, como en dicho artículo se 
dice, en el cambio científico é intelectual 
entre Alemania y Francia, Alemania ha 
sido la que aportara más valiosos nom- 
bres unidos siempre á inventos notables 
en las ciencias y á obras inmortales en 
los artes (1). 

La literatura alemana, desde aquellas 
primitivas leyendas escandinavas colec- 
cionadas por Sigfusson, ha corrido una 
senda ascendente que hoy, al volver ha- 
cia atrás la mirada, se ve que es glorio- 
sa. Todos los movimientos literario? han 



(1 ) Enrique Gómez Carrillo ha negado de modo ro - 
tundo, cnanto Baraja dice en el ' articulo de que hago 
mención. El culto cronista, en su deseo de valorizar lo 
que él admira, ha caído en bien definidas inexactitudes* 



LUCIANO DE TAXONERA 39 



«ido iniciados en Alemania. El caballe- 
resco Meva en su historia nombres como 
el de Wolfran de Esclenbach y el de 
Godofredo de Estrasburgo, autor defini- 
tivo del romance poemático «Tristán é 
I seo», que luego aprovechó el genio mu- 
sical de Ricardo Vagner para leyenda 
de una de sus más maravillosas obras ; 
el Renacimiento tuvo sus precursores en 
el satírico Sebastián Brandt y en Fis- 
chart ; el romántico, en los hermanos 
Schelegel, de quienes con tanto elogio 
habla la Staél y Federico Schiller, que, 
como dice Navarro Ledesma, encuéntra- 
se en el punto medio entre Calderón y 
Víctor Hugo, aunque es más idealista 
que el primero y menos monstruoso que 
el segundo... La literatura alemana e< 
la última que ha ejercido influencia en 
Europa, una influencia honda, potente, 
eñcaz. Para confirmar este aserto estáa 
los esclarecidos nombres de sus filóso- 
fos, el nombre ilustre de los Kant, de 
los Fichte, de los Scheellino, de los He- 
gel, de los Herder ; el de sus historia- 
dores, c mo Niebuhr y como Winckel- 
mann ; el de sus críticos, como Lessing. 
Viniendo de la literatura á la ciencia, 
se observa igual preponderancia de Ale 
mania sobre Francia. Baroja dice que to- 
dos los descubrimientos hechos en esto* 



49 CHARLA 

últimos años en histología y en micro- 
biología tienen nombres de médicos ale- 
manes. Si tuviera para ello suficiente 
cultura, haría una escrupulosa compara- 
ción, adjudicando á cada país la parte 
que le corresponde en los progresos d* 
la civilización. Mas no puedo, ni es este 
lugar para ello adecuado... 

Desde la mundialidad descenderé á la 
nacionalidad. Aquí, en España, los mo- 
vimientos de innovación han sido inicia- 
dos y sostenidos continuamente por es- 
critores hijos de tierras norteñas. Pió 
Baroja es del Norte. Del Norte también 
son los que le antecedieron : Alas, Pala- 
cio Valdés, Altamira, Pardo Bazán, Ca- 
nalejas. La mayoría de los que forman 
las dos generaciones hoy en combate vie- 
ron la luz ó fueron educados en suelos 
eternamente verdes y bajo cielos conti- 
nuamente plomizos. ¿ Puede compararse 
la recia mentalidad de un Bueno, de un 
Maeztu, de un Várela, de un Unamuno. 
de un Valle Inclán, á la de alguno de 
los escritores del Mediodía, haciendo la 
excepción de Martínez Ruiz ? No. Y si 
venimos á los escritores más modernos 
pasa lo mismo. Toda la obra de los es- 
critores de tierras de sol cae al recordar- 
se los nombres de los Candamo, de los 
González Blanco, de los Canitrot, de los 



LUCIANO DE TAXONERA 41 

AmacTo... Claro está que hay excepciones 
honrosas, muy honrosas, pero muy con- 
tadas. Lo general es que el Mediodía dé 
escritores, es decir, individuos como el 
Díaz de Argandoña, que gustoso reco- 
mendaría á Muruve. 

Debemos, como dice Baroja, desafran- 
cesarnos ya, y de una vez, para siempre. 
Todo nuestro carácter intelectual tiene 
más relaciones con los alemanes. De Ale- 
mania nos ha de venir la luz directa- 
mente. Prueba de ello es la reciedumbre 
de las mentalidades castellanas allí edu- 
cadas... 



t*3 



III 



Breves apostillas á una obra de Rojas 

Zorrilla, y comentarios á su 

refundición. 



El teatro Español, siguiendo una eos 
lumbre tan inveterada que alguno la cre- 
yera ley, ha comenzado la actual tempo- 
rada con el reestreno — llamémosle como 
indican los amantes del idioma castella- 
no — de una obra del ciclo clásico. La obra 
elegida, para este trascendental acto, ha 
sido el drama admirable del cien veces 
admirado toledano don Francisco de Ro- 
jas Zorrilla, que lleva por título, segúa 
reza la colección de escritores españoles, 
editada por la casa Rivadeneyra, que ten- 
go á la vista, Del Rey abajo ninguno y 
el labrador más honrado, Garda del Cas- 
tañar. 



LUCIANO DE TAXONERA 43 

Don Francisco de Rojas Zorrilla era, í 
decir de viejas crónicas, mozo aún cuan- 
do, sin más bagaje que su talento, llegó 
á Madrid. De desconocido, así que hubo 
transcurrido un corto espacio de tiempo, 
se convirtió en uno de los escritores más 
considerados, por su asombrosa fecundi- 
dad y por su peregrino donaire, de cuan- 
tos vivían cerca de aquella poética corte 
de Felipe IV. Prueba fehaciente de ello 
es que en los relatos que todavía se con- 
servan en el archivo histórico nacional, 
de las espléndidas fiestas palacianas, al- 
gunas de las cuales se debe al ingenioso 
artífice, traído á tierras de España por 
deseo expreso del Rey, Cosme Lot, le 
hallamos frecuentemente citado alternan- 
do con Calderón, Mendoza, Velez de Gue- 
vara, Coello, Montalbán, Mirademescua, 
Villayrán y demás que compartían el fa- 
vor y hasta las gratas tareas literarias 
der monarca que se rodeó en los felices 
años de su largo reinado, de los más 
grandes artistas habidos en esta nación 
antaño colocada, merced á sus escritores, 
en tan elevada zona mental, que era el 
cerebro de Europa, aunque para ello lu- 
chaba con su desfavorable situación geo- 
gráfica. 

El teatro de don Francisco de Rojas 
Zorrilla se debe estudiar con esmerado 



44 CHARLA 

detenimiento. Hay en él muestras que, 
con violencia, acusan el momento inicial 
de la evolución escénica hacia una nue- 
va escuela que luego, según dice Gil de 
Zarate que, además de hacer dramas que 
alcanzaron gran popularidad y le dieron 
justo renombre, tenía bien despiertas las 
cualidades de sagaz crítico, perfeccionó 
hasta llegar á lo inverosímil, aquel mons- 
truo de recia mentalidad que en vida lla- 
móse don Pedro Calderón. Este aserto, 
que á buen seguro es fruto de un minucio- 
so examen, en nada contrasta con lo di- 
cho, á propósito de las obras del escritor 
toledano, por el sabio Ticknor ni con lo 
que en sus notables estudios acerca de la 
literatura castellana anota el alemán ba- 
rón de Schact — que es quien, dándole 
ejemplo á no pocos españoles, ha dedi- 
cado una parte de los años mejores de su 
existencia á hacer detenidos análisis de 
cuanto informa nuestro teatro para lue- 
go poder juzgar, éste, con absoluto co- 
nocimiento de causas... Gil de Zarate, 
que como dicho queda merece entero cré- 
dito por su fina observación, señala á Ro- 
jas como el primer poeta dramático que, 
de manera lenta, empezó á apartarse de 
la sencillez y naturalidad de los anterio- 
res ¿A qué se debió este hecho? La res- 
puesta á la interrogación, es sólo una que, 



LUCIANO DE TAXONERA 45 

aunque ya un lugar común para los que 
cultivan el vasto é ingrato campo de las 
investigaciones literarias, debe citarse 
porque es de donde, en realidad, arranca 
el cambio, por todos observado, en las 
obras de nuestros más preclaros ingenios 
en esos años del siglo XVII. 

Esté hecho, de una inesperada innova- 
ción en nuestra escena, lo causó la vio- 
lenta intrusión en toda la literatura del 
culteranismo que á la poesía lírica llevó 
Góngora. Góngora fué el precursor de 
esta escuela, que hubo de deslucir nues- 
tra dramática aunque no pudo, en nada, 
abatirla por ser mucha la reciedumbre 
que había adquirido desde que Lope de 
Vega, con la maravilla de su talento que 
iba á compás de su asombrosa fecundidad 
la dotó de lo que su pluma produjo. El 
culteranismo, sin embargo, no llegó á en- 
tronizarse en el teatro del modo que lo hi- 
zo en la poesía lírica. Tampoco este género 
literario era, para ello, adecuado. El tea- 
tro necesita siempre más claridad que las 
obras destinadas simplemente á la lectu- 
ra porque en él no se da lugar á la refle- 
xión ni, como en estas, puede el especta- 
dor volver atrás para estudiar lo que no 
ha comprendido. Debido á dicha causa 
en las obras escénicas no fué del todo ad- 
mitida la afectación en las palabras ni la 



46 CHARLA 

obscuridad en las ideas á la manera ver- 
daderamente exagerada, que lo fué en la 
lírica, después de ser inficionada por 
Góngora. Claro está que hay algunas ex- 
cepciones que, por lo que pudieran tenei 
de descriptivas, merecen anotarse. Una 
de ellas es la de Alarcón, que, %'m pre- 
tenderlo, fué de quien Moliere aprendió 
á hacer comedias, según declara en una 
carta que escribió á Boileau, el que en 
una obra que pasa por suya, El tejedor 
de Segovia, narra una batalla en octavas 
reales, en las que, por su hinchado estila 
y por sus absurdas metáforas, parece que 
quiere dejar atrás al más conceptuoso, 
altisonante y embrollado de los escrito- 
res de aquella época. Otra de estas excep- 
ciones es D. Juan de Matos Fragoso^ 
que, aunque fué uno de los poetas dramá- 
ticos de más delicado gusto, se contagió 
con la nueva escuela hasta mostrarse en 
sus dramas en extremo «gongorino» ; 
pero sus obras cómicas ofrecen, como 
le sucede á las de Rojas, más naturali- 
dad, abundando en escenas jocosas, en 
diálogos picarescos y en sales y agude- 
zas, aunque no suele á veces guardar la 
decencia debida. 

Todo el teatro, sin exclusión de obra 
alguna, de D. Francisco de Rojas Zo- 
rrilla yacía en el olvido. De él, poco 



LUCIANO DE TAXONERA 47 



á poco, le fueron sacando hasta rehabili- 
tarlo por completo escritores de la valía 
de Hartzenbusch, de Fernández Guerra,' 
de Mesonero Romanos, siguiendo las ex- 
ploraciones realizadas en la producción 
del autor toledano, como en otras mu- 
chas que á ellos deben el ser en la ac- 
tualidad conocidas, Lista, el exacto de- 
finidor de algunos poetas de 'la centuria 
anterior á la de su vida, y Martínez de 
la Rosa, que, además de haber propor- 
cionado á la escena española con sus 
dramas de bien raros méritos días de 
gloria, era investigador de nada super- 
ficiales conocimientos en materia de eru- 
dición. Ciertamente, no fué éste sólo el 
motivo por el que parte de de las obras 
de este hoy celebrado ingenio son cono- 
cidas de las gentes. Hay otros. Entre 
ellos, y me parece el más sólido, el de 
que el gran actor Isidoro Maiquez es- 
cogió como instrumento de dos de sus 
más legítimos triunfos escénicos Del Rey 
abajo ninguno y el labrador más honra- 
do, García del Castañar, que brillaba en 
primera línea al lado de El rico hombre 
de Alcalá, de Moreto, siendo el drama 
de Rojas considerado desde entonces 
como el más popular y simpático del tea- 
tro español y el más completo y acaba- 
do cuadro de su hidalguía y poético ca- 



48 CHARLA 

rácter. Al modesto y profundo escritor 
D. Dionisio Solis, que fué quien con en- 
tusiasmo le colocó en manos del Roscio 
español, y á la sublime inspiración de 
este gran genio en interpretarle digna- 
mente debe Francisco de Rojas Zorrilla, 
sin duda, su postumo renombre. 

Después de Calderón es Rojas, entre 
todos los dramaturgos de aquella época, 
el que tiene más nervio. Hay determi- 
nados conceptos, como el del honor, que 
en el teatro del escritor toledano hálla- 
se vinculado en la ideología ambiente de 
los años en que vivió, que tal vez para 
el modo de pensar de los humanos en 
los momentos actuales sea en absoluto 
absurda, mas no cabe negar que había en 
ella una rudeza briosa, una sana virili- 
dad, de la que hoy, por desgracia, se 
carece, y se carecerá aun más si ciertas 
doctrinas devastadoras de ideales, como 
la socialista, anquilosan la iniciativa in- 
dividual, con el fin insanamente precon- 
cebido de anular todo cuanto se desta- 
que de ese gris de lo colectivo en que 
quieren hacer morir las inteligencias... 
Toda la obra de Rojas — desentendiéndo- 
se desde luego de lo que no es más que 
un engendro escrito en un instante de 
desequilibrio mental, como El falso fro~ 
feta Mahoma, en el que el pensamiento 



LUCIANO DE TAXONERA 49 

se alambica hasta lo increíble y en el 
que las frases se atormentan para que 
adquieran giros violentos, que, á veces* 
deslumhran cuando caen en poder de un 
actor de voz hermosa y campanuda que 
sabe declamar con énfasis las altisonan- 
tes relaciones — , toda la obra de Rojas, 
repito, tiene una cierta secreta trabazón 
con la de Calderón. A las dos las infor- 
man un idéntico espíritu que, á lo largo 
de ellas, aroma hasta las palabras. Esto 
es evidente, puesto que los caracteres 
centrales que soportan y animan El Al- 
calde de Zalamea y García del Casta- 
ñar, por ejemplo, en los personajes ejes 
de la acción de ambos dramas, es com- 
pletamente igual... Lo que inserto queda 
no es decir, como algún crítico, entre 
ellos Mesonero Romanos, dice, que en 
la obra de Rojas se observan, á poco que 
el investigador se detenga, ciertas analo- 
gías en los argumentos, en las situacio- 
nes, con otras de autores esclarecidos. 
El mismo Mesonero Romanos hace ver 
los puntos imantados que hay en Garda 
del Castañar y en Luna de la Sierra, de 
Vélez de Guevara, con acierto, digan sus 
sistemáticos detractores lo que les ven- 
ga en gana, refundida por Cristóbal de 
Castro. Debe comprenderse, y segura- 
mente así ya se habrá comprendido, que 



50 CHARLA 

toda la producción de una determinada 
época, creada para retratar un mismo 
cuadro, ha de adolecer de ciertas invo- 
luntarias analogías, porque lo que lleva 
en la entraña son las ideas en boga en 
esos años, que, después de recorrer un 
penoso tránsito, se fueron convirtiendo 
en hábitos sociales. El contexto de todos 
los conflictos debía ser idéntico por no 
admitirse más que un solo postulado mo- 
ral, y éste tan estrecho, tan rígido, que 
era imposible de todo punto darle malea- 
bilidad alguna. Dadas estas causas, de 
una índole vinculada en la exacta visión 
del pasado, deben desecharse, de mo- 
do rotundo, premeditadas coincidencias. 
¿ Acaso Moreto al componer El desdén 
con el desdén — que, dicho sea de pasada, 
con El Tetrarca, de Calderón ; La ver- 
dad sospechosa, de Alarcón, y el García 
del Castañar, de Rojas, forman la base 
en que orgullosa puede descansar la glo- 
ria del teatro clásico español — pudo te- 
ner presente Los milagros del desprecio 
y La hermosa fea, de Lope de Vega, y 
Celos con celos se curan, de Tirso de 
Molina ? No. El afirmarlo con sólidos 
fundamentos sería aventura de la que 
costaría trabajo salir honrosamente... 

García del Castañar es la obra más 
conocida de Rojas. De ella, de manera 



LUCIANO DE TAXONERA 51 

rotunda, ha de decirse que se salvó del 
olvido porque en su entraña hállase la- 
tente, en toda su noble grandeza, el ver- 
bo de esta castellana raza, mitad místi- 
ca y mitad caballeresca. La idea central 
que la anima es, si se ha de rendir cul- 
to á la verdad, bastante vieja, y está 
harto explotada por cuantos en aquellos 
años escribían. Pero ya he anotado, y 
creo que en forma sobradamente razona- 
da, que esto no es un serio defecto, dada 
la época en que por vez primera se re- 
presentó, y, además, teniendo en cuenta 
la integridad de conciencia que en aquel 
tiempo aun era frecuente en nuestros es- 
critores. 

I Es hoy, dado lo que informa el pre- 
sente conglomerado social, valorizable la 
idea eje de este drama ? Podría, sin mie- 
do á equivocarme, asegurar que no. Digo 
lo que antecede de un modo condicional 
al observar que el público con entusias» 
mo aplaude los efectos que nacen al ca- 
lor de dicha idea, lo que hace creer, 
como dice Manuel Bueno, que es, entre 
los actuales, uno de los escritores de 
más aguda perspicacia, que esos caluro- 
sos aplausos sean, tal vez, un eco del pa- 
rentesco íntimo de los personajes con los 
espectadores... Todo García del Casta- 
ñar está escrito en un estilo culto, fluido, 



52 CHARLA 

y los pensamientos encerrados en los ver- 
sos dulces y fáciles y sonoros tienen ro- 
bustez y elevación, abundando en rasgos 
magníficos, sublimes. Dice Gil de Zara- 
te que casi se podía asegurar no ha ha- 
bido ningún dramático, de los nuestros, 
que haya dado pinceladas más firmes y 
vigorosas ni haya sabido prestar tanta 
energía á los caracteres. Prueba bien 
fehaciente de ello son algunos pasajes 
de esta obra inmortal, cuyas palabras 
tienen un espíritu que ante nada se aba- 
te, que es el mismo espíritu de la raza, 
férreo, indomable... Tiene el drama de 
Rojas un aire cálido de vehemencias hu- 
manas que, aunque es común á la mayo- 
ría de las producciones escénicas escritas 
durante los siglos xvi y xvii, muéstrase 
en ésta de manera más violenta ; tan vio- 
lenta, que para encontrarle algo, en al- 
gunos puntos semejantes, habría que traer 
á la memoria el recuerdo de determina- 
dos personajes de las tragedias griegas, 
en los que el ímpetu pasional, ya rotos 
los frenos de las conveniencias sociales 
y de las enseñanzas morales, se desbor- 
da, magnífico de iracundia y de cólera. 
Para poder juzgar la obra de este es- 
critor sin caer en errores, preciso sería 
instalarse espiritualmente en aquella épo- 
ca. De esta manera se podrían valorizar 



LUCIANO DE TAXONERA 53 

de un modo exacto todas las ideas que 
á buen seguro habían de nacer, como en 
la actualidad acaece, de las costumbres. 
En el presente momento — dicho sea con 
el ánimo lleno de tristezas y de amar- 
guras — no se sienten esas ideas vincu- 
ladas en el honor, salvo contadas ex- 
cepciones, de la forma brutal, por ser 
instintiva, que sentíanse en el alborear 
de la Edad Media. La civilización, que 
todo lo transforma, ha impuesto una me- 
dida á nuestros sentimientos y una dis- 
ciplina á nuestras pasiones, acomodando 
los unos y los otros al modo de sentir 
ambiente de estos días en que vivimos. 
Claro está, y ello á nadie se le oculta, 
que á veces el fuego central del instinto 
reduce á escombros y cenizas cuanto es 
obra de la educación y de la cultura. 
Para demostrarlo encuéntrase en la ter- 
cera plana de todos los diarios una bien 
repleta sección de sucesos... 



Aun en el vestíbulo del teatro Español, 
la noche en que se inauguraba la tempo- 
rada, acercóse á mí un escritor, alejado 
desde hacía algún tiempo de Madrid, que 
ha dado inestimables pruebas por cu sana 



54 CHARLA 

labor en periódicos y revistas y por sus 
bien documentados libros de crítica lite- 
raria é histórica, de hallarse sobradamen- 
te capacitado para formular juicios, aun- 
que éstos, debido á su especial índole, 
no se ajustan á las reglas al uso, dicién- 
dome con acento hondo de dolor : 

— ¿Has visto?... ¡Qué desastre!... 

— ¿ El qué ? — le interrogué á mi vez, 
muy asombrado por sus súbitas palabras. 

— La refundición de la obra de Ro- 
jas... Decididamente el Sr. Cabello La- 
piedra tiene la cabeza como las dos úl- 
timas sílabas de su segundo apellido. 

— Eres demasiado cruel. 

Callamos. Así, en silencio, recorrimos 
un corto trecho de calle. Las nubes, que 
ennegrecían el cielo, se deshacían en me- 
nuda lluvia. En aquella hora de la no- 
che, y por lo desapacible del tiempo, no 
tuvimos otro remedio, para combatir el 
hastío, que recluirnos en un café. Todas 
las mesas hallábanse ocupadas. En torno 
á una de ellas, perdida en un rincón, se 
sentaban varios escritores, acompañados 
de dos ó tres sujetos, cuyos nombres, por 
lo equívoco de sus vidas, manchan los 
labios. Decididos á matar en cualquier 
forma el tedio que sufríamos después de 
escuchar la refundición de la obra de 
Rojas hecha por el Sr. Cabello Lapiedra, 



LUCIANO DE TAXONERA 55 



aceptamos la invitación que amablemen- 
te nos hacían á sentarnos en su mesa. 

Ya en ella, fué tema casi obligado de 
conversación la escasa probidad literaria 
demostrada por el refundidor de García 
del Castañar. Todos cuantos allí encon- 
trábanse reunidos, entre los que se halla- 
ba una de las figuras con más justicia 
elogiadas de la actual literatura castella- 
na, unánimemente censuraban, con una 
acritud de que no hay ejemplo, las de- 
masías cometidas en casi todos los actos, 
de modo especial en los finales del se- 
gundo y tercero, por el Sr. Cabello La- 
piedra. Mi amigo, poco después, comen- 
zó á hablar. Y á los defectos antes ano- 
tados añadió otros, que para muchos ha- 
bían pasado desapercibidos, entre chis- 
peantes frases que levantaban tempesta- 
des de sonoras risas. 

— Decididamente— dijo como resumen 
de sus palabras — el Sr. Cabello Lapiedra 
tiene la cabeza como las dos últimas sí- 
labas de su segundo apellido. 

Ruidosa carcajada acogió esta ingenio- 
sa frase. Procuré con razones lógicas po- 
ner un valladar á las acres censuras, ya 
desbordadas. A mi calurosa defensa res- 
pondían todos los del grupo, llevando al 
frente á mi amigo, que para refundir una 
obra del teatro clásico es necesario tener 



56 CHARLA 

la cultura de un Menéndez y Pelayo d 
de un Rodríguez Marín y el exquisito 
gusto de un Valle Inclán ó de un Fer- 
nández Villegas. Ante la fuerza de esta 
gran verdad me rendí. 

Para refundir, con acierto, una obra del 
teatro clásico es necesario tener la cul- 
tura de un Menéndez y Pelayo ó de un 
Rodríguez Marín y el exquisito gusto de 
un Valle Inclán ó de un Fernández Vi- 
llegas. ¿ El Sr. Cabello Lapiedra reúne 
alguna de estas dos cualidades citadas ? 
No. Esta rotunda negación la hago des- 
pués de leer la obra del escritor toledano 
D. Francisco de Rojas Zorrilla, que há- 
llase á la cabeza de las del mismo autor, 
en la «Colección de escritores españoles», 
editada por la casa Rivacleneyra, Del 
Rey abajo ninguno, y el labrador más 
honrado García del Castañar. 

I Cuál es la obra de un buen refundi- 
dor? Difícil es contestar. Ha de decirse, 
sin embargo, que la labor de un buen re- 
fundidor debe de ser, antes que ninguna 
otra, la de depurar. El diccionario, entre 
varias acepciones, da de la palabra «re- 
fundir», que es de estirpe latina, la de 
((dar nueva forma y disposición á una 
comedia, discurso, etc.» Dar nueva forma 
y disposición á una comedia es, en térmi- 
cos lógicos, realizar un trabajo de depu- 



LUCIANO DE TAXONERA 57 

ración. Toda obra refundida debe encon- 
trarse libre de defectos. ¿ A qué, si no, 
enmendar al autor?... El Sr. Cabello 
Lapiedra, en un artículo que es modelo 
de vulgaridad, pretende defender, con un 
ejemplo divorciado de toda razón, el no 
haber hecho desaparecer de la obra de 
Rojas las palabras anacrónicas que en 
ella se emplean. ¿ Sabía el Sr. Cabello 
Lapiedra que esas palabras eran anacró- 
nicas antes de decírselo D. Alejandro 
Saint Aubin ? Me atrevería á asegurar 
que no. A saberlo, habría enmendado al 
ingenio toledano las faltas que, luego de 
estrenar la refundición, han descubierto 
sabios críticos. Porque, como ya he di- 
cho, la labor del refundidor ha dé ser 
la de restablecer á la verdad hechos his- 
tóricos falseados por ignorancia ó sim- 
plemente por olvido en un instante de 
calor poético, en el que había de utili- 
zarlos como materia de sus producciones. 
El refundir con el único deseo de figu- 
rar con una cantidad más elevada en las 
liquidaciones de la Asociación de Auto- 
res acusa muy dudosa moralidad... 

Además — y esta es una de las más se- 
rias dificultdes para lograr una buena 
refundición — hay que saber hacer vivir 
las palabras en los años en que acaecen 
los actos que traducen. ¿ Todas las pala- 



58 CHARLA 

bras pueden valorizarse hoy como se va- 
lorizaban en el siglo XIII ? No. En el 
siglo XIII las palabras tenían un distinto 
valor del que tuvieron luego en los años 
del reinado de Felipe IV, porque la so- 
ciedad regíase por otros principios que 
aquí no he de señalar. Rojas no tuvo 
esto en cuenta por ignorancia ó por ol- 
vido. Utilizó también palabras que no 
existían en la época en que instaló á los 
personajes que en el desarrollo de la ac- 
ción de su drama intervinieron. El se- 
ñor Cabello Lapiedra, en el citado ar- 
tículo, disculpa estos defectos de la obra 
de Rojas diciendo que á buen seguro fue- 
ron cometidos en un instante de entusias- 
mo poético ó por buscar consonante á 
algún verso. ¡Donosa disculpa!... ¿En- 
tonces, los dislates de Fernán Félix de 
Amador, ese titiritero de la poesía, de- 
ben aplaudirse ? 

El Sr. Cabello Lapiedra ha hecho que 
la obra de Rojas, en determinadas esce- 
nas, pierda fuerza y que los caracteres 
de los personajes no ostenten aquella no- 
ble virilidad de que el autor toledano les 
había dotado. Ricardo J. Catarineu, con 
acierto, ha señalado estas diferencias, 
añadiendo además que García del Casta- 
ñar se ha representado cientos de veces 
sin refundir y que no cansaba á nadie de 



LUCIANO DE TAXONERA 59 

los que lo escuchaban... Creo lo mismo. 
Ninguna falta hacía que el Sr. Cabello 
Lapiedra atentase contra la obra magis- 
tral del elogiado ingenio D. Francisco 
de Rojas Zorrilla. 



CP 



IV 



En las librerías y en los escenarios. 

Un libro de Benavente. — Prudencio Cani- 
trot, cuentista. — El denunciador Maclas 
del Real. — Renacimiento de la crítica. — 
Jacinto Octavio Picón. 



De Jacinto Benavente, sólo con elogio 
puede hablarse. A su pluma se deben, y en 
el transcurso de no dilatado tiempo, algu- 
nas de las más bellas producciones, de las 
más geniales obras que han de ilustrar y en 
noblecen, de manera no común á todas las 
épocas, las páginas en que se historie la li- 
teratura escénica de las actuales generacio- 
nes. Y su nombre, hoy ya lleno de merecida 
gloria, ha de añadirse, entre ditirámbicos 
adjetivos, á los muchos que orgulloso osten- 



62 CHARLA 

ta, el preciado libro en que se van enume- 
rando, en forma prolija y minuciosa, las 
vicisitudes, las edades prósperas ó adversas > 
de exaltación ó desfallecimiento, porque na 
atravesado, en el correr de los siglos, el ja- 
más contrastable arte dramático español. 

Fama tan grande es la suya, que ni ad- 
mite alabanza, por tener de ellas plétora, 
ni diatriba a'guna, aunque fruto sea de ló- 
gicas consideraciones, puede, en lo más exi- 
guo, menoscabarla. Y no sólo es respetada 
en España entera y de los que al otro lado 
de los mares hablan con ingénita altivez 
nuestra castellana lengua, sino q*:e nunca se 
le ha puesto el menor reparo por esa des- 
contentadiza parte de la actual pléyade li- 
teraria, que, cansada de recorrer sin éxito 
contadurías y saloncillos de teatro en bus- 
ca de un empresario traidor á su negocio 
que las haga representar las anodinas co- 
medias, los dramas melifluos que nacieran 
del ladrillo que albergan en su cabeza, sien- 
te germinar la envidia, haciéndola sensible 
cerca de los demás en frases de odio, de 
desprecio, en malignidades que, por mal- 
querencias de algunos, siempre fructifican. 
No es esto, decía — dentro de un recto pen- 
sar, de una sana conciencia, insinuarlo fue- 
ra incalificable torpeza — , que de los jui- 
cios profesados por gentes que desenvuel- 
ven su vida fuera de toda legalidad social, 



LUCIANO DE TAXONERA 63 



á la manera de ciertos sujetos, cuyos nom- 
bres ensucian, que hacen profesión de escri- 
tores para poder vivir, se logre consoli- 
dar lo que ya de muchos justa fama alcan- 
zó ; que juicios de quienes nada valen poco 
importan y en menos aun se tienen. 

Benavente, desde su mocedad literaria, 
supo escapar de ese medio inferior de ma- 
licias y de íecelos, ridiculamente preten- 
cioso en su obligada inacción, que anquilo- 
sa iniciativas y atrofia las mejor confor- 
ma 'as inteligencias. Lejos de él fué al- 
zándose su apellido sobre el fuerte plinto 
creado por sus obras, y cuando la dica- 
cidad de los que atrás quedaron pretendió, 
con no honradas artes, socavarle, estrellóse 
ruidosamente este deseo ante su firmeza. 

No es necesario hablar de la ciclópea 
producción de Jacinto Benavente, que entre 
los recuerdos de todos está, como antece- 
dente de lo que aquí se ha de decir. Ja- 
cinto Benavente no encierra su personali- 
dad en el comediógrafo aclamado por los 
públicos y de modo unánime elogiado por 
la crítica. Alcanza á más. Es el rebelde 
pensador que no muestra su iracundia con 
hechos porque le basta satirizar con pala- 
bras ; que no instiga á rebeliones porque 
hállase seguro de que en la lenta evolución 
de la humani 'ad ha de desaparecer, vícti- 
ma de irónicas burlas mejor que por rudas 



64 CHARLA 

violencias, lo que hoy es mal para los 
hombres y enfermo para los pueblos... 

No sé, ni averiguarlo nada importa, si 
su contexto espiritual débese á escepticismo 
6 á enseñanzas que en el transcurso de su 
vivir las fué asimilando, una vez nacidas 
de la diaria lucha ; pero sí de él infiérense 
provechosas lecciones que han de ser utili- 
zadas, de manera harto conveniente, por 
los hombres llamados á conducir la nacio- 
nalidad, y á dar color á los diferentes as- 
pectos de lo que integra una nacionalidad, 
en los años futuros. 

De su nuevo libro \ Palabras, -palabras..., 
que es una muestra bien definida de su 
recio contenido ideológico, se sacan conse- 
cuencias vinculadas en absoluto con la rea- 
lidad, que es triste y amarga... Cada una 
de las ideas que este libro contiene poseen, 
además de aguda intención satírica, una 
hondura psicológica, de la que no sería 
nada fácil hallar ejemplos en la más com- 
pleta de las antologías de escritores espa- 
ñoles... 

Las obras de la mayoría de 1 s escrito- 
res españoles acusan, lo mismo en lo fun- 
damental que en lo accesorio, torpes asomos 
de observación, no siempre directos de la 
vida, que se pierden, la mayor parte de las 
veces, entre la faramalla de un frivolo ver- 
bo irónico ó entre las exaltaciones líricas 



LUCIANO DE TAXONERA 65 

de algún malabarista de la rima, al modo 
del ((maestro» Rueda. En la literatura de 
Benavente se encuentran atisbos en verda- 
des incontrastables que, al ser de nuevo 
manifestadas con palabras de no dudosa 
energía emocional, han removido los sedi- 
mentos de la sensibilidad de esta raza año- 
sa, y acaso, hoy, ya herida. Toda su obra, 
que es maravilla por su intensidad y por 
su extensión, lleva en la entraña un valor 
que no es circunstancial, que no es pasa- 
jero, porque es debido al haber sondado 
en lo que integra este conglomerado social 
en la actualidad y al haberse dado cuenta 
exacta de las humanas efusiones de alegría 
y de dolor. 

Jamás, para nadie que conserve sin con- 
taminaciones los deseos posesivos que le 
lleven á independizarse del actual medio, 
ha de negarse la verdad palmaria, la exac- 
titud estricta, de cada una de las asercio- 
nes que componen este nuevo libro de Be- 
navente. ¿ Cómo negar lo que no es me- 
cánica externa sino ideas, á buen seguro 
nacidas debido á interminable serie de cau- 
sas y concausas?... Esto no es posible. Ade- 
más, y aun estableciendo en el orden doc- 
trinario rotundos disentimientos, sería ne- 
cesario reconocer que muchas de estas ideas 
asiéntanse sobre la recia armazón de duras 

enseñanzas habidas en el comercio diario 

5 



66 CHARLA 

de la existencia... Jacinto Benavente en 
i Palabras, -palabras. . . satiriza mucho de lo 
que continuamente observa en sus coetá- 
neos, con un conocimiento sólo compr rabie 
á la delicadeza de expresión. Todos cuantos 
pensamientos, cuantas ideas, hállanse inser- 
tas en este libro, que será, para los años 
venideros, uno de los que, de manera más 
exacta, reflejen los motivos emocionales y 
psicológicos del alma española, tienden á 
mostrar, con absoluta claridad, los defectos 
de que los seres humanos adolecemos al 
recorrer el doloroso tránsito de la vida... 
Benavente, mejor que ningún otro escritor, 
conoce estos defectos merced á lo que Ira 
ahondado en nuestros hábitos sociales. 

Toda la literatura actual, á excepción he- 
cha de contados casos, está reñida con la 
realidad. Esto, aunque absurdo, no es raro. 
Podríase, como ejemplo, citar varios hechos 
ocurridos en otras ya lejanas edades que 
habían de servir de explicación á lo que 
en este dado momento les sucede á algunos 
de nuestros escritores más atentos, según pa- 
rece por lo que sus actos indican, en con- 
vertir en letra impresa lo que race de gi- 
neteos imaginativos que lo que es producto 
de lógicas deducciones habidas de la obser- 
vación directa de este humano existir. En 
Benavente se da el caso contrario. Este nue- 
vo libro, ¡ Palabras, palabras..., es una prue- 



LUCIANO DE TAXONERA 67 

ba irrebatible de ello. ¿ Cómo decir lo que 
en él se dice sin haber sondado, de manera 
detenida, en lo actual ? Es, en extremo, di- 
fícil. Todas las ideas que contiene son, á 
buen seguro, debidas á minuciosos análisis 
en cuanto conforma la vida de estos críti- 
cos momentos. El motivo para creerlo así 
estriba en el nexo, en esa cierta secreta 
trabazón que parece haber entre lo escrito 
y los sedimentos de nuestra sensibilidad. 

La obra entera de Jacinto Benavente ha 
de alcanzar larga supervivencia. En los 
años venideros se ha de ir á ella para es- 
tudiar el contenido ideal de la presente ge- 
neración, como hoy se va para estudiar el 
de las generaciones pasadas á Cervantes, 
á Lope de Vega, á Quevedo, á Gracian... 



A Prudencio Canitrot, que es un escritor 
de indiscutible valía, lo descubrió un con- 
curso convocado, en época no tan lejana que 
el recuerdo haya caído en el olvido, por 
un popular rotativo de la mañana. Este he- 
cho, que anoto como para mi inicial de la 
vida literaria del delicado cuentista, es en 
extremo raro. Todos cuantos certámenes ha 
habido en estos últimos años para estimular, 
con premios, el cultivo de las artes ó de las 
letras se caracterizan, muy especialmente, 



68 CHARLA 

por lo arbitrarios á excepción hecha, claro 
está, de los abiertos en los periódicos diri- 
gidos por don 1>rcuato Luca de Tena, que 
es á la prensa española lo que fué Müller á 
la lingüística ó Boussingault á la biología. 
Aun en este mismo á que aludo — y perdó- 
nenme los esclarecidos escritores que compu- 
sieron el jurado que dictaminó, cuya honora- 
bilidad garantiza su sana intención — se co- 
metieron errores que luego el tiempo, con 
su labor depuradora, ha ido, de vez en vez 
y muy lentamente, en parte subsanando. 
¿ Qué eirores ? Yo no he de señalarlos. Al 
analizar, comparativamente, la labor reali- 
zada, por cuantos obtuvieron mención, en es- 
tos años transcurridos, desde que ese con- 
curso tuvo lugar á nuestros días, nacerán 
contestaciones de asombrosa elocuencia. 
Ellas dirán, tan bien como yo, la altura en 
que, en el momento actual, cada uno se en- 
cuentra. 

En este concurso, además de Prudencio 
Canitrot, se dieron á conocer Javier Valcar- 
ce y Pedro Luis de Gálvez, que es uno de los 
escritores que han ahondado más en el es- 
píritu de las palabras y que, por lo tan- 
to, con mayor conocimiento y con mayor 
elegancia ha manejado el idioma castellano. 
Estos tres nombres, con las naturales dife- 
rencias que el tiempo establece por lo dis- 
tinto de las mentalidades, han quedado co- 



LUCIANO DE TAXONERA 69 

tizándose en literatura. Dichos notables pro- 
sistas, que tienen mucho de poetas, dando 
muestra fehaciente de lo vario de su cul- 
tura y de lo sano de su inteligencia, reali- 
zaron una intensa y extensa labor que loa 
años que á éstos han de seguir, sin ninguna 
de las malignidades que hoy invaden las 
plumas de cuantos escriben, sabiamente juz- 
garán... ¿Puede, pues, considerarse fructí- 
fero el concurso convocado por ese popular 
rotativo de la mañana ? Comparándolo con 
otros, que en la memoria de todos están, 
no hay duda en la contestación. Todavía 
no ha huido de mí el recuerdo de cierto 
ridículo banquete dado en honor de Gabriel 
Miró, por haberle otorgado el primer pre- 
mio en un certamen abierto en una revista, 
entonces aun de gran circulación. Cuantos 
nos hallábamos en el secreto de tal hecho 
sentíamos por el señor Miró la misma con- 
miseración que nos suele embargar al ver 
al marido engañado estrechar, con verda- 
dera efusión cordial, la mano del amante 
de su mujer. ¿ Por qué no se le concedió el 
premio á Federico García Sanchiz ó á An- 
drés González Blanco ó á Miguel Alvarez 
Rodenas ? Cualquiera de estos tres concur- 
santes era, por su prestigio y por la obra 
presentada, más merecedor á él que el se- 
ñor Miró. 

Prudencio Canitrot ha sabido encerrar, 



70 CHARLA 

de manera maestra, sentimientos rectilíneos, 
de no fácil maleabilidad, en suaves vocablos. 
¿ De qué medios, para ello, se ha valido ? 
Debo decir, porque así creo acercarme á la 
verdad, que sólo del exacto conocimiento del 
idioma — cuyas palabras, en la región gali- 
ciana se usan en sus primitivas, y, por pri- 
mitivas, verdaderas acepciones. 

En el haber literario de Prudencio Cani- 
trot, que por sí solo se recomienda, encuén- 
trase la demostración de esto que he dicho. 
Cada uno de los libros de este atildado es- 
critor acusa, con no usada violencia, su re- 
cio contexto intelectual. Para ello hay que 
ir á la entraña de cuanto su pluma produce. 
En el estilo, en cambio, tiene una cierta 
blandura que le da un íntimo parentesco 
con la manera de hacer de Valle Inclán. 
Esto á nadie debe extrañar. Todos los escri- 
tores gallegos, de diez años á la fecha, han 
sentido, con más ó con menos fuerza, la in- 
fluencia de este mágico cincelador del idioma 
castellano. D. Ramón del Valle Inclán, 
como todo innovador, ha creado, con su obra, 
un sinnúmero de discípulos, que ciega- 
mente le siguen. ¿ Tienen valor, en litera- 
tura, los sucedáneos de un escritor ? En el 
caso de Canitrot, sí. Todo sucediente á un 
maestro, aunque siga las huellas trazadas 
ya por éste, ha de destacar, para adquirí' 
verdadera vida, su personalidad de entre el 



LUCIANO DE TAXONERA 71 

modo de hacer que, por gusto ó por tem- 
peramento, está siguiendo. Prudencio Cani- 
trot — que dicho sea de pasada, no es, por 
fortuna para él, ningún Goy de Silva, ni 
ningún Gómez de la Serna — así lo hace. 
Prueba, bien definida de ello es su último 
libro, titulado Suevia. En este libro, en el 
que refleja sus raras cualidades de esti- 
lista ya anotadas, de manera muy feliz, en 
los dos volúmenes que á éste antecedieron, 
es donde Canitrot, finamente, acusa su de- 
licada alma de artista. Cada uno de sus cuen- 
tos es fidelísima reproducción — no en bal- 
de Canitrot es pintor, que ha logrado con el 
pincel decisivos éxitos — de un momento de la 
vida allá en Galicia, y á veces en, ese mo- 
mento, que puede ser simbólico para el por- 
venir, está condensado un existir de años y 
años... Galicia es el fondo de donde se des- 
tacan los personajes de los cuentos de este 
escritor. En muchos de ellos, por no de- 
cir en todos, se encuentra en bellas y exac- 
tas descripciones, como un canto de amor 
para esta noble tierra que tiene en su ha- 
ber histórico hechos de la importancia tan 
bien definida, para conocer el establecimien- 
to del catolicismo en España, como el arri- 
bo á las bravas costas de Iria-Flavia, hoy 
Padrón, del apóstol Santiago — llamado tam- 
bién, «El hijo del trueno». Galicia, al de- 
cir de Canitrot, en el cuento que nombre 



72 CHARLA 

le da al libro, es como una mujer muy vieja 
que tiene, por los años, el alma atormen- 
tada ; pero que á desprecio de su edad y 
de sus tristezas sabe, en dados momentos, 
vestirse de romería y mostrar su contento. 
El retrato físico y etopéyico de esta mujer, 
que simboliza á la región galaica, resulta 
admirable. Es difícil encontrar en muchos de 
los volúmenes que en la actualidad se pu- 
blican, debido á ese insano prurito de con- 
vertir en letra impresa las lucubraciones na- 
cidas de cualquier acéfalo escritor — valga el 
denominado — .al modo de ese desdichado in- 
dividuo que atiende por Ricardo Baeza — 
cuyo nombre, ya salpicado de lodo, me aho- 
rra otros acres adjetivos — nada que, ni aun 
en parte, le iguale ni, menos, le supere. 
Prudencio Canitot ha sabido dar, de manera 
maestra, la sensación del paisaje de Galicia. 
Todos los personajes, creados por la fan- 
tasía, que en el desarrollo de la acción de 
sus cuentos intervienen se desvanecen en el 
fondo en que su autor hace que se muevan. 
En cambio aquellos otros que son arrancados 
de la vida, por latir en sus pechos sentimien- 
tos de realidades, se destacan vigorosos del 
encantador marco que los rodea. Esto no es 
establecer diferencias entre lo visto y lo 
imaginado, aunque en literatura siempre 
las hay á favor de lo que han visto los 



LUCIANO DE TAXONERÁ 73 

w 

ojos. Canitrot, en este libro al menos, se ha 
dado de ello cuenta. 

Tengo á Prudencio Canitrot, como antes 
he dicho, por uno de los escritores de más 
valía de la actual generación literaria. En 
contra de esta idea sé que se alzaban otras, 
formuladas por asiduos concurrentes á cier- 
tas tertulias. ¿ Después de la lectura de este 
libro, de delicados cuentos, seguirán mante- 
niéndose enfrente de lo que siempre he di- 
cho y de lo que siempre diré ? Creo que no. 
El cinismo, á veces, cae al fuerte empuje 
de lo evidente... 



Don Juan Macías del Real se ha elevado, 
no sé, debido, á qué clase de intrigas, de 
denunciador á comediógrafo. Este hecho, 
nada sencillo dada la escasa mentalidad 
varias veces demostrada por el ex auditor 
de la Armada, me admira. He estado, has- 
ta el momento actual, en la decidida creen- 
cia de que á ciertos sujetos les es fácil re- 
dactar escritos llenos de calumnias contra 
hombres colocados en climas morales de ab- 
soluta salubridad y que, en cambio, les 
había de ser, á causa de lo escaso de sus 
capacidades cerebrales, en extremo difícil 
el hilvanar, con lógica, las escenas que son 
necesarias para componer una obra drama- 



74 CHARLA 

tica. Pero la realidad ha sido la encargada 
de desmentir esta creencia mía. Desde este 
instante declaro, de la manera más solemne 
que me sea posible, que he sufrido una la- 
mentable equivocación. En todo calum- 
nioso denunciador se hallará, á poco que se 
arañe, el germen de un autor de mediocres 
comedias. Como muestra, he de nombrar 
á D. Juan Macías del Real. 

Él cartel del Teatro Español que, hasta 
ahora ostentó nombres tan esclarecidos en 
las letras como de bien cimentada honora- 
bilidad, se ha visto manchado con el de 
don Juan Macías del Real. El motivo, d» 
ello, aun se esconde á mi conocimeinto. Lo 
que no se me oculta es que de mucha con- 
sideración ha debido de ser cuando la di- 
rección del mencionado teatro ha saltado 
por encima de los respetos que se deben 
al público estrenando una obra debida á 
la pluma de un individuo expulsado del 
Ejército mediante acuerdo unánime de un 
tribunal de honor. Al decir esto se me ocu- 
rre preguntar : ¿ Es posible que un hombre 
sobre el que pesa un acta de inhabilita- 
ción tenga, aún, el atrevimiento de estre- 
nar sus obras ? Sí, es posible. Pero lo 
que, en cambio, nunca hubiera creído es 
que el director artístico del Teatro Espa- 
ñol, que ha dado ya evidentes muestras de 
encontrarse capacitado de sobra para des- 



LUCIANO DE TAXONERA 75 

empeñar ese cargo, accediera á poner en 
escena la comedia del Sr. Macías del Real — 
que no creo, aunque me lo asegurase San- 
ta Rita rediviva que es la abogada de los 
imposibles, según reza el Año Cristiano,' 
sea ningún modelo digno de imitarse. El 
ex auditor de la Armada hállase colocado 
en un punto diametralmente opuesto al de 
Shakespeare, al de Moliere, al de nues- 
tro Lope de Rueda... Cito, de intento, el 
nombre de estos tres grandes escritores que 
también fueron tres grandes actores. El 
señor Macías del Real aun no se ha dis- 
tinguido como escritor ni como actor. Los 
desplantes que tuvo cuando la ya famosa 
denuncia no pasan de ser vulgares efectis- 
mos de ineducado racionista. 

En fin, D. Juan Macías del Real no es 
más que un neurótico á la husma de no- 
toriedad. Ahora, cuando ha visto la difi- 
cultad de conseguir un asiento en los es- 
caños del Congreso, se ha hecho comedió- 
grafo. ¡ Y qué comedias escribe ! Realmen- 
te, para ello, no se habrá calentado los cas- 
cos. Después de leer los Torquemadas, de 
Galdós, arrambló con sus personajes con la 
misma impunidad con que puede entrar 
en una perfumería á comprar un específico 
para la conservación del cutis ó para la 
pintura del cabello. 

Hasta ahora hemos gozado, en cualquier 



76 CHARLA 

orden de la vida, de bien escasa seguridad. 
De hoy en adelante la seguridad literaria 
habrá, por completo, desaparecido si en- 
tre los autores cunde el ejemplo dado por 
el Sr. Macías del Real. 

El procedimiento seguido por este señor 
es bien cómodo. ¿Es, también, lícito ? 
Creo, sinceramente, que no. Todo autor de 
comedias, como todo novelista, debe de 
cuidar, antes que de ninguna otra cosa, de 
que los personajes que su imaginación creó 
tengan vida — que en este caso la vida es 
originalidad. El componer una obra, sea 
cual sea su índole, con caracteres Tapia- 
dos más ó menos furtivamente, como diría 
el sabio catedrático de la Universidad de 
Polanes, D. Iscariotes Val de Ur, no es 
digo yo, muy honorable. Precisamente la 
labor más difícil del dramaturgo es la de 
crear caracteres, y que esos caracteres se 
identifiquen con la realidad en que se les 
va á hacer vivir. Al no ser esto así, el ofi- 
cio del dramaturgo perdería la grandiosi- 
dad que tiene, cuando el que lo ejerce se 
llama Benavente, para convertirse en un 
oficio de habilidad, como en el caso que 
ahora comento. En el supuesto que el se- 
ñor Macías del Real fuese literato le sería 
fácil comprender cuanto estoy diciendo. 

Después de señalar la ilicitud de esta 
manera de hacer comedias, debo declarar 



LUCIANO DE TAXONERA 77 

que el señor Macías del Real ha subver- 
tido los caracteres creados por Galdós, dan- 
do muestra de escasa probidad. ¿ El escri- 
tor que, para sus obras, emplee elementos 
por otro creados está obligado á mante- 
nerlos en su integridad ? Sí. Él decir lo 
contrario equivale á complicarse con hechos 
•que, de modo alguno, deben disculparse ó 
el desear enmendar lo que otros han es- 
crito. 

El Sr. Macías del Real á la husma de 
elementos dramáticos tropezó con la hue- 
lla de Galdós. Es difícil, en verdad, sor- 
tearla. D. Benito Pérez Galdós ha ence- 
rrado en su obra la exacta valoración de 
la vida de la segunda mitad del siglo xix. 
Como dice Manuel Bueno, el futuro inves- 
tigador no pedirá informes de lo que fui- 
mos á los historiadores sino que se aten- 
drá á la densa y multiforme documentación 
humana que lega al novelista — hoy en 
ideas descarriado debido á un insano pru- 
rito de notoriedad política — á las genera- 
ciones venideras. El señor Macías se en- 
contró, al ir en busca de informes docu- 
mentales de la vida, que los caracteres, hoy 
en circulación, eran idénticos á los que Gal- 
dós cien veces ha descrito. Y como era más 
fácil tomarlos de los libros que arrancarlos 
de la humana existencia leyó la obra de 
Galdós, y de ella substrajo aquellos perso- 



78 CHARLA 

najes más teatralizables para componer su 
comedia — llamémosla así — titulada, no sé 
á qué santo, Renacimiento. 

El ex auditor de la Armada , D. Juan 
Macías del Real, ha escalado, por inexpli- 
cables complacencias, el cartel del Teatro 
Español. ¿ Será su nombre, en él duradero? 
Auguro que no. De ello me alegraré, en 
extremo, por bien del arte y de la dra- 
maturgia española 



Andrés González Blanco, el menor de tres 
hermanos que han aportado á la historia 
de la literatura, en la época actual, pági- 
nas que en les años venideros se valoriza- 
rán como de maestros, es uno de los es- 
critores de más sólida cultura y, por lo 
tanto, de mejor cultivado gusto. Basta re- 
cordar algunas de sus ya bien apreciadas 
obras, en las cuales se encuentran maravi- 
llas de atisbos críticos, de sutiles observa- 
ciones de doctas enseñanzas, para robus- 
tecer el aserto dicho que antójaseme, por- 
que ello habla en favor del clima mental 
en que hállanse colocados nuestros coetá- 
neos, que en el conocimiento de todos está... 
Hubo tiempos, y no tan lejanos que lo que 
en ellos sucediera haya el olvido logrado 



LUCIANO DE TAXONERA 



79 



extinguirlo de entre nuestros recuerdos, en 
que, por algunos escritores de escaso gusto 
y menos criterio, era la labor de la crítica 
juzgada de manera harto desdeñosa. Llegá- 
ronla á calificar, con notoria sinrazón y 
sobrada mala fe, estos seudo literatos á que 
me refiero, de mediocre arte que sólo de 
odios y apasionamientos era fiel servidor. 

Los que, con denuedo digno de emplarlo 
en beneficio de mejor causa, atacaban á la 
crítica, servíanse de lugares comunes, de 
frases vulgares y hasta de viejos refranes, 
que prestamente desaparecieron ante la 
fuerza de los fundamentos racionales ' en 
que se apoya. Hubo quien dijo, y no de 
los que más iracundos se mostraban, que 
en bien de todos debiera de desaparecer, 
porque poco reperesentaba y menos aún, 
dado el modo de sentir que ya por indicios 
creíase característico en los hombres que 
honor dieran á los años venideros, podría 
representar. Y no pocos defendían sus mal 
llamadas ideas proclamando, con énfasis, 
como resumen y fruto de todo lo que dio 
su pensar, la verdad absoluta de ciertos 
aforismos populares, de algunos dichos sen- 
tenciosos nacidos de la espontánea filoso- 
fía del pueblo, que, después de no pocas 
modificaciones, los hacían útiles á su cau- 
sa, pretendiendo, en capciosa forma, restar 
mérito y negar valor, un valor que es in- 



80 CHARLA 

negable, á la labor bienhechora que la crí- 
tica realiza. 

No sé, ni averiguarlo nada importa, á 
qué debióse aquella unanimidad de criterio 
de los que habitaban, sin darse de ello 
cuenta, en muy diferentes climas menta- 
les. A no dudarlo, obra era de malqueren- 
cia, motivada por severos juicios que me- 
recieron las producciones de ingenios ca- 
nijos y de cerebros desmedrados, y contra 
los que fieros revolviéronse, negando al 
arte, que los hacía descender del pedestal 
en que su orgullo les colocó, cualidades 
que siempre, y con respeto, las debieran 
de haber recordado. Nunca perdonable in- 
modestia fuera en mí el intentar la adop- 
ción de una gallarda postura, de un gesto 
altivo, en pro de los que ni auxilio ni de- 
fensa necesita de mi humilde y ruda plu- 
ma. Escritores de jamás desmentida valía 
contestaron con dicaces palabras é irónicas 
frases á la injusta agresión de que eran 
víctimas sus principios, sus creencias. Y 
ninguno, de noble conciencia, regateó des- 
denes, ni buscó disculpas á los que, dada 
su incultura y su estrechz de pensamiento, 
nunca podían ser, de ellas, merecedores. 

Entre estos escritores encuéntrase Andrés 
González Blanco. En su último libro, titula- 
do Elogio de la crítica — por ser este el títu- 
lo que le da á un estudio, que es modelo 



LUCIANO DE TAXONERA 81 

de concienzudo análisis, acerca del libro 
del discreto cronista Antonio Cortón hablan- 
do de Espronceda, que se publicó en oca- 
sión de celebrarse el centenario del más 
grande de los líricos castellanos de la 
época romántica — ; en su último libro, 
repito, rebate, con sólidas razones, cuan- 
to desacredita la crítica y, en especial, 
uno de los prejuicios más arraigados en el 
mundo de la literatura : el de que el crí- 
tico no puede, en manera alguna, ser un 
genio creador. ¿ Por qué ? ¿ Acaso no hay 
ejemplos, por docenas, de críticos que han 
dejado, por su poderosa facultad de crear, 
obras que se reputan como inmortales ? Me 
absuelve de citarlos el ser sobradamente 
conocidos. El crítico está llamado, por su 
ciencia, que es el conocimiento técnico de 
cuantos materiales es necesario emplear en 
literatura, á que sus produciones sean las 
únicas purgadas y atenuadas de defectos 
por la cultura. Atreveríame á decir que todo 
gran artista, que todo delicado poeta, que 
todo aquel, en fin, que á la estética rinde 
culto, es un crítico en el que se hallan, 
poderosamente desarrolladas sus facultades 
de analista, de discernidor. Y, siguiendo el 
razonamiento, he de añadir que la facul- 
tad crítica estriba, casi exclusivamente, en 
saber discernir. Discernir, como asegura 

Andrés González Blanco, es una potencia 

6 



82 CHARLA 

mental equivalente á comprender ; y com- 
prender, ¿no es la ref ación de crear?... 

En Andrés González Blanco concurren — 
y este estudio á que me estoy refiriendo da 
de ello muestra — las dos cualidades que le 
son más necesarias á un crítico, según dice 
Gustavo Planche, con un íntimo parentes- 
co, con una cierta secreta trabazón : una 
extraordinaria comprensividad y un delica- 
do gusto. Estas dos cualidades son difíci- 
les de reunir, y más difícil, aún, el saberlas 
ejercer sabiamente. Acerca de la primera 
cualidad, me ahorra el comentario el canto 
que de ella hace Andrés González Blanco. 
En cuanto á la segunda, ¿ qué decir ? 
¿ Quién en serio puede pretender y, sin que 
la pretensión sea vana, generalizar acerca 
del gusto ? Seguramente nadie se atrevería 
á ello. Y no porque sea difícil, sino por- 
que el gusto es en cada uno diferente, cómo 
las líneas faciales que acusan en cada uno 
diferente disposición. Pero del gusto crí- 
tico que se adquiere por yuxtaposición po- 
sible es hablar, y hablar siempre bien, por 
ser lo que se ha de decir lugares comu- 
nes, frases estereotipadas, que ningún fon- 
do tienen ni responden á ideas ni á senti- 
mientos nacidos ó cuidadosamente ocultos 
en los más íntimos recovecos de nuestro 
ser. En Andrés González Blanco estas dos 
cualidades, ya mencionadas, son innatas. La 



LUCIANO DE TAXONERA 83 

cultura no ha hecho más que darle, á ellas 
mayor sutileza. 

Andrés González Blanco, en este libro, 
estudia la obra de un número nada es- 
caso de escritores. ¿ Es justo todo lo que 
de ellos en él se dice? Atreveríame, con el 
respeto debido, á decir que no. El elogio, 
á veces, enturbia exactas observaciones. 

Todo cuanto Andrés González Blanco 
' dice en el estudio que va á la cabeza del 
libro encuéntrase aromado de un sabor nada 
común. En este sabor se hallan asentadas 
las palabras que combaten á los que tratan 
con acres censuras menospreciar á la crí- 
tica. 

La crítica apareció al nacer el primer 
genio creador. Cuando en los cristalinos 
amaneceres de los albores de la humani- 
dad improvisaba el sacerdote-poeta de la 
India los sublimes himnos del Rig-Veda 
ayudado de la inspiración que le prestara 
el Agni-Soma, el crítico prehistórico del 
Sapta-Sindu, perdido entre las multitudes, 
descontento y huraño, ya sometía á impla- 
cable análisis las espontáneas imágenes del 
cantor védico. De las consideraciones que 
indujera nada, en absoluto, se sabe. A buen 
seguro, guardaríalas para sí en vez de ex- 
ponerlas en su lengua draviniana ó en 
sánscrito, si gran literato era entre los 
suyos. 



84 CHARLA 

No he de narrar paso á paso, que prolijo 
y cansado trabajo sería, la historia de la 
crítica, desde estos sus comienzos. Pruebas 
escritas hay de que siguió, con paralelismo 
siempre acusado de idéntico modo, á las 
más bellas producciones habidas del inge- 
nio humano, á las más bellas obras de al- 
gunos hombres, que por su incontrastable 
valer fueron gloria de su época y honor 
conquistaron para su pueblo. Y si hubo ge- 
neraciones, en tiempos pasados no pocas 
por desgracia, que no hallaron en ella ala- 
banzas ó diatribas ni pudieron de su opi- 
nión colegir enseñanzas, sus poetas y sus 
prosistas alcanzaron tardíamente la fama á 
que, en vida, ya eran de buena ley acree- 
dores. Casos se dan, y muy repetidos, de 
que la malignidad ó el enojo latente, ha- 
cia determinadas tendencias, repare una in- 
justicia haciendo el milagro de rescatar 
del olvido á los que en él, desconocidos 
de los más, yacían. Años después de muer- 
to Platón, el implacable Zoilo al menospre- 
ciar, con agudas sátiras y donosas burlas, 
al más grande de los filósofos que sobre 
la tierra han vivido, hizo conocer á sus coe- 
táneos las casi ignoradas obras del amante 
de Diotima, la sofística mujer de Mantinea. 

La historia de la crítica ostenta orgullo- 
sa timbres de gloria que de las naciones 
en que nacieron desnacionalizáronse para 



LUCIANO DE TAXONERA 85 

ser, también, gloria de las demás. En cada 
una de sus páginas se encuentran, entre 
ditirámbicos adjetivos, esclarecidos nom- 
bres de doctos varones que á su servicio 
consumieron no escasa parte del tiempo 
que les fué dado de existencia y compen- 
dios de escritos de tan positivo valor y 
tan merecida fama, que se tienen calificados 
de lo más grande que el ingenio humano 
pudo concebir — escritos de Aristóteles, de 
Quintiliano, de Horacio, que no cito ni 
comento por no caer en vanos alardes de 
fácil y vulgar erudición ni ser, al caso, ne- 
cesario. Más modernamente ennoblecióse 
la crítica con nuevos nombres. Fueron és- 
tos, entre otros no menos notables, el de 
los hermanos Schlegel, precursores del ro- 
manticismo en Alemania, el de Lesing, el 
de Winkelmann, el de Hegel, el de Kant, 
que en uno de sus más preciados trabajos 
pretendió resolver, sin llegar á conseguirlo, 
la antinomia existente, en aquellos años lo 
mismo que en los actuales, entre dos dia- 
metralmente opuestas escuelas : la de los 
que afirmaban la libertad del gusto y la 
de los que, de manera absoluta, negaban 
fuera posible acceder á una libertad que en- 
engendraría caóticas literaturas. 

Las modernas generaciones han desterra- 
do, no sin faltas de lógicas causas, la clá- 
sica crítica preceptista, de aire dogmático, 



86 CHARLA 

de exclusivos y de limitaciones, que nada, 
para el verdadero escritor ni para el ge- 
nial artista, significaba ni, dado su riguro- 
so método, podía significar. De sus leyes, 
que dictó un medio social y aceptó satisfe- 
cho una época, pocas se conservan. Una 
á una, en ordenado escalonamiento y de 
paulatina manera, se fueron hundiendo en 
el olvido, con las modificaciones impues- 
tas por razón del tiempo y por causa del 
estado de cultura en que ya se encuentran 
los pueblos. Del lastre, de los sedimentos 
que la crítica arrastra tras de sí, debido 
á sus ya muertas ideas, se fué despo- 
seyendo hasta que consiguió, libre de ex- 
clusivismos de escuela, juzgar de eclécti- 
co modo, por medio de análisis minucio- 
sos y reflexivos, sin diatribas tan acres y 
tan injustas como las de Seuduy contra el 
hispánico y varonil Corneille y las de Su- 
bligny contra el helénico Racine, ni exalta- 
das alabanzas comprometedoras, casi siem- 
pre, de los prestigios mejor cimentados. 
En fin, los estudios críticos no tienen sólo, 
en el momento actual, esa modalidad de 
negación ó afirmación, el juicio, como leí 
en no sé qué libro, que señala faltas ó 
indica elogios, sino que de la indicación de 
tales faltas, si es que existen en la obra 
que se examina, se deben inferir enseñanzas 
que adviertan el modo de corregir las im- 



LUCIANO DE TAXONERA 



87 



perfecciones censuradas, los defectos nota- 
dos que han de subtituirse con cualidades 
de bondad positiva. Esta aserción encierra 
una verdad de gran poder convincente. Y 
viniendo al razonamiento más arriba anota- 
do, he de decir que en esas enseñanzas es- 
triba, más que en ninguna otra cosa, el po- 
der creador de la crítica, en la actualidad... 
La crítica, después de no pocas evoluciones, 
ha llegado, por lo que del libro de Andrés 
González Blanco se infiere, á convertirse en 
juicios de estética. De ello la actual gene- 
ración debe felicitarse. Esa nueva tenden- 
cia, que ante todo ha de rendir culto á la 
belleza, por la belleza, defenderá de esa 
plaga de críticos mezquinos y de soberbios 
aristarcos de nuevo cuño, ridicula falange 
de gente sin sensibilidad artística ni con- 
ciencia literaria, algunos grandes monumen- 
tos de la antigüedad clásica y algunas ideas 
de moralidad, que el afán de lucro de cier- 
tos novelistas pornográficos ha puesto en li- 
tigio. 



En todo aquel que de lleno secunde un 
movimiento literario, cuando este es de la 
clase que lo ha sido el iniciado, allá en 
Francia, por Flaubert y, luego, elevado á 
las más altas cimas por Zola, se esconde, 
á no dudarlo, un desaprensivo mercader. 



88 CHARLA 

De ello existen algunos ejemplos, cuyo re- 
cuerdo aun no habrá huido de muchas 
memorias debido á causas que ahora se- 
ría cansado determinar. Uno de estos ejem 
píos, tal vez el más sintomático, el más 
descriptivo, es el del señor Carretero. Este 
señor que se llama literato con la mis- 
ma razón que se pudiera dar el título de 
inventor del elíxir Ivon, ó de maestro en 
el arte Agasias, de Cleomenes, de Veroce- 
hío, de Colombe — ¡ qué nombres, señor Ca- 
rretero ! — ensucia, con su mercaderismo, 
la actual iiteratura. Todos los libros de 
Carretero tienden á mostrar la miseria hu- 
mana, á adular nuestro instinto grosero, gra- 
cias al cual hemos nacido, y por el cual, en 
nuestra descendencia, dejaremos al mundo 
algo de nuestra sangre. Pero ese instinto, 
no debe de ser eje de una literatura ni 
idea central de toda una obra. Lo exigen 
así elementales deberes á la decencia. En 
Jacinto Octavio Picón — que es un caso, 
que debiera de imitarse, de dignidad lite- 
raria — se da, de manera sobradamente elo- 
cuente, muestra de lo contrario. En nin- 
guno de sus libros se va en busca de la 
medula del lector para actuar sobre ella 
con narraciones capaces de poner rojo á 
un negro. Y no es esto decir que en ellos 
no se estudie la mujer, el hombre, y, como 
es natural tratándose de hombres y de mu- 



LUCIANO DE TAXONERA 



89 



jeres, que no son asexuales, el amor en su 
más abyecta manifestación. Jacinto Octavio 
Picón se diferencia del señor Carretero — 
cito este nombre como pudiera citar otra 
cualquiera que habitara en el mismo clima 
mental y moral en que se halla colocado 
este señor — en que Jacinto Octavio Picón 
tiene talento y el señor Carretero no sabe 
ni lo que esta palabra quiere decir. Por 
esta insignificante causa, es por lo que- 
el ilustre académico envuelve en una pro- 
sa atildada y correcta, momentos de la vida 
que contados por el señor Carretero sería un 
canto — en beocio, desde luego — á las más 
relajadas concupiscencias ó á las más des- 
preciables senilidades. ¿ Es esto verdad, se- 
ñor Carretero ? 

Don Jacinto Octavio Picón, es uno de 
nuestros más ilustres escritores. Su nom- 
bre ha brillado, y brilla, al lado de los 
que á la historia de la literatura castella- 
na, han hecho el regalo de obras que en 
los años venideros se reputarán como in- 
mortales. He de decir, porque de esta ma- 
nera digo verdad, que desde que en mis- 
manos, casualmente, cayó una de sus más 
leídas novelas, Dulce y sabrosa, soy deci- 
dido admirador de este insigne literato que 
• en su haber cuenta, además de delicadas 
obras de la índole de la mencionada otras de- 
sana crítica y de erudito análisis. Dulce y 



"90 CHARLA 

sabrosa, que es una de las más elogiadas no- 
velas contemporáneas, quedará, como re- 
presentativa de la manera de hacer de su 
autor, unida á Juanita Tenorio. /Juanita 
Tenorio ! He aquí una novela que está 
vinculada en la vida, en la realidad de la 
vida, que es cruel y es amarga... Juanita 
Tenorio es una novela de gran simplici- 
dad psicológica, pero de un enorme calado 
sentimental. En toda la obra no decae, 
ni un instante, el interés que despierta, 
porque las palabras en que está escrita, 
porque las frases que componen cada una 
de las páginas, van, directamente á actuar 
sobre el sentimiento. Y he aquí, en el senti- 
miento, el talón de Aquiles de nosotros los 
que hemos nacido en un siglo, como el 
actual, de incredulidad y de escepticismo. 
Pero la incredulidad más arraigada, el 
ecepticismo más consciente — sabemos que 
cuanto más consciente es una idea con ma- 
yor energía, no sé por qué acaso, se prende 
á nosotros — cae, de un modo ruidoso, en 
cuanto, acertadamente se sabe remover 
nuestro sedimento sentimental, que, digan 
lo que quieran determinados escritores em- 
peñados en entronizar una literatura ideoló- 
gica es, aun, lo que rige al mundo por- 
que las ideas nada son sino se convier- 
ten, como ha dicho Emerson, en sentimien- 
tos. Jacinto Octavio Picón que, repito ne 



LUCIANO DE TAXONERA 91 

es ningún Carretero de poco más ó menos, 
sabe, con su literatura, interesar á cuan- 
tos le leen. En esta misma novela, que me 
ha sugerido cuanto he dicho, se observa es- 
ta tendencia del ilustre escritor. Juanita 
Tenorio, que es la historia de una mucha- 
cha á la que, de manera tenaz persigue 
la desgracia, actúa sobre el ánimo del lec- 
tor hasta llegar á conmoverlo. Y es que, 
pese á todos los barnices de la cultura, la 
humanidad es sentimental, hondamente 
sentimental. Prueba de ello es que todo, 
en el mundo se hace por sentimiento. Y 
si descendemos de la literatura á cualquie- 
ra otra clase de especulaciones — á la políti- 
ca, por ejemplo — observaremos que las 
ideas mientras se mantienen en ideas, na- 
da valen ni nada representan. Las ideas 
tienen un valor y logran una representa- 
ción cuando han recorrido ese penoso trán- 
sito que las llega á convertir, por haber ba- 
jado de la cabeza al corazón, en hábitos so- 
ciales... 

En cuanto he dicho existe, á no dudar- 
lo, un ansia de varolizar esta característi- 
ca del sentimentalismo que tuviese, y aun 
se tiene, conceptuada, en literatura como 
un defecto. Claro está que mi elogio ó mi 
diatriba de nada le servirá. Pero quiero, 
porque ello me importa mucho, hacer ver 
el error en que caen cuantos escriben con 



92 CHARLA 

el deseo de desacreditar esta modalidad li- 
teraria del sentimentalismo. El sentimen- 
talismo existirá mientras el mundo exista. 
Es, por tanto, ilógico decir de él lo que 
ahora se dice. Lo aseguro. 



* 



EL ESTILO Y LOS ESTILISTAS 



Apropósito de un libro de Ricardo León. 



Parece, y es de muchos opinión, que de 
un escritor que cincele su prosa, como Sou- 
lary sus sonetos, no puede esperarse más 
que, de tarde en tarde pequeña obra de 
exquisita belleza, de un depurado gusto, 
rica en detalles y llena de ingeniosas sutile- 
zas, en la que las expresiones de fuerza, 
las briosidades de concepto, las energías 
todas de la narración, formada de hechos 
inducidos de un continuo contemplar la 
vida, se ahoguen, cuando aun bien no se hu- 
bieran determinado, se pierdan, cuando to- 
davía no fueran de modo completo formula- 
das, entre las eufónicas delicadezas de un 



94 CHARLA 

grato decir ó bajo la tersura que, no usadas 
palabras y desacostumbrados giros, muy uti- 
lizados por las actuales pléyades literarias, 
suelen darle á algunas de sus modernas y 
más estimadas páginas. De igual manera ha 
llegado á creerse, que la capacidad produc- 
tiva de un estilista, en el puro sentido que el 
vocablo tiene por su estirpe latina, se limi- 
ta no muy ampliamente. Esta aserción, á 
poco que indagarse quiera, se puede con- 
trastar con hechos que, de manera repe- 
tida, señalan, en forma precisa, las historias 
literarias de épocas pasadas y fácil le es, 
aun al más inhábil investigador, la cita 
exacta de multitud de nombres y de no me- 
nos sucesos, algunos no tan lejanos que del 
olvido fueran ya patrimonio, ni tan recón- 
dita que no aparezca en cualquier rápido 
recuento, para que por su procedencia le 
sirvan de fundamento y como plinto que, 
sólidamente, fuera su sostén. 

A decir de una parte de la crítica, y no 
sin un germen de razón, el estilo, en cada 
escritor, es su ingénito temperamento, su 
natural espíritu, sin contaminaciones de cla- 
se alguna. Después de que se le despoje 
á esta frase, aparentemente justa, del ab- 
solutismo que al parecer quiere encerrar 
con cierta ansia, ha de preguntarse : ¿ Qué 
fin, entonces, es el que logra la cultura ? 
¿ A qué han de aplicarse las provechosas 



LUCIANO DE TAXONERA 95 

enseñanzas que de modo continuo se infie- 
ren de lo que se lee y de lo que se observa 
á diario ? ¿ El saber, que en el combate de 
la vida se adquiere, al servicio de qué es 
conveniente ponerlo ? Difícil es, en forma 
explícita, el contestar á tales preguntas. 
Cada una, por su complejidad, exige lar- 
ga respuesta sin conceptuosidades y libre 
de estudiados eufemismos. Pero sí me será 
de suma facilidad, obedeciendo á leyes y á 
sanos dictados, el exponer mis juicios, mis 
creencias que, culto á la verdad es decirlo, 
hállanse inspiradas en honorables principios 
de preclara alcurnia y nunca desmentida 
fama. 

Sin contradecir, porque á ello jamás me 
atrevería, lo dicho por un crítico de 
nombre ilustre ha de decirse que parte, 
y no pequeña, en lo que forma el estilo, es 
yuxtapuesta, poco á poco adquirida, de 
modo paulatino asimilada ; y siguiendo la 
deducción, sin el más leve desvío en el es- 
labonamiento lógico que un humano racio- 
cinar manda seguir, ha de llegarse á la 
plena creencia, al total convencimiento, á 
la seguridad, sin reservas de especie algu- 
na, que nada ó poco, en la vida, nace de- 
manera espontánea, ni por la resultante de 
locos caprichos. Todo, y miles de hechos 
así lo demuestran, sigue merced á leyes na- 
turales, muchas aun imprecisadas, á fenó- 



"96 CHARLA 

menos internos, todavía no explicados. Lo 
espontáneo, en la más justa acepción de la 
palabra, hállase en los límites de su ocaso, 
en los postreros instantes de su existir. 
Los medios educativos ó los combates del 
penoso vivir en que se ha conformado á 
las actuales generaciones han sido creadores 
de cerebros reflexivos que aun más pron- 
tamente hará hundirse cuanto dicte el ins- 
tinto ó cuanto ordene el sentimiento en 
idénticos sitios donde fueron á parar la 
multitud de cosas ya, definitivamente, olvi- 
dadas. Porque, á buen seguro, creer, en 
los momentos presentes, en tales esponta- 
neidades sería tan absurdo como elogiar los 
desmanes literarios de cualquier refundidor 
al estilo del Sr. Cabello Lapiedra ó dar cré- 
dito á las fantasías astronómicas de Jeremías 
Shakerlay. Pero nada, si lo que se recusa 
por motivos inanalizables sucediera, me 
causaría tanta inquietud, tan grande desa- 
sociego como la suerte que pudieran correr 
esos eternos congresos educadores compues- 
tos, en general, de individuos ineducados, 
al obligarles á dar por terminadas sus nada 
fructíferas tareas y hacer que estampen, 
por vez última, la firma en la nómina 
que era su único sostén. 

El estilo, que en cada uno es distinto 
por haberse nutrido de diferente modo, es 
el acusador de las condiciones etopéyicas 



LUCIANO DE TAXONERA 97 

de los escritores. Y estas condiciones etopé- 
yicas que en la producción con gran fuer- 
za expresiva se manifiestan, y de vez en vez, 
durante el transcurso de una larga labor, 
más se acentúan, no son las ingénitas, de 
manera alguna, por toda una interminable 
serie de complejas razones, pueden ser las 
nativas. Precisos datos, de indubitable ver- 
dad y no menos justeza, inducen á creerlo 
así. 

Labor de tiempo es, y como de tiempo 
reflexiva, la mutación de un estado confor- 
mativo en otro. La voluntad, el carácter, 
el cerebro, como los músculos y los nervios, 
han de sujetarse á una educación y á un 
ejercicio. La cultura, facultada para ello 
es la que realiza esa educación y ese ejer- 
cicio. Poco á poco, con medida lentitud, 
se va adueñando de determinadas cualidades 
instintivas, de alguna parte, y no pequeña, 
de lo que por sentimiento se produce. Y 
un continuo leer, una diaria convivencia 
con los libros, llega á hacer sutiles los más 
burdos conceptos, á explicar, en forma cla- 
ra, los más complicados problemas ; ayuda 
á que, derivada por asociación de ideas, 
se encuentre adecuada forma á las más be- 
llas verdades, á las más salvadoras doc- 
trinas, que, aunque iniciadas, permanecie- 
ron, por torpeza de las gentes, entre densas 

sombras. Y la gama fonética, las palabras, 

+■ 7 



98 CHARLA 

adquieren un espíritu, logran una vida, pre- 
sentan un carácter muy diferente del que. 
ostentosamente ponderan ; empleándolas en 
su acepción más pura, con arreglo á su es- 
tirpe más limpia... 

La característica de la obra de Ricardo 
León, es la de haber empleado las pala- 
bras en su acepción más pura, con arreglo 
á su estirpe más limpia. Pero no sólo por 
esta característica, que es en verdad digna 
de tenerse en cuenta, se ha hecho su nombre 
meritísimo, sino porque en sus novelas — 
en algunas de las cuales se encuentran atis- 
bos de observación para los que han sido 
menester detenidos estudios — ha procurado 
no dejarse influenciar lo más mínimo de 
las demasías realistas de ciertos chirles es- 
critores, que llámanse eróticos, ni en nada 
desviarse de aquella senda luminosa que 
dejaron trazada nuestros clásicos. En la 
obra de Ricardo León alientan esos mismos 
grandes ideales, que fueron los conforma- 
tivos de esta noble raza, en que se inspira- 
ron cuantos á la literatura dieron gloria en 
aquellos años, ya muertos. Basta lo prein- 
serto para que se comprenda que Ricardo 
León no es el ejemplar corriente de lite- 
rato acuñado en la continua lectura de ma- 
las novelas francesas sino que es un escri- 
tor que tiene una marcada veta castiza. To- 
dos sus libros se encuentran vinculados en 



LUCIANO DE TAXONERA 99 



el pasado. ¿Es ello un defecto? Creo since- 
ramente que no. Para asegurar lo contra- 
rio sería, en absoluto, necesario dar larga 
serie de razones á fin de que la negación 
se asentara sobre recio armazón. De no ser 
así, nunca se debe decir nada de lo que se 
moteje, debido á un determinado criterio, 
como falta, porque si las inculpaciones 
son perniciosas — tratándose de escritores de 
verdadero mérito literario — cuando van ro- 
bustecidas con lógicos asertos aún lo son 
mucho más cuando encuéntranse divorcia- 
das de la verdad. Todo aquél que se impon- 
ga el trabajo de resucitar una modalidad 
literaria ha de atenerse á lo que en litera- 
tura, era peculiar en aquella época en que 
quiera localizar la acción de sus novelas, 
de sus dramas. ¿ Entonces — se me contesta- 
rá — los personajes que intervienen en el des- 
arrollo de la acción de los libros de Ricar- 
do León no debieran utilizar, para enten- 
derse, palabras arcaicas, giros rebuscados, 
que hacen, muchas veces, que las expresio- 
nes parezcan afectadas, faltas de esponta- 
neidad ? Los personajes de los libros de Ri- 
cardo León — con presteza he de responder 
yo á esa contestación que es una interro- 
gante — no viven en la actualidad, pues su 
espíritu, que es por lo que los hombres no 
son similares á las bestias, ha quedado de- 
tenido entre las ideas ambientes del albo- 



10C CHARLA 

rear del siglo XII. Ricardo León, pues, no 
tiene defecto en lo que al estilo se refiere, 
puesto que el estilo, en este escritor, no es 
más que la depuración del idioma castella- 
no envilecido por neologismos sin sentido, 
y por giros de allende el Pirineo. El mérito 
de la labor de Ricardo León, además de la 
que como novelista le corresponda, estriba 
en haber limpiado, en haber purgado su 
léxico de todo aquello que pudiera decirse 
era de mal gusto ó estaba reputado de poco 
castizo. 

Ricardo León, no es solamente castizo en 
el fondo, sino que también lo es, y mucho, 
en la forma. Para robustecer esta rotunda 
afirmación basta remitir al que la juzgue 
gratuita á su nuevo libro de versos que lle- 
va el clásico título de Alivio de caminan- 
tes. Y digo nuevo libro de versos porque 
Ricardo León hace, por lo menos, diez años 
publicó su primer volumen de poesías, que 
tengo á la vista, cuyo nombre es La lira 
de bronce. ¿ Cuál ha sido la evolución del 
escritor en estos diez años ? Para señalarla 
se haría necesario, á fin de no caer en erro- 
res, un detenido estudio. Baste decir, en el 
actual momento, que la musa tocada de 
romanticismo ha desaparecido para dejarle 
lugar á esta otra que es más clásica, y, por 
tanto, más atildada. Con esto se compren- 
derá, fácilmente, el cambio operado en el 



LUCIANO DE TAXONERA 101 

poeta : — el rebelde se ha adaptado, el anár- 
quico se ha hecho conservador, la musa re- 
volucionaria de ayer es hoy la musa del 
ascetismo. En Ricardo León romántico — ro- 
mántico por su edad juvenil, no por am- 
biente — había un místico. Este fondo mís- 
tico, de vez en vez, se fué haciendo más 
intenso, hasta que se inició en una exterio- 
rización. En Casta de hidalgos fué donde, 
de manera clara, lo demostró. La novela 
mencionada, que es de donde arranca la en- 
vidiable fama de que Ricardo León goza, 
hay un capítulo que es una perfecta mara- 
villa, pues al fondo de una gran fuerza 
ideológica, se le une la belleza exquisita de 
la forma, en el que el protagonista tiene un 
sueño, en el que se le aparece San Francis- 
co de Asis, que es digno de figurar al lado 
de las páginas más celebradas escritas en 
idioma castellano. Este misticismo, ahora, 
en su nuevo libro, titulado Alivio de cami- 
nantes, se desborda... 

Es este libro, Alivio de caminantes, un 
libro admirable. En él se halla encerrada 
parte de la savia de nuestros clásicos. ¿ Pa- 
recerá á algunos exagerado el elogio? No. 
lo creo. Baste para ello recordar una ó dos 
poesías, nada más, de las que componen el 
volumen que á firmarlas Valdivieso, Pero 
Guillen de Segovia, Juan Tallante, acrecen- 
tarían el justo renombre de que hoy go- 



102 CHARLA 

zan, y añadirían un ditirambo más á los 
que en la actualidad premian sus obras... 
Ricardo León da muestra — y de ello algu- 
nas composiciones son fehaciente prueba — • 
de hallarse identificado, de un modo absolu- 
to, con el espíritu que animaba á aquellos 
líricos que, con sus nombres, ennoblecieron 
el siglo XV. En ningún sitio, en verdad, fué 
más admirada la poesía y más respetados 
los poetas que en la corte de Juan II. Des- 
de el rey y su primo D. Alvaro hasta las 
gentes más incultas, todos hacían versos, 
y todos han dejado composiciones en los 
cancioneros de la época. Con algunos de 
éstos y con parte de los muchísimos que 
pululaban por la corte de Alfonso V, de 
Aragón, rey comparable por lo culto y lo 
espléndido, al gran Alfonso X, de Castilla, 
tiene Ricardo León puntos inmantados. En- 
tre los que Ricardo León debe enseñanzas 
se cuentan Antón de Montoro, Ambrosio 
Montesino, Garci Sánchez de Badajoz, Jorge 
Manrique y otros. Y si venimos hacia el 
siglo xvi nos encontramos con que toda la 
ideología de Ricardo León se nutre de la 
lectura de filósofos de tan robusta mentali- 
dad como Arias de Montarco, Ginés de Se- 
púlveda, Fox Morcillo, Luis Vives, Fran- 
cisco Sánchez, Pedro Simón Abril, Juan 
Boscán, Alejo de Venegas... Ricardo León 
no se ha desviado, lo más mínimo, de núes- 



LUCIANO DE TAXONERA 103 

tros clásicos. En su libro se encuentran, y 
algunas de ellas hechas de un modo muy 
feliz, glosas y paráfrasis de los más grandes 
poetas castellanos. Tarea de suma facilidad 
sería el ir señalando en qué celebres com- 
posiciones antiguas están inspiradas estas 
composiciones actuales que integran el vo- 
lumen Alivio de caminantes. Básteme de- 
cir que su esencia, á veces, y en su forma, 
siempre, no desmerecen de las originales. 
Quevedo, Valdivieso, Manrique, deben de 
quedar á Ricardo León agradecidos por ha- 
ber exhumado, de manera tan honrada sus 
maneras de hacer, que son hoy glorias de 
nuestra historia literaria. Además en esen- 
cia, ¿ qué diferencia hay entre «Hablas in- 
teriores» y «La noche obscura del alma», 
de San Juan de Luz, ó entre las décimas 
que llevan el mismo título del libro y la 
admirable epístola de Francisco de Que- 
vedo al conde-duque de Olivares ? Ningu- 
na. Pero no es esto sólo. Ricardo León es, 
también, cantor que no desdeña poner en su 
canto opulencias rítmicas. ((Serenata» es 
una prueba, indudable, de ello. En esta 
poesía el verso tiene una cesura en medio, 
que lo hace más ágil y le da mayor soltura, 
alejándose, de este modo, de la monotonía 
que tendría á carecer de este corte... Hay 
en este libro de que me vengo ocupando 
una composición — (tRescate» — que por su 



104 CHARLA 

arrebato lírico evoca al peregrino ingenio 
Garci Sánchez de Badajoz. Me parece, dada 
su esencia y su forma, la mejor, aunque, á 
veces, los acentos están mal cargados ; pero 
esto no es un defecto de los versos escritos 
por Ricardo León sino de muchos versos 
castellanos, escritos por genios de la lírica, 
en los que, generalmente, se hacen las síla- 
bas largas ó cortas merced á los acentos. 
Ricardo León es uno de los escritores mo- 
dernos que más han ahondado en el idioma, 
y que, por esa causa, con más elegancia lo 
maneja. Desdeñó, desde su nacimiento á la 
vida literaria, á esos individuos que van á 
buscar el modelo para sus obras á las no- 
velas francesas actuales que son, en su ma- 
yoría, groseras y de mal gusto. Y, como 
desdeñar es vencer, triunfó sobre el medio 
y se elevó al medio, canalizando, á la par, 
una corriente de buen gusto literario que 
se hallaba dispersa y que, por lo tanto, se 
perdía. En La actualidad hay, en ideas como 
en la forma, un renacimiento clásico que es 
necesario darle vigorosidad para que de- 
tenga la intrusión violenta de seres que habi- 
tan en el clima social, moral y mental de 
José María Carretero — individuo que, por lo 
absurdo, ya se ha hecho representativo. Ri- 
cardo León, en fin, ha de ser al renacimiento 
clásico castellano lo que fué, en aquel glo- 
rioso renacimiento italiano, del cual queda 



LUCIANO DE TAXONERA 



105 



un recuerdo que lo hacen glorioso buen nú- 
mero de inmortales obras, un Ángel Policia- 
no ó un Miguel Ángel Buonarotti. Parecerá, 
á no pocos, exagerada esta rotunda afirma- 
ción. Pero creo, sinceramente, que todo aquel 
que de despaciosa manera examine la obra 
de Ricardo León, encontrará, de sobrado 
modo, justificados mis elogios á este escritor, 
no sólo á lo que su forma se refiere, sino á lo 
que es el fondo de sus libros, á su entraña; 
de un recio castellanismo. 



V 



VI 



DON JOSÉ ECHEGARAY 



La huella de su obra. 



En estos días, y con motivo de haberle 
sido concedida á don José Echegaray, como 
recompensa á sus relevantes servicios al 
frente de organismos de la cosa pública, la 
más grande condecoración que sobre el pe- 
cho pueden ostentar aquellos de los humanos 
nacidos en tierras de España, se ha vuelto 
á hablar con alguna insistencia, en determi- 
nados círculos donde acostumbran á reunir- 
se escritores, de la personalidad en la lite- 
ratura alcanzada por este ilustre y sabio ma- 
temático, por este insigne autor dramático, 
que, dicho sea en honor de la verdad, ha 
sido como eje, como centro de una modali- 



LUCIANO DE TAXONERA 107 

dad intelectual, en cuyo derredor se han mo- 
vido un número nada escaso de hombres, y 
otro número, también crecido de ideas — hom- 
bres é ideas que, de manera que aun hoy 
sé discute, han llenado la historia del tea- 
tro español en los últimos veinticinco años 
del siglo XIX. 

Débese decir — y al decirse, tal vez se tra- 
duce en palabras una creencia sólidamente 
arraigada en dos generaciones, lo menos, 
de las que nos han precedido — que Echega- 
ray, heredero directo de Calderón, ha causa- 
do, con su obra, una honda huella en la li- 
teratura dramática de esta nación. ¿ Esa hue- 
lla la ha causado también en la vida social de 
esta nación ? La vida y la literatura se influ- 
yen recíprocamente. Es, sin embargo, de 
una absoluta imposibilidad señalar los ca- 
sos en que la acción de lo escrito sobre el 
existir es más visible que la influencia 
opuesta. Aunque para ello recurriese á cuan- 
to informa la existencia y á cuanto es ger- 
men de las producciones literarias, echando 
de paso, mano de las más sutiles parado- 
jas psicológicas, no lograría el fin propues- 
to. Max Nordau, que ha afrontado este hon- 
do problema, sólo dice, como resultado de su 
laborioso estudio, que llega un momento 
que para el escritor lo que le ofrece el es- 
pectáculo de la vida y lo que le dicta su 
imaginación, está tan unido, tal vez por 



108 CHARLA 

una íntima y secreta trabazón, que es casi 
de todo punto imposible, separar lo pensa- 
do y lo visto, cuando lo va á trasladar á 
las cuartillas para convertirlo en letra de 
molde... 

La enorme masa de la obra de Echegaray 
no ha causado huella alguna en la vida so- 
cial de esta nación. ¿ Debido á qué causas ? 
Es en extremo difícil determinarlas. Debe 
decirse, sin embargo, que Echegaray no ha 
dejado sentir su influencia en la vida del 
modo tan intenso que la ha dejado sentir 
en la literatura porque el contenido ideoló- 
gico, la levadura artística de sus dramas, 
está vinculado en una edad de la que en el 
momento actual, estamos divorciados, mejor 
dicho, nos es absolutamente extraña. Pero 
hay en cuanto escribe Echegaray un nervio 
tan reciamente castellano, tan de acuerdo 
con lo que se escribió en esos años cuyo re- 
cuerdo aroma aún nuestra vida, que fuerza, 
aún á los que no quieran, á la admiración... 
La medula de la dramaturgia de Echegaray 
es la misma que la de aquellos, nuestros in- 
mortales escritores que vivieron en los días 
del reinado de Felipe IV... Es menester se- 
ñalar, que aunque este escritor no ha ac- 
tuado con sus escritos sobre la realidad de 
la vida, ha causado, como de ello queda he- 
cho mención, una honda huella en parte, 
nada escasa, de nuestros autores dramáti- 



LUCIANO DE TAXONERA 109 



eos, aun en ciernes. A Echegaray — es nece- 
sario anotarlo — aun condenando su manera 
de hacer, sus falacias de retórico, sus arti- 
ficiosos procedimientos, se la ha seguido en 
el camino por él trazado. Podría aquí decir, 
para corroborar lo anteriormente inserto, va- 
rios nombres, y con esos nombres los títulos 
de varias obras. Pero no es mi deseo, alaban- 
do á Echegaray en la medida que mi admi- 
ración me dicta, detractar á otros escritores 
que, en el momento presente, han caído en 
el olvido, ó arrastran su inutilidad intelec- 
tual, la derrota de sus ilusiones en cual- 
quier asilo de los que la magnanimidad del 
presupuesto suele, de cuando en cuando, de- 
pararles. 

La filiación de Echegaray como poeta 
es menester buscarla en Calderón. Echega- 
ray tiene con Calderón muchos puntos iman- 
tados. Diría más bien, sin temor á equivo- 
carme, que Echegaray tiene el alma de la 
raza, porque, como ella, con un varonil en- 
canto, es impetuoso y violento, porque, 
como ella también, es recio y altivo... He 
de declarar sin rubor, que muchas veces en 
esos años de la dorada adolescencia, mi sen- 
sibilidad se ha visto secuestrada, vencida, 
por su astro robusto, frondoso, opulento, 
genial. Cada una de sus obras, debido al con- 
flicto de la vida ó de la conciencia en ella 
planteado, abruma, deslumhra, causa^-enor- 



í5 CHARLA 

me sacudida en nuestro sistema nervioso, en 
nuestro sentimiento. Echegaray ha sido due- 
ño, como ningún autor dramático, de ha- 
cernos sentir emociones, de disciplinarnos á 
su imaginación nuestra imaginación, de 
enfrenar á sus ideas nuestras ideas. Echega- 
garay ha sido el dueño, el tiempo de estar 
sentados en la butaca, de nuestras almas. 
Pero el insigne literato no ha sabido, ó, más 
bien, no ha querido, que esos instantes emo- 
cionales tuvieran un recuerdo que perdura- 
ra en nuestra memoria. Después de ver un 
drama de Echegaray nuestra sensibilidad, 
secuestrada un momento, tal vez vencida, 
como he dicho, én aquellas ideas declama- 
das por aquellos hombres y aquellas muje- 
res que en el desarrollo de la acción de una 
obra cualquiera — El loco Dios, por ejem- 
plo — intervenían, se ha dejado llevar por 
la fantasía del poeta, por su llamear román- 
tico, por su verbo satírico, por su estro y 
su facundia — cualidades que hacen que á 
Echegaray se le crea de la estirpe mental 
de Calderón — más que por las enseñanzas 
que de las producciones del eximio escritor 
se pueden obtener, al vincular lo acaecido 
en el escenario con la vida... 

Declaro sin rubor — ya lo he dicho 
— que tengo una desmedida admiración 
por el insigne autor de La desequilibrada. 
Me ha parecido, dentro de La literatura cas- 



LUCIANO DE TAXONERA 111 

tellana, una figura sólo comparable, por la 
enorme masa de su obra, á la de Lope de 
Vega. Cónstame que alguno de sus dramas 
ha sido escrito aún en menos tiempo que 
muchos del celebrado ((fénix de los inge- 
nios». Y con respecto á la entraña, á la le- 
vadura artística de su teatro, no puede du- 
darse que Echegaray, si no ha estado aten- 
to á los latidos del alma nacional, no se 
desvía en mucho de una modalidad que, 
pese á los detractores, es ingénita de la 
raza. 

El nombre de Echegaray señala una épo- 
ca en la historia de nuestra literatura es- 
cénica. Ese nombre — debe declararse — ha 
sido durante un largo período de tiempo, 
el ídolo de cuantos un día asombráronse 
ante su estro, ante su enorme fantasía de 
poeta. Eso es, antes que nada, Echegaray : 
un poeta. Sus dramas — algunos — serán ende- 
bles de técnica. Pero hay en ellos una llama 
romántica, de romántico acuñado con las 
ideas ambientes en su edad, que tapa cual- 
quier defecto y cubre toda endeblez... 

Mi rotunda admiración, sin embargo, no 
me mueve á dejar de decir la verdad. Aun- 
que Echegaray ha tenido en la literatura 
escénica, durante más de veinticinco años, 
una influencia decisiva, y su obra ha dejado 
en la historia literaria de España una indele- 
ble huella, su recuerdo no vive entre nosotros. 



112 CHARLA 

La razón es sencilla. Echegaray, aunque ha 
ido derecho á buscar nuestra sensibilidad, 
no ha actuado, lo más mínimo sobre nuestros 
sentimientos. Al mágico conjuro de su lira 
de poeta, no han respondido las fibras de 
nuestras almas. Y es porque Echegaray no 
ha hablado al alma como Becquer, como 
Campoamor, tal vez, como Espronceda. 
Echegaray, más dueño de ciertos tecnicismos 
teatrales, ha ajustado sus versos á lo que su 
imaginación creara, sin preocuparse, para 
nada, de vincularlos en aquéllo que es con- 
formativo de la mentalidad de una nación en 
determinada edad. Pero lo dicho, repito, no 
amengua la admiración á que este ilustre li- 
terato tiene derecho por la masa ciclópea de 
su obra. 



rp 



Vil 

MANUEL LINARES RIVAS 

Comentarios á dos de sus obras. 



La musa, reciamente varonil de Manuel 
Linares Rivas ha arrancado, de nuevo, al 
-olvido ese poemático suceso, que tiene más 
de leyenda que de realidad, atribuido á 
lady Godiva y, según dicen, acaecido en 
Coventry Hace ya muchos años que en 
varias iconotecas, en diversos museos, exis- 
ten lienzos, debidos, algunos de ellos, á 
los pinceles de divinos pintores, en los que 
por siempre vivirá inmortalizada aquella 
noble dama, ejemplo de abnegado heroís- 
mo, que hizo dejación de cuanto era atri- 
buto de su virtud, que se impuso el sa- 
crificio de su pudor en aras del amor que 

8 



114 CHARLA 

tenía á su pueblo, con el objeto de salvar 
á éste, de la miseria que le amenazaba si se 
llegaban á cumplir las arbitrarias órdenes 
dadas por el bárbaro señor de la ciudad — 
señorío que alcanzaba, según era costum- 
bre en aquellos tiempos medioevales, á la» 
vidas y á las haciendas. Pero esos divinos 
pintores no dejaron vivo, con sus cuadros, 
más que el recuerdo del crítico instante en 
que lady Gcdiva, completamente desnuda 
y montando un caballo negro — como si 
quisieran buscar el impúdico contraste de la 
blanca piel de la hembra con el obscuro pe- 
lo del noble bruto — atraviesa los levadizo» 
puentes de su señorial mansión y se dispo- 
ne á internarse por las sombrías y solita- 
rias calles del viejo Coventry. Era, en 
verdad, necesario que la leyenda ó el su- 
ceso — no he de sondar en la historia de 
Inglaterra con el objeto de saber si el 
hecho responde á un decir del rumor po- 
pular, sin realidad alguna, ó merece au. 
tenticidad — , tuviera, además de la emocio- 
nada acogida que le ha dispensado el orba- 
nejismo de un cierto número de los artis- 
tas pictóricos, un cantor que, con su ma- 
ravilloso estilo, convirtiera en sonoros ver- 
sos el momento sentimental de una be- 
lla dama que gustosa arrostra la vergüen- 
za de la impudicia ante el deseo de salvar 
á los ciudadanos de Coventry. Y un día. 



LUCIANO DE TAXONERA 115 

debido á la lira de Ténnyson, todos los 
ingleses, que son amantes de lo que ha 
ennoblecido á su patria, leyeron, con ver- 
dadera fruición, el mágico poema que de- 
dicaba al suceso de que fué protagonista 
lady Godiva. Algunas estrofas, aquellas 
que eran más plásticas y más humanas, 
eran recitadas de memoria por los buenos 
ciudadanos que abrieron sus ojos á la vida 
contemplando las brumas británicas. Pero 
esto, con ser mucho, no era bastante. La 
abnegada figura de lady Godiva necesita- 
ba asomarse á un escenario. Alfredo Tén- 
nyson, el poeta más clásico de los román- 
ticos ingleses, no hizo más que, entre flo- 
reos artísticos de palabras dentro del len- 
guaje más castizo, mostrar á sus coetáneos 
la delicadeza de alma de aquella heroína 
que, aunque no lo sea, parece de leyenda, 
por el desinterés conque se despoja de sus 
galas para salvar á su querido pueblo, 
afrentando al verdugo de su pudor y estig- 
matizando, con su noble acto, la bestiali- 
dad instintiva de su marido. Este poema, 
si se ha de decir verdad, estaba ya olvi- 
dado. Deber era, en los actuales tiempos 
reverdecer el hecho para que, los que en 
estos años vivimos, aprendiéramos, en él, 
á sacrificarnos por un conglomerado social, 
por una colectividad, que es donde, verda- 
deramente, se ve el espíritu del sacrificio 



116 CHARLA 

porque no es menester decir que lo hace 
sin aspirar á recompensa alguna. Pero ha- 
bía necesidad, una imperiosa necesidad, 
de presentar á lady Godiva con todas las 
incertidumbres, con todas las inquietudes 
que, á buen seguro, precedieron á su reso- 
lución. Es decir, que de los efectos era, 
absolutamente preciso elevarse á las cau- 
sas y, aun desde las causas, una honra- 
dez mental obligaba á remontarse á los 
principios. Y esto no era factible conse- 
guirlo más que llevando el hecho, tal como 
la tradición hasta nosotros ha llegado, á 
1* novela histórica ó, aun mejor, al tea- 
tro por ser la emoción que éste causa mu- 
cho más intensa que la que puede producir 
cualquier lectura, aunque muy intensamen 
te actúe sobre nuestra sensibilidad. Lady 
Godiva se asomó al escenario mostrando 
las bellas y poemáticas andanzas de su vida, 
merced al calor emocional que le ha dado 
la musa, reciamente varonil, pues en ella 
hay alma, de Manuel Linares Rivas... 

Pero Manuel Linares Rivas, ha hecho, 
al llevar el suceso mencionado al teatro, 
ciertas adulteraciones en su asunto inicial, 
e i su idea central. ¿ Ellas han favorecido 
¡a leyenda ? En absoluto aseguraría que no. 
Debo decir, sin embargo, que la han hu- 
manizado dándole á la figura de la prota 
gonista una vitalidad de la que, hasta aho- 



LUCIANO DE TAXONERA U7 

ra, carecía. Ténnyson, en sus versos, pro- 
curó que lady Godiva no saliera de los 
lirides de un ensueño, de los límites de lo 
imaginativo. Linares Rivas, menos poeta 
quizá, ha sabido, después de infundirse en 
el espíritu antiguo de la tradición, hacer 
carne de lo que no había servido más que 
para una fantasía poética. Con esto, excu- 
sado es decirlo, se ha hecho más notoria 
la abnegación, el sacrificio de la noble 
dama. Y por ello el ilustre escritor mere- 
ce un caluroso elogio, sin regateos ni re- 
servas mentales de clase alguna. Pero aho- 
ra cabe preguntar ¿ es lícito falsear una le- 
yenda ó alterar la verdad de un hecho his- 
tórico -? Al examinar el engendro literario 
de Macías del Real, ese vulgar denuncia- 
dor que es, como hombre y como escritor, 
absolutamente despreciable, decía que era 
una inmoralidad el seguir una determina 
da huella para luego apartarse, en un ins- 
tante dada, porque equivalía á hacer una 
corrección en la obra en busca de la cual 
se había ido como manantial de inspira- 
ción. Pero esto, antes dicho, necesito, aho- 
ra, aclararlo diciendo que el tal hecho es 
una inmoralidad cuando el que lo ejecuta 
tiene ese truculento nombre de Juan Ma- 
cías del Real y la obra sobre la que lo 
ejecuta ha sido descrita por don Benito Pé- 
rez Galdós. El caso de Linares Rivas es, 



118 CHARLA 

diametralmente, opuesto al mencionado. 
Manuel Linares Rivas tiene sobrado ta- 
lento para no tener que ir en busca de 
materiales ajenos para componer sus co- 
medias. Eso sólo es patrimonio de suje- 
tos de la estructura moral del antes men 
cionado. Y es menester señalar que es dis- 
tinto bucear en la historia ó en la anécdota 
histórica que utilizar toda una serie de no- 
velas. 

Ya he dicho que Linares Rivas ha hecho 
alteraciones de bulto en la leyenda de lady 
Godiva. ¿ Esas alteraciones han modificado 
en esencia el carácter de su protagonista ? 
Debo declarar que ha sucedido todo lo 
contrario, pues lo han acentuado. En el 
poema de Tennyson, que tengo á la vista 
admirablemente traducido por don Vicente 
de Arana, la figura de lady Godiva es 
borrosa, sus rasgos no se acusan con ener- 
gía. En cambio en la admirable obra de 
Linares Rivas, esta figura, es mucho más 
intensa y se destaca, por consiguiente, más 
reciamente, más vigorosamente. ¿ Se ha se- 
parado mucho Linares Rivas de lo escrito 
por Tennyson ? Alfredo Tennyson ha se 
guido, en todo, el asunto inicial de la le- 
yenda y Linares Rivas la ha alterado en 
alguno de sus puntos porque de esta ma- 
nera ha destacado del poema y del cuadro 
\\ figura perfecta de aquella heroica mu- 



LUCIANO DE TAXONERA 119 

jer. Pero en lo que Tennyson y Linares 
Rivas convienen es en revestir á Lady Go- 
diva de una bondad y de una ternura que 
maravilla, como maravillaría la contempla- 
ción de un milagro. La lady Godiva del 
poema de Tennyson es más, por la poesía 
de que la rodea, un ser ideal que una 
mujer. En cambio la lady Godiva de la 
obra de Linares Rivas es, antes que nada, 
esa poesía hecha carne, es decir, una mu- 
jer que tiene extraordinariamente desarro- 
llado ese innato espíritu de sacrificio que 
tienen todas las mujeres. 

He señalado, y creo que de sobrada ma 
ñera, cuantos motivos de inspiración Li 
nares Rivas ha ido á buscar á Tennyson 
Estos, en verdad, han sido escasos, pues se 
ha atenido más al espíritu de la tradición 
que al poema del celebrado autor de The 
Cu-p. Además ya he declarado que las en- 
miendas que introduce el ilustre literato en 
esa leyenda que ha utilizado, que, dicho 
sea de pasada, es originaria del feudalis- 
mo inglés, lejos de deslustrarla la embe- 
llecen... Este es, como por lo inserto se 
verá, un caso diametralmente opuesto al 
de Macías del Real. 

Manuel Linares Rivas no es — con su 
obra Lady Godiva de modo rotundo lo ha 
demostrado — un poeta más que fuera á 
•sumarse á la reducida pléyade de los, en 



120 CHARLA 

la actualidad, triunfantes por sus recien- 
tes éxitos sobre la escena. Los versos del 
notable autor de Aire de fuera no tienen 
la sonoridad de los de Villaespesa ni las 
opulencias rítmicas de los de Marquina 
m el luminoso encanto de los de Valle 
Ynclán. Linares Rivas en Lady Godiva no 
deja, ni un momento, de ser el hombre de 
teatro — permítaseme el galicismo — que está 
más atento á la acción, al desarrollo de la 
acción, á la idea centro del asunto teatral, 
que á darle musicalidad, que á llenar de 
lirismo aquellas estrofas que han de decir 
cuantos en el drama intervienen. Pero si 
Linares Rivas no es en este sentido un 
poeta lo es, en cambio, sabiendo dominar 
los resortes de nuestro interés al ordenar 
una serie de episodios de manera que man- 
tengan suspensa la atención de los especta- 
dores. Y este ha sido, en verdad, el éxito 
alcanzado por Lady Godiva. El hábil modo 
de combinar la acción, de concertar los su- 
cesos que componen la acción, para que el 
ansia por saber el final del conflicto plan- 
teado vaya en aumento, es más importan- 
te en la obra de Linares Rivas, por ser lo 
que en ella intensamente domina, que lo 
que pueda actuar sobre nuestra sensibilidad, 
ó lo que nos pueda forzar á la meditación. 
Lo dicho bastará para comprender que Li- 
nares Rivas autor de comedias hace, coa 



LUCIANO DE TAXONERA 121 

facilidad, olvidar á Linares Rivas autor de 
los versos en que está compuesta Lady Go- 
iiva. No es esto decir que el insigne dra- 
maturgo no sea poeta. Me libraré, en ab- 
soluto, de negar esa cualidad, porque Li- 
nares Rivas lo tiene ya de sobra acredi- 
tado. Bástele á quien esto leyere, y para 
robustecer, á la vez, mi aserción, recordar 
algunas escenas de sus comedias, en las 
que campea una honda poesía, y si esto 
fuera poco remitiré, al que lo dude, á la 
lectura de El Caballero lobo — obra que 
bien se pudiera señalar como la precurso- 
ra de Lady Godiva. Lo que tiene es que 
Linares Rivas está más atento á extraer 
de la cantera de la vida hechos vinculados 
ci la realidad que esos otros hechos nutri- 
dos por jineteos imaginativos. Los psicó- 
logos de la fuerza ideológica y de la ca- 
tegoría mental del autor de la obra que se 
estudia sacan más provecho de sondar en 
la sentina de los instintos que de estudiar 
el contenido divino de la humanidad. 



Manuel Linares Rivas, poco después de 
su incursión por los campos de la poesía — 
incursión en la que, dicho sea de pasada, le 
acompañó el éxito — ha vuelto á hacer gala 
en una interesante comedia, de sus conocí- 



122 CHARLA 

mientos sociales, de su lucidez psicológica y, 
ante todo, de su verbo satírico. La nueva 
obra titúlase Doña Desdenes, y, según rezan 
los carteles, está escrita sobre el armazón de 
una obra húngara. A no declarar el ilustre 
comediógrafo, con estricta probidad, la filia- 
ción extranjera de Doña Desdenes, nadie, á 
buen seguro, la hubiese visto. Desde que se 
inicia la acción, el espectador se encuentra 
en un clima espiritual que le es común. 
Esta es, la de trasplantar el clima espiritual 
de una obra, la más grande dificultad con que 
tropiezan esos traductores y arregl adores al 
estilo del señor Melgarejo. Hace falta poseer 
el delicado gusto y la agilidad mental de- 
Linares Rivas para darse exacta cuenta de 
que el éxito de una comedia estriba, prin- 
cipalmente, en hacerla intimar, podándola 
de toda ramazón exótica, con nuestro medir 
social, con nuestra definición de la persona- 
lidad humana, con todo, en fin, lo que sea 
trasunto de nuestras pasiones. Manuel Li- 
nares Rivas, acostumbrado á sondar en la 
psicología de este pueblo, lo compredió así. 
Y atento á ello, purgó la obra de aquellos 
elementos vitales que nos habían de ser ex- 
traños.- ¿ Lo consiguió ? Ya he dicho que des- 
de que se inicia la acción, el espectador se 
encuentra con que todo lo que en el escena- 
rio sucede tiene una cierta secreta trabazón 
con nuestras más íntimas ideas. 



LUCIANO DE TAXONERA 123 

El ilustre escritor habrá conservado de 
la obra húngara el tronco, que no pertene- 
ce á nacionalidad alguna porque es huma- 
no. Todo lo demás que integra la comedia — 
el ambiente, los caracteres, las pasiones, en 
fin, cuanto define la personalidad humana- 
es resultado de los atisbos psicológicos, ó, 
mejor dicho, ha salido de la inventiva y de 
la experiencia del insigne dramaturgo. Por 
eso me ha parecido un exceso de honradez 
literaria — y digo exceso porque aquí estamos 
á ella completamente desacostumbrados — 
el que Linares Rivas declarase la estirpe 
exótica del asunto de su comedia. Repito 
««su» comedia y no «la» comedia, porque na- 
die puede negar, ni aun el crítico más exi- 
gente y descontentadizo, que todo aquello 
que tiene vitalidad en la obra es de la exclu- 
siva propiedad del ilustre escritor. Los per- 
sonajes que en el desarrollo de la acción de 
Doña Desdenes intervienen, viven y piensan 
á la española. ¿ Habrá alguien que se atreva 
á pedir una prueba más fehaciente de que 
la comedia no sólo no trasciende á exótico, 
sino que cuanto en ella sucede únicamente 
es debido á los sondajes psicológicos, á la 
sensibilidad artística y al fértil y elegante in- 
genio de Manuel Linares Rivas ? Creo que 
no. Si alguien por casualidad, hubiera, que 
desintiera de esta opinión habría necesidad 
de remitirlo al estudio de nuestra dramatur r 



124 CHARLA 

gia actual en relación con las comedias y 
los dramas que en estos años producen los 
demás países. ¿ Cuál de ellos no está escrito 
sobre un armazón ya conocido? En verdad, 
son contados. Ahora, que sus autores han 
creído conveniente callar la procedencia del 
asunto que ellos han desarrollado. Ya he di- 
cho que la probidad literaria del ilustre co- 
mediógrafo es rara. Otro autor cualquiera, 
de esos que se entretienen en su ratos de 
ocio ó en sus épocas de cesante, en corcusir 
comedias ó dramas, no hubiera de modo al- 
guno declarado la filiiación extraña de la 
obra de la que está extraído el tronco. Y si 
la crítica llega á descubrirlo, fiero, hubiese 
arremetido contra ella, diciendo que la la- 
bor de un crítico es únicamente la de reseñar 
cuanto en una comedia sucede. 

Todas las comedias de Linares Rivas se 
distinguen por la hábil manera con que los 
episodios se suceden. Al hacer algunos co- 
mentarios acerca de Lady Godiva lo dejo 
dicho Ahora lo vuelvo á repetir. Las obras 
de Galdós y dos ó tres de las de Benavente— 
Galdós, Benavente y Linares son, dicho sea 
al correr de la pluma, los tres únicos autores 
dramáticos que merecen tomarse en serio- — 
carecen de teatralidad. Sus autores han es- 
tado más atentos á descubrirnos las almas de 
los personajes que intervienen en el desarro- 
llo de la acción, que á la acción. Y por esta 



LUCIANO DE TAXONERA 125 

causa las escenas se suceden lánguidamente, 
perezosamente, sin interés, porque el interés 
radica de un modo exclusivo en apresurar 
todo cuanto sea posible, dentro de la lógica 
y de la marcha armónica que la obra debe 
tener, el desarrollo de los acontecimientos. 
Claro está que hay obras de los autores antes 
mencionados, que tienen un supremo interés 
en el diálogo. Las frases que las personas 
colocadas sobre la escena dicen, poseen un 
delicioso encanto para cautivar nuestra aten- 
ción sin que nuestra curiosidad vaya en bus- 
ca del desenlace. Pero para esto hay que 
tener una reciedumbre mental de la que ac- 
tualmente, entre nuestros dramaturgos, se 
dan contados casos. Los autores de co- 
medias ó de dramas tienen que sacudir la 
sensibilidad del espectador, utilizando para 
•ello obscenidades y audacias escatológicas ó, 
cuando no, actuando sobre el ánimo mos- 
trando al desnudo 3 el humano instinto, tal 
como brota del choque de las pasiones y del 
contraste de los sentimientos... Pero Linares 
Rivas no necesita acudir á estos recursos ni 
utilizar estos resortes. Le basta con su inge- 
nio satírico, que, además de ser de la más 
pura estirpe castellana, es vivo y acerado, 
para adueñarse en un instante de cuantos le 
escuchan. Prueba de ello es Doña Desdenes. 
Esta obra á estar desarrollada por otro es- 
critor sería insoportable, porque su arma- 



126 CHARLA 

zón es extraordinariamente endeble. Pero Li- 
nares Rivas ha sabido, haciendo un alarde 
de ingenio, construir sobre un argumento in- 
significante y pueril y primitivo una come- 
dia humana en la que los caracteres están 
de modo admirable definidos. Y esa ha sido 
la causa de decir que Manuel Linares Ri- 
vas ha escrito una obra que es de su exclu- 
siva propiedad. Sólo un exceso de honradez 
literaria pudo hacerle declarar la filiación 
no española de Doña Desdenes. Doy de 
ello fe.. . 



$3 



VIII 



EN DEFENSA DE ESPAÑA 



Caso á imítense 



Desde hace años — para fijar fecha, diré 
que desde que celebró la fiesta del cente- 
nario de su independencia — atentamente ob- 
servo el desarrollo que se está operando en 
cada uno de los diversos órdenes que inte- 
gran el conglomerado social de la Repú- 
blica Argentina. Primero, me suministra- 
ron noticias de la vida de la naciente na- 
ción buen número de artículos y de docu- 
mentados estudios, insertos en periódicos y 
revistas españolas y extranjeras. Luego, fui 
en busca de datos á los libros. Y debo de- 
cir que los hallé de modo sobrado. Entre 
los volúmenes que, últimamente, tuve á con-. 



128 CHARLA 

sulta merece citarse el de Julio Huret, ti- 
tulado De Buenos Aires al Gran Chaco. La 
vida de la Argentina, tal como es en la ac- 
tualidad, está retratada, con la misma fide- 
lidad que si fuera una fotografía, en las 
seiscientas páginas de que este notable li- 
bro se compone. Julio Huret — es deber el 
anotarlo — no es solamente un literato que 
se contente con dar la sensación de las co- 
sas de un modo externo. Alcanza á más, se- 
gún se deduce de cómo se muestra en sus 
escritos acerca de viajes.. Muchas veces el 
escritor se convierte en crítico social, y tie- 
ne para ello que ahondar en la entraña de 
lo que en un instante vieron sus ojos. Y 
después, de despaciosa manera va, con ayu- 
da de su privilegiada clarividencia y de su 
exacto sentido de la vida, haciendo historia 
detallada de los adelantos realizados y mi- 
diendo, además, los inconvenientes y las 
ventajas á qué señaladas mejoras ó á qué 
determinados atrasos pueden dar lugar, ha- 
ciendo más recias ó atrofiando — según los 
casos — las pujantes energías colectivas de 
lo que se examina. Huret no es un Blasco 
Ibáñez. Pero Julio Huret en este libro De 
Buenos Aires al Gran Chaco comete gra- 
ves faltas. Una de ellas es la de decir que 
lo único malo que en la actualidad existe 
en la capital de la República Argentina son 



LUCIANO DE TAXONERA 120 



los residuos de la época de la dominación 
española. ¿ Debe tomarse en serio esta afir- 
mación ? Creo rotundamente que no. Es 
cierto, por desgracia, que los españoles no 
realizamos en América una labor que pue- 
da servir de ejemplo á las edades venide- 
ras. La razón de ello á nadie que haya son- 
dado un poco en la sensibilidad castellana 
se le ha de ocultar. España, como todo pue- 
blo de raza grande, sabe conquistar llevan- 
do, allí donde se le antoje, su bandera por 
el brioso empuje de las armas. Pero, en 
cambio, es incapaz de colonizar. Las razas 
colonizadoras son, por lo general, las razas 
egoístas... 

En su libro habla Julio Huret de los ade- 
lantos de que en la actualidad goza Bue- 
nos Aires. Y al señalarlos menciona, en pri- 
mer término, á sus conciudadanos, luego á 
los alemanes, á los italianos, á los ingleses, 
para los que todo son alabanzas. En cambio 
parece muy interesado en detractar el re- 
cuerdo que pudieran haber dejado los espa- 
ñoles, diciendo — como más arriba anoto — 
que lo único censurable, en la ciudad que 
nace, es aquello que tiene huella de los años 
de la dominación de los que nos cobijamos 
bajo la gloriosa bandera roja y gualda. 
Esto no puede admitirse. Aunque hubiera 
yerros en los siglos pasados, hoy están ro- 

9 



130 CHARLA 

tundamente enmendados merced á la obra 
realizada por algunos preclaros hijos de 
esta noble tierra. Uno de estos es Manuel 
Castro López. 

Manuel Castro López vive atento á ele- 
var el nombre de España. La labor por él 
realizada durante estos últimos años en la 
Argentina es digna de la más alta conside- 
ración. Todos los españoles, y en especial 
los que hemos nacido en tierras de Gali- 
cia, le debemos á Castro López eterno agra- 
decimiento. Este ilustre escritor ha llevado 
á la capital de la República Argentina la 
voz honrada de los paisanos de Concepción 
Arenal, y, además, ha trabajado intensa- 
mente por dar su verdadero valor á lo que, 
debido á campañas tendenciosas, había 
caído en el descrédito.. Galicia le debe á 
Manuel Castro López el que sea conocida 
tal como es. Hasta que Castro López hÍ7< 
prevalecer la verdad acerca de la bella re- 
gión, cuyas costas bañan las aguas del Can- 
tábrico, teníase, en la Argentina, á Galicia 
como lo más despreciable de cuanto exis- 
tía en España. ¡ Cuan desdichada idea ! Ga- 
licia es una de las regiones más adelanta- 
das. Podríase en ciertas industrias compa- 
rarla á Cataluña, que marcha al frente — 
no es posible callarlo — del movimiento co- 
mercial de España. Todo cuanto significa 



LUCIANO DE TAXONERA 131 

energías productoras hoy se cuida, muy es- 
pecialmente, en Galicia... Los pueblos, aun- 
que tarde, se están dando cuenta que su ma- 
yor vitalidad radica en el desenvolvimiento 
que con sus medios propios puedan adqui- 
rir. El Estado de lenta manera se va des- 
entendiendo de los cuidados que antes les 
daba. Y es porque, á buen seguro, habrá 
pensado que los pueblos ya son, por las 
fuentes de vida que poseen, excesivamente 
maduros para que sobre ellos se ejerza cla- 
se alguna de tutela. 

Ya he dicho que la región galaica le 
debe á Manuel Castro López que se la con- 
sidere, en la Argentina, en su verdadero va- 
lor. Este conciudadano nuestro ha sido el 
que, merced á una constante labor, desde la 
revista y desde el libro, ha hecho que en- 
tre parte de los sudamericanos se eleve el 
nombre de esta tan menospreciada España. 
¿ Es merecedor el ilustre literato de que ve- 
nimos hablando de que la nación entera le 
esté agradecido ? Creo que sí. Ejemplos de 
este estilo acostumbran á ser contadísimos. 
Y es, sencillamente, porque nuestro instinto, 
que es ingénita ley impuesta á los humanos 
por fuerzas superiores, desconocidas, nos 
exige á nosotros, los hombres, estar más 
atentos al bien individual que al bien co- 
lectivo. El verdadero sacrificio — lo diré cía- 



132 CHARLA 

ro — es todo aquél que al hacerlo no busca 
se le muestre en una forma precisa el agra- 
decimiento. Y Manuel Castro López — no se 
hace necesario decirlo — es de lo que se sa- 
crifican, que realizan el bien, porque con 
ello satisfacen una nativa bondad de alma, 
no por anhelar recompensas ni desear se le 
dediquen frases laudatorias en periódicos y 
revistas, que, en verdad, sea dicho, para 
nada sirven ni á ningún fin práctico con- 
ducen... Debo á una notable escritora, 
oriunda de la Argentina, el conocer lo que 
vale Castro López. En su casa, abierta á 
todos los artistas, he leído con detenimiento 
algunos números del Eco de Galicia — perió- 
dico que bajo la acertada dirección de Cas- 
tro López publícase en Buenos Aires — y allí 
he hojeado, últimamente, con el cariño que 
me inspira cuanto se refiere á la región en 
que he nacido, el Almanaque gallego, ver- 
dadero libro, más bien verdadera antología 
de artistas que por vez primera vieran la 
luz en tierras bañadas por el Sil y el Miño. 
Estas dos publicaciones periódicas no nece- 
sitan para nada de mi elogio. Ellas por sí 
solas se recomiendan, debido á la bondad 
de su texto y á lo acabado de su confección. 
De ellas, sin embargo, debe decirse que han 
sido las dos únicas voces alzadas en Bue- 
nos Aires para dar una verdadera valora- 



LUCIANO DE TAXONERA 133 



ción á la Argentina, de Galicia. ¿ Lo han 
logrado? Me atrevería á asegurar que sí. 
Para esta rotunda afirmación be sondado en 
ciertos diarios bonaerenses. Y ya convenci- 
do, estampo aquí el nombre de Manuel Cas- 
tro López con el orgullo de dar á conocer 
un caso digno de ser imitado, hoy que 
existen tantos detractores de España, no de- 
biendo ser más que de los españoles. 



» 



IX 



DEL IDEAL AL INTERÉS 



Una nueva revista. 



Recientemente ha salido á la luz una nue- 
va revista. Titúlase esta publicación, que 
aparecerá con periodicidad de un mes, Pita- 
ros. Ya este nombre es un emblema. Pero 
no me detendré en el examen de las influen- 
cias que pueden haber ejercido determinados 
recuerdos históricos en el ánimo de sus fun- 
dadores. Básteme decir que al conjuro de 
ese mágico nombre, que evoca leyendas mí- 
ticas, hubo de nacer, á buen seguro, todo el 
programa que en lo venidero ha de desarro- 
llarse en esta recién salida revista denomi- 
nada Pharos... En el artículo de saluta- 
ción dicen sus inspiradores que Pharos no 



LUCIANO DE TAXONERA 135 

va á ser una revista más, sino una revista 
única, porque no fían el éxito de su empresa 
-en la explotación de malsanas curiosidades, 
¿i en la competencia imitadora de un buen 
negocio. En estas palabras — como fácil- 
mente se descubrirá — se encuentra, sintetiza- 
da, la línea de conducta que en lo futuro 
sus editores han de seguir. Además, con fra- 
ses que tienen el valor de una seria promesa 
hacen notar, al que leyere, que en lo suce- 
sivo dedicarán Pharos á la actualidad artís- 
tica — arte, se entiende, en sus diversas mani- 
festaciones — sin olvidar, por supuesto, el 
arte del pasado,el arte clásico, ese mara- 
villoso arte que ha sido para nosotros como 
la luz que nos alumbrara en este doloroso 
tránsito, que se llama vida... Esta línea de 
conducta, merecedora de calurosos elogios, 
que se proponen seguir la irán desarrollan- 
do en los números venideros. Como por es- 
tas declaraciones se verá, el propósito no 
puede ser más honrado ni más meritoria 
la iniciativa. 

En estos modernos tiempos es necesario 
poseer la enorme cantidad de entusiasmo 
que da la ardentía de la mocedad para lan- 
zar á la calle una revista ó un periódico 
que no esté lleno de obscenidades ó de au- 
dacias escatológicas con el insano objeto de 
sacudir el sexo del lector. En los últimos 
meses, y sucesivamente, han aparecido seis 



136 CHARLA 

ú ocho periodicuchos, cuyo nombre no es- 
tampo aquí, porque manchan. Todos ellos 
tienen el exclusivo objeto de alimentar el 
instinto más bajo del hombre. ¿ Qué decir 
de quienes los editan ? Esos señores — lo de- 
claro sin temor de clase alguna — me dan, 
sencillamente, asco. Además, con nada tra- 
tan de excusar su insano mercaderismo. AI 
contrario, se diría que hacen de él ejecutoria 
de sus apellidos, de esos apellidos que — debo 
decirlo al correr de la pluma — no se distin- 
guen por su nobleza de antaño ni de hogaño 
ni los que los ostentan les dan, con sus actos 
honorabilidad alguna, aunque hay un cierto 
sujeto que dice, contrayendo su cara con un 
gesto que haría las delicias de los moder- 
nos Alcibiades, que el apellido que su padre 
le legó tuvo su cuna en la batalla de las 
Navas... Estos individuos no son, en ver- 
dad, merecedores de un acre comento. En la 
labor que realizan no les guía, ni mucho me- 
nos, un instinto desmoralizador, sino, senci- 
llamente, un deseo de medro personal. Por 
esta razón su ruindad se escapa á una recia 
diatriba. En su haber no anotan actos que 
pudiéramos calificar de inmorales. Pero la 
amoralidad, es, á veces, mucho más perjudi- 
cial. Y la amoralidad, debe decirse, es (a 
que practican esos «amorales» sujetos, que 
no tienen inconveniente en envenenar una 
parte, por desgracia no escasa, de nuestra 



I 

LUCIANO DE TAXONERA 13? 



sociedad con tal de llenar su bolsillo... Pro- 
duce un hondo dolor, porque pone de relie- 
ve al nivel medio de cultura en la actuali- 
dad existente, el confesar que el público res- 
ponde con más entusiasmo á una de esas ho- 
jas impresas que producen el deseo ó, por 
lo menos, la satiriasis del deseo, que á una 
revista educativa que tenga por único ob- 
jeto el de que en nuestros espíritus dormidos, 
abotargados por la vulgaridad ambiente, 
entre á manera de aire saludable, el arte, el 
arte de nuestros escritores, de nuestros pin- 
tores, de nuestros escultores, en fin, la vida 
en su parte bella ó embellecida por la lu- 
minosa mentalidad de quienes supieron in- 
terpretarla, sin hacerla caer en esos bajos 
instintos del hombre, bajos instintos que los 
disculpa la razón fisiológica del sexo. Pero 
no es honrado, y me atrevería á decir que 
no es moral, el exaltar por medio de dibu- 
jos, de caricaturas, de cuentos ó de artícu- 
los la lubricidad humana. Dejo á las per- 
sonas de sana conciencia el que le apliquen 
los calificativos que merecen las personas 
que tal hacen. Además, debieran de estar 
atentos nuestros legisladores á la labor des- 
tructora, que, á la larga, tales propagandas 
pueden producir en la sociedad actual, y 
los sedimentos que éstas pueden legar á 
las venideras, para que, mediante una opor- 
tuna reforma del Código, se castigue esa 



138 CHARLA 

delincuencia que hoy goza de la más abso- 
luta impunidad. 

He hablado de los entusiasmos que son 
necesarios para consolidar una labor edito- 
rial periodística, cuando esta labor edito- 
rial periodística tiene el exclusivo objeto de 
aportar á la sociedad su contenido ideal. 
De estos entusiasmos han dado fehaciente 
prueba los señores Zavala y Verdugo y 
cuantos les acompañaron en su noble em- 
presa. Después de dejar en la casa ajena 
lo más florido de sus mocedades, se han 
sentido aún con ardentías suficientes para 
que á su solo impulso naciera la propia. Y, 
en verdad, Mundo Gráfico honra á quienes 
lo fundaron, sino estuvieran ya de sobra 
honrados por la labor realizada al frente 
de otra publicación similar — labor que ha 
servido para que se les augurase el éxito 
más completo, sin esperar siquiera á que la 
nueva revista saliera á la calle... 

Todos cuantos en la medida de sus esfuer- 
zos realizan una obra cultural, son acree- 
dores, por lo menos, á la recompensa del 
favor del público. Pero, por desgracia, en 
España no es así. El favor del público lo 
logran quienes satisfacen sus groseros ins- 
tintos. Pero lo verdaderamente extraño, ((en 
esta tierra de hidalgos», es que existen in- 
dividuos dispuestos á satisfacer esos gro- 
seros instintos á cambio de un puñado de 



LUCIANO DE TAXONERA 139 

pesetas. ¿ En qué situación se colocan ? La 
respuesta sería dura, durísima, y por eso 
prefiero callarla. 

En España es menester, como antes digo, 
que los que en la actualidad dirigen la cosa 
pública se preocupen de las fatales conse- 
cuencias que dentro de algunos años esta 
relajación de la honestidad puede tener. Si 
en Francia le hubieran puesto á la rela- 
jación de la moral, por medio de hábiles 
leyes, un valladar, no tendrían hoy que la- 
mentar, como lamentan todos los buenos 
franceses, el decrecimiento de su patria. En 
nuestra tierra, la ola crece, crece á medida 
que el impudor de la humanidad se despier- 
ta. Y es difícil predecir en qué límites se 
detendrá. 



¡£ 



Don Marcelino Menéndez y Pelayo. 



Para darle una exacta valoración á la ro- 
tunda labor llevada á cabo por don Marceli- 
no Menéndez y Pelayo se haría necesario do- 
tar á nuestro diccionario de vocablos de los 
que carece en el momento actual. Don Mar- 
celino Menéndez y Pelayo es un caso único 
en la historia de la literatura de una nación. 
Diríase, sin temor á exagerar, que al conju- 
ro de su mágica plun a ha revivido un mun- 
do de escritores que habían caído en el se- 
pulcro del olvido. En sus libros, que son 
maravilla de sagacidad crítica de artístico 
estilo, de robusta ideología, de exacta docu- 
mentación, se encuentran además de las 
iualidades mencionadas otras que, por lo 
raras, son muy dignas de tenerse en consi- 
deración. Una de ellas es un honrado deseo, 
que en todas sus producciones se observa, 
de restablecer á su verdadero clima inteleo 



LUCIANO DE TAXONERA 141 

tual escritores que vivieron en otras centu- 
rias, y para los que, en el presente momen- 
to, se tenía esa estúpida indiferencia que 
nace al calor de la ignorancia. Otra de sus 
extraordinarias cualidades es la de su ecua- 
nimidad perfecta — claro está que era nece- 
sario que ambas coexistieran — de la que da 
prueba fehaciente en ese maravilloso libro, 
al que hay que calificar de ponderación en 
esa clase de estudios, que se titula Historia 
de los heterodoxos españoles. ¿ Puédese en- 
contrar algo más acabado ? No. Rotundamen- 
te se ha de decir, sin temor á contradicción 
de clase alguna, que no... La primera noticia 
que se tuvo en España acerca de las doctri- 
nas heterodoxas se deben al catalán Girves. 
Luego vino el Padre Maceda y los conoci- 
mientos de ellas, considerablemente se au- 
mentaron. Al padre Maceda siguió Walchio, 
de origen alemán y que se preocupaba, de 
modo extraordinario, por todo lo concernien- 
te á España, que escribió la historia del 
Adopcionismo. Pero estas monografías sólo 
son conocidas, en la Península, de las per- 
sonas cultas que se han dedicado á esta clase 
de trabajo, ó este orden de investigaciones. 
La mayoría de los españoles ilustrados ig- 
noraban cuanto á nuestra heterodoxia se re- 
lacionaba antes de aparecer el estupendo 
libro de Menéndez y Pelayo. En él, y de 
manera maestra, se discurre de ciertos he- 



142 CHARLA 

rejes, de ciertos alumbrados, de ciertos moli- 
nosistas, de cuantos, en fin, no comulgaron 
en el cristianismo que es nuestro rito orto- 
doxo. Las páginas dedicadas á Claudio de 
Turín, á Arnaldo de Villanova á Pedro de 
Osma, son, sencillamente, admirables. To- 
das ellas se pueden reputar como modelos 
no sólo de erudición, sino también de com- 
prensividad. D. Marcelino Menéndez y Pela- 
yo es uno de los cerebros más comprensivos 
de España. Atestigua este aserto su Historia 
de las ideas estéticas. ¡ Qué libro más lleno 
de doctrina ! Es tanta la savia que posee, que 
el investigador de nuestros días no tiene más 
remedio que recurrir á él para que le señale 
el camino que ha de emprender en sus estu- 
dios. ¿ Habrá alguien que se atreva á negar 
que la Historia de las ideas estéticas es la 
muestra más elocuente de una luminosa men- 
talidad ? Yo, sinceramente, creo que no. En 
cada uno de sus tomos está condensado toda 
una época literaria, mejor dicho, una época 
artística, pues en muchas ocasiones de la li- 
teratura desciende á la vida, que es arte, se- 
gún dijo Voltaire. ..Al contemplar la copio- 
sa obra de don Marcelino Menéndez y Pelayo 
mi asombro crece, crece sin medida. Ambas 
obras citadas son completas. Tiene — clare 
está — la Historia de los heterodoxos espa- 
ñoles, sus límites de tiempo y de lugar — en 
la Historia de las ideas estéticas en Es-pava 



LUCIANO DE TAXONERA 143 

sigue el desarrollo del plan del mismo modo. 
Empieza dicha historia en los orígenes de 
nuestra Iglesia, en los tiempos de las pre- 
dicaciones de «El hijo del trueno» que era 
como hacíase llamar al Apóstol Santiago, 
y acaba con la última doctrina ó propagan- 
da herética que en esta noble tierra divulgá- 
base en el punto y hora que se cerraba el últi- 
mo volumen... He dicho noble tierra y debie- 
ra, en cambio decir, santa tierra, porque en 
ella jamás fructificó la mala semilla. En ella 
tuvo inevitable muerte toda doctrina repug- 
nante al principio de nuestra cultura, á la 
mica salis qué yace en el fondo de nuestras 
instituciones y de nuestras creencias. El 
cristianismo está fuertemente arraigado en 
nuestro sentimiento. Es de todo punto difí- 
cil que de él desaparezca. Puede el vendaval 
desolador de una propaganda heretical de- 
bilitarlo. Pero es, en cambio, casi imposible- 
que consiga hacerlo morir. Aun en el más ex- 
traño á las doctrinas católicas hay un sedi- 
mento cristiano que permanece latente dis- 
puesto á exteriorizarse en cualquier momen- 
to difícil de la vida.¡ El cristianismo ! ¿ Hay 
entre todas las doctrinas conocidas, alguna 
de más recia savia ? El cristianismo nos nu- 
tre espiritualmente, moralmente, me atreve- 
ría á decir que materialmente. La idea cuer- 
po de sistema es humana. Y en esto radi- 
ca su aceptación y, es más, su maravillo- 



144 CHARLA 

sa difusión. ..En la Historia de las ideas es- 
téticas en España se encuentra en síntesis 
toda el alma española, todo el espíritu de la 
raza. No es sólo una obra de investigación 
crítica. Alcanza á más. Es, á mi entender, la 
historia de toda nuestra vida, porque la lite- 
ratura en aquellos siglos, más que la de los 
actuales, no era sino el fiel reflejo de la exis- 
tencia. 

De ambas obras de don Marcelino Menén- 
dez y Pelayo se podrían decir muchas y muy 
interesantes cosas. Pero no es mi propósito, 
ni en modo alguno puedo hacerlo, comentar 
la labor realizada por este eximio escritor.' 
Deseo, sólo, recordarla ahora que por algu- 
nos intelectuales ha sido pedido se le otorgue 
el premio Nobel. No hay nadie en España 
que sea á él más merecedor. Ni aun don Be- 
nito Pérez Galdós puede competir, en valía, 
con el ilustre autor de la Historia de los he- 
terodoxos españoles. Galdós es un imaginati- 
vo que no le ha bastado describir las cosas, 
sino que ha tenido necesidad de estudiar el 
fondo de las cosas. Menéndez Pelayo es, en 
cambio, un cerebral. ¿ Qué mentalidad tiene 
más valor ? Creo que la segunda. Es necesa- 
rio más capacidad para reconstruir vidas 
desaparecidas, como hace Menéndez Pela- 
yo, que para sondar en la sentina de los 
instintos, como acostumbra á hacer Péreí 
Galdós. Además, Galdós ha sido inficcionado 



LUCIANO DE TAXONERA 145 

por el virus de la política, y sabido es que 
el virus de la política atrofia las mejor con- 
formadas inteligencias. Por esa razón creo 
que sería un absurdo que el premio Nobel, 
caso de otorgársele á un español, le fuera 
concedido á Pérez Galdós y no á Menéndez 
y Pelayo. D. Marcelino Menéndez y Pelayo 
es un caso único — ya lo he dicho — en la his- 
toria de la literatura de una nación. En cam- 
bio, hombres del haber mental de Pérez Gal- 
dós, si no hay muchos, existen algunos. Doña 
Emilia Pardo Bazán, ¿ no le va á la zaga ? 
Me atrevería á decir que le supera, porque 
es una escritora más completa que el autor 
de Fortunata y Jacinta. Don Benito Pérez 
Galdós no es un intelectual, en la más clá- 
sica acepción que la palabra tiene por su 
estirpe latina. Casi todos sus libros — y conste 
que en conjunto califico su labor de cicló- 
pea — adolecen de defectos que, á buen segu- 
ro, sabría subsanar un principiante. Cierto 
que én ellos ha retratado el ambiente y las 
costumbres de España, pero por ello no es 
Galdós una de las más altas representaciones 
nacionales. Lo que Pérez Galdós representa 
como artista literario y lo que su obra supo- 
ne en la vida espiritual española, es verda- 
deramente asombroso. ¿ Pero no existen otros 
escritores de su mismo clima mental ? Repito 
que aun escribe con magistral lozanía y en- 
jundia doña Emilia Pardo Bazán. En su vas- 

10 



146 CHARLA 

ta obra se encuentra novela, teatro, crítica, 
historia, poesía — verdadera poesía. A todo, 
su poderosa mentalidad lo viste con las ga- 
las de su estilo claro, sobrio, sencillo. Lo que 
Galdós representa como literato y como psi- 
cólogo lo puede representar la Pardo Bazán. 
¿ Pero qué escritor ha realizado la obra, la 
fecunda obra — que además es nacional iza- 
dora y patriótica — de D. Marcelino Menén- 
dez y Pelayo ? Ya al comienzo dije que el 
caso de este ilustre escritor, era un caso úni- 
co en la historia de la literatura de una na- 
ción. x 

Don Marcelino Menéndez y Pelayo ha uni- 
do en su vasta obra todos los elementos de 
la España literaria pasada. Nada, en ella se 
le ha escapado. Y es más, cuando un escritor 
de nuestra edad clásica, necesitó salir del 
olvido en que yacía, como aconteció con Bos- 
cán, tuvo la pluma de nuestro gran polígra- 
fo, que le restituyó á la vida, á la vida espi- 
ritual, que es la vida perdurable. Cuantos de- 
seen conocer nuestro pasado — en cualquiera 
de los diversos órdenes literarios que en él 
han vivido — no tienen otro remedio que es- 
tudiar á Menéndez y Pelayo. En él todo se ha 
fusionado, todo se ha unificado. A través de 
un solo cerebro se encuentra, hecho cohesión, 
y bloque, todo el ambiente literario de esos 
gloriosos días, ya muertos. Alguien ha dicho 
que la obra de Pérez Galdós se complemen- 



LUCIANO DE TAXONERA 147 

ta, armónicamente, con la del insigne erudi- 
to. Para afirmarlo ó negarlo sería necesario 
un detenido, un prolijo estudio. Creo que la 
labor llevada á cabo por Menéndez y Pelayo 
en ningún orden necesita de complemento. 
Ella sola vive, y vive con una aureola de 
gloria de la que no es posible, en modo algu- 
no, desposeerla por los años de los años. 



* 



XI 



POR LAS BIBLIOTECAS 



Apropósito de un raro manuscrito. 



Hace algún tiempo cayó en mis manos, 
de un modo extraño y por una de esas 
raras casualidades, primorasamente traduci- 
do al castellano, un manuscrito, si no muy 
antiguo, lo bastante para alterar la mo- 
derna ortografía, que contenía cuarenta y 
dos cuentos de Partenio de Nicea, que se 
dice fué amigo de Virgilio é íntimo amigo 
de Cornelio Galo, á quien dedicó una de 
las pocas obras suyas que han llegado has- 
ta nosotros. Partenio de Nicea y Coron — de 
quien sabemos por citarle Focio en su sabia 
obra titulada Biblioteca — fueron los dos 
primeros escritores griegos que. dieron á la 



LUCIANO DE TAXONERA 149 

publicidad cortas narraciones fabulosas 6 
novelescas, algunas de ellas inventadas ó 
semi-inventadas, otras halladas, transmi- 
gradas más bien, de asuntos mitológicos, 
falseadas á capricho por el autor y compi- 
lador, y, las más, extractadas de obras de 
antiguos autores, y reunidas — según dice 
el mismo Focio — con el solo intento de fa- 
cilitar materiales á las composiciones épi- 
cas y elegiacas de Galo. 

Partenio de Nicea, autor de unas Meta- 
morfosis, que acaso inspiraron las de Ovi- 
dio, un gran poeta, un prosador lozano, un' 
profundo filósofo y, además — cualidad por 
1 j excelente envidiable — un serio y habilí- 
simo escrutador y comentarista de los pe- 
queños hechos, de las nimias vulgaridades 
que, necesariamente, tejen la complicada 
urdimbre de la vida, cuenta en tres pági- 
nas de ese raro manuscrito, que paseando 
al declinar de una tarde, de celestial mag- 
nificencia por los predios cercanos al mar é 
inmediatos al Agora, encontró discutiendo, 
de manera desapoderada, á dos jóvenes, al 
parecer griegos de Bronkhion, con un re- 
mero cuyo cuerpo, lleno de cicatrices, tos- 
tado por el sol de las diferentes latitudes, 
apenas lo cubría parduzco sayal. Estaban 
los discutidores rodeados de un centenar 
de personas, que mofábanse de ellos con 
ademán grosero. Los tres, mutuamente, se 



150 CHARLA 

reprochaban como atacados de repentina 
locura. Cada uno quería conquistar la ra- 
zón que le correspondía, quitándosela á los 
otros dos. Estos, al protestar, con gesto ai- 
rado, descompuesto, inadecuado, dada la 
anómala situación en que se hallaban, sin 
darse cuenta iban afirmando lo que el pri- 
mero decía. El que los inculpaba, infirién- 
doles aquella ofensa, al robustecer sus fra- 
ses para atenuar lo dicho por los inculpa- 
dos, tenía el aspecto de un demente. Pero 
cuando ya nadie se entendía y era mayor el 
regocijo de los que escuchaban y más inar- 
ticulados los gritos y más prolongadas é 
intensas las carcajadas, acertó á pasar uno 
de los quinientos jueces que, según cuenta 
la historia, formaban el célebre y altísimo 
tribunal del Areópago. Llegóse al grupo, 
cada vez más numeroso, y á uno de los que 
lo formaban le preguntó qué era lo que ha- 
bía ocurrido. El marinero le contestó, hu- 
mildemente, diciéndole que aquellos dos 
hombres, con quienes estaba discutiendo, 
eran dos locos de atar. Los que así vieron 
injuriadas sus facultades mentales, protesta- 
ron con ademán airado, y ni aun por estar 
delante del severo areopagista dejaron de 
golpear duramente, reciamente, al remero... 
La verdad del caso era que tres hombres 
fueron al Pireo y fletaron una barca ; bo- 
garon, fuera de la rada, durante varias ho- 



LUCIANO DE TAXONERA 151 

ras ; cuando el sol ya abatíase en el mar 
entre tonos de incendio, uno de ellos des- 
embarcó en el Munido, recomendándole 
ai remero la más estrecha vigilancia para 
aquellos dos hombres que en la barca que- 
daban ; ninguno de los dos, al decir del 
que había desembarcado, alcanzaba su per- 
fecto equilibrio mental. Eran, ambos, filó- 
sofos que iban discutiendo transcendentalísi- 
mas cuestiones ; más que dialogar, mono- 
logaban, como respondiendo á una inquie- 
tud, á un ritmo de pensamientos interiores. 
Aunque los signos que al exterior se veían 
les acusaban de manera fehaciente, no eran 
dos locos, como el que desembarcó dijo, si- 
no víctimas de una cruel mixtificación. El 
remero, ignorante ie estos detalles y te- 
miendo por su vid i los volvió á conducir 
<ie nuevo al Pireo ; pero indignándose los 
supuestos dementes por la pronta vuelta, 
sin que ellos lo ordenasen y contra su volun- 
tad ; se negaron á pagarle los dracmas ó los 
sueldos convenidos. A partir de esto sur- 
gió la disputa. ((Ved cómo el capricho de 
un solo hombre, por arcanos de la suerte, 
puede, tan decisivamente influir en la vida 
de los demás» — dice el primer cuentista que 
ha habido sobre la tierra. 

Y este bello cuento ó sucedido, que sinté- 
ticamente transcribo, narrado por Partenio 
>de Nicea, sírveme de pretexto para dar á 



152 CHARLA 

conocer una teoría que me es muy querida 
y que, hace años, nació de lecturas, que por 
aquel entonces ocupaban mi atención. 

Todos somos locos y todos somos sabios. 
La sabiduría y la locura tienen grados, co- 
mo la temperatura y los ángulos. Es fre- 
cuente, en hombres inteligentes, de gran ta- 
lento y cultura, dejarse llevar, sirviendo de 
pretexto un nimio detalle, por la corriente 
de vulgaridad que lleva en sí un instinto de 
demencia. La exaltación, la distracción, la 
falsa interpretación de un hecho, la nega- 
ción absoluta de una sola de las ideas im- 
puestas por las generaciones pasadas y que 
regulan el vivir social de un pueblo, no son 
más que manifestaciones de locura en pe- 
queñas dosis. Creo, y lo creo firmemente, 
sin estar sujeto á errores de bulto, que no 
existen cerebros en perfecto estado de equi- 
librio, como casi atreveríame á asegurar 
que no todos los locos tienen en completa 
perturbación sus facultades mentales, sino 
que algunos de ellos, la mayoría, son vícti- 
mas del medio, naturalezas desmedradas y 
pobres, casi exhaustas de savia vital, y, por 
lo tanto, mucho más propicias que otras á 
inquietudes interiores, ó inadaptadas por 
exaltaciones, por exceso de vida, de la me- 
diocridad, de la ruindad ambiente. A menu- 
do he notado que se tiene por enajenados á 
quienes por excepción aventuraron verdades 



LUCIANO DE TAXONERA 153 

palmarias, son iniciadores de un moderno 
sistema filosófico que niegue los pasados, 
por vetustos, mandados retirar ó, simple- 
mente reformadores de una doctrina. Cal- 
vino y Lutero de locos fueion motejados, no 
solamente por el vulgo, sino también por 
los nobles. Como grandes dementes, no sien- 
do más que inadaptados en aquellas épocas, 
por predicar doctrinas contrarias á la ca- 
tólica establecida conocemos á Elipondo y 
Félix, á Hostegesis, á Fray Tomás Scoto y 
á otros... Para que un hombre fuese absolu- 
tamente razonable hacía falta que nunca hu- 
biese tenido un olvido ni un rasgo de ori- 
ginalidad, ni un pequeño destello de inge- 
nio. Y entonces podríamos determinar, de 
un modo rotundo, qué era aquel hombre, 
qué le hacía falta, con qué fin creábase un 
medio para poder subsistir en la vida. Du- 
rante siglos enteros, los locos, razonables 
hasta un límite, fueron mirados como hom- 
bres privilegiados, por creer el vulgo que 
hablaban con los dioses ; á ellos acudían las 
muchedumbres en busca de alivio para sus 
dolores y para sus miserias ; á ellos, tam- 
bién, arrimábanse los reyes, en casos difíci- 
les, demandándoles consejos y sabias fór- 
mulas para remediar los conflictos que en 
sus Estados tenían pendientes. Esos locos 
ó esos sabios que, por regla general, salían 
de entre el pueblo para encumbrarse por el 



154 CHARLA 

favor real, eran justicieros ; poseían una de 
las cualidades más difíciles de encontrar en 
las edades actuales — la franqueza de espíritu. 
Sabían, como nadie, conformar la concien- 
cia de los reyes, y sus cerebros, sanos ó en- 
fermos, de locos ó de sabios, pletóricos de 
vida ó exhaustos de ideas, eran el cerebro 
del reinado... Y aquéllos que sacrificaron 
sus vidas por sus ideas, ¿ fueron locos ó 
fueron sabios ? ¡ Qué difícil es clasificar en 
el mundo los que encubren su locura con la 
seudo sabiduría, y los que las gentes creen 
locos y no son sino sabios ! Dejemos al buen 
vulgo, al hermano vulgo, esa labor clasifi- 
cadora. Los hombres no debemos tener más 
jueces ni más testigos de nuestras acciones 
que nosotros mismos. Rabelais cuenta la 
historia de un hombre que vendía su sabor 
á la puerta de una rotisserie. ¿ Este era un 
loco ? Diógenes, célebre por haber vivido 
toda su vida dentro de un tonel y brillado 
su linterna en pleno día, erraba, cubierto de 
harapos, buscando un solo hombre. ¿ Este 
era un sabio ?... 



* 



XII 

TÓPICOS DEL DÍA 



Los autores de versos. 



Entre los dolores morales vive ese cruel, 
cruelísimo, de la desilusión. Todos, á buen 
seguro, habréis de él sufrido en algún dado 
instante de este amargo tránsito de la exis- 
tencia. A nadie le hace la merced de no 
molestarle. Los que, por rara casualidad, 
remontaron los años de la adolescencia y 
llegaron á doblar los de la mocedad sin 
darse exacta cuenta de lo que, para íines 
ulteriores, puede significar el asistir á la 
muerte de sus más acariciadas ilusiones, 
no finalizan sus días sin que los hiera, de 
modo certero, la taladrante pena de ver 
venirse á tierra lo que á costa de no se sa- 



156 CHARLA 

be qué sacrificios, colocaron en el cielo... 
En la literatura es en donde, con desusada 
frecuencia, se da este triste caso. Los es- 
critores son los hombres que, en el correr 
de la vida, más ilusiones se forjan. Ello, 
casi es natural, debido á lo extraordina- 
riamente desarrolladas que tienen sus do- 
tes mentales y sus cualidades imaginativas. 
Claro está que tales sujetos no vinculan 
sus ideas en la realidad. Por esa causa, 
tras una desilusión viene otra desilusión, 
hasta que un hecho cualquiera, el más ni- 
mio, el más sin importancia, concluye, de 
una vez y para siempre, de deshacer sus 
ya decaídos entusiasmos. Enumerar las 
ilusiones que en sus mentes, propicias á 
todo lo insólito, se forjan, sería tarea har- 
to prolija, de nunca acabar. Una de ellas, 
tal vez la más extendida, es la de creerse, 
como personas, á la altura de su obra. Y 
esto es, sencillamente, absurdo. Pocos es- 
critores merecen ser los autores de sus li- 
bros, del peor de sus libros. A fin de ro- 
bustecer este aserto, remitiré al lector á 
que estudie detenidamente ese intenso dra- 
ma que se llama la Figlia di Joño y, luego, 
sondee en la sentina de los instintos de 
D,Annunzio. ¿ Hay, entre uno y otro, pari- 
dad ? No. En su obra se muestra el hom- 
bre elevado á una región casi divina. En 
la vida, en cambio, el hombre desciende de 



LUCIANO DE TAXONERA 157 

su cualidad de hombre, es decir, se coloca 
en el mismo clima en que habita el señor 
Martínez Yagües ó en el que se halla ins- 
talado el señor Herrera, dos individuos pa- 
ra los que el ridículo es su estado habitual. 
Pero no he de hablar de los literatos, sino 
de los poetas, mejor dicho, de los autores 
de versos, que es como se les debe llamar, 
ya que con la palabra «poeta», por exten- 
sión, no sólo se califica al que compone ri- 
mas, sino á todo aquel que en sus produc- 
ciones muestra este humano existir quin- 
taesenciado y con la belleza que le pres- 
ten unas palabras escogidas y armoniosas... 
Y viniendo á término de este discurrir, di- 
ré que un poeta no es un hombre que hace 
versos y que un hombre que hace versos 
no es, aunque en ello se empeñe, un poeta. 
Creo que el verdadero poeta — he de ra- 
zonar haciendo la conveniente separación 
entre la literatura y la vida, aunque, según 
dice Max Nordau y en cuya idea no puedo 
menos de abundar, ésta y la otra se influ- 
yen, en todo momento, recíprocamente — 
tiene absoluta necesidad de extraer el ma- 
terial para sus obras de entre cuanto solo 
es una abstracción, es decir, de entre los 
motivos líricos y elegiacos latentes en los 
seres, que en verdad, no son más que ideas 
nacidas al calor de una emoción y que de 
modo alguno se han podido vincular en la 



158 



CHARLA 



realidad. Todo lo demás es, para los que 
con derecho ocupan las cimas del Pindó, 
inadecuada labor. Esto á nadie se le oculta. 
Además el autor de rimas no debe caer en 
la mediocridad de esta vida, porque en la 
mediocridad de esta vida sólo conseguirá 
que sus alas se manchen. El poeta, el ver- 
dadero poeta cuyas estrofas respondan á 
una modalidad de su sensibilidad literaria, 
no al deseo, más ó menos elogiable, de ha- 
cer ver, de manera métrica, su entusiasmo 6 
su dolor, ha de mantenerse alejado de cier- 
tas luchas en las que sólo hablan los ins- 
tintos y se muestran las pasiones en toda 
su grosera desnudez. El caso de Juan R. 
Jiménez debiera ser imitado. Juan R. Ji- 
ménez no vive en Madrid. Esto le salva 
de verse obligado, debido á las circuns- 
tancias, á tener que dialogar en un dado 
instante con ese señor Cortés, secretario de 
redacción de un periódico gráfico cuyos foto- 
grabados son maravilla de claridad y lim- 
pidez, que dista mucho de hacerle honor á 
su apellido, á causa de lo burdo de su edu- 
cación, ó de tener que soportar á «intelec- 
tuales» del dudoso contexto moral de Ricar- 
do Baeza... La sensibilidad literaria de un 
poeta es diametralmente opuesta á la de 
cualquier otro escritor. El poeta — repito que 
hablo del verdadero poeta, no del autor, 
más ó menos discreto, de versos, más ó me- 



LUCIANO DE TAXONERA 159 

nos recomendables — ha de dejar oir, sin que 
la altere siquiera en lo mínimo, la voz de su 
canto interior, la voz regocijada ó melan- 
cólica de sus ilusiones y de sus tristezas... 
A buen seguro que el productor de rimas 
al estilo de Diego San José, esa especie de 
hombre que con sólo su presencia robuste- 
ce la teoría de Darwín, ha de encontrar ar- 
bitraria la definición del verdadero poeta. 
A mí tampoco se me oculta que hay algún 
caso, como el de Skakespeare, del que aquí 
debo hablar aunque no sea más que muy 
de pasada. En Skakespeare coexiste el poe- 
ta con el psicólogo, el hombre que himna la 
vida con el que trata de hacer la disección 
de la humanidad ; Skakespeare, como ha 
dicho Loti — conste que la cita se la debo 
á Emilio Vedel, que con Loti tradujo al 
francés algunas de las obras del coloso — 
es el ser privilegiado que puede desde las 
nubes bajar á la tierra sin que en ella se en- 
sucie. Pero para esto se necesita reinar en 
el clima espiritual en que reina Skakespea- 
re, clima, como fácilmente se descubrirá, 
que le está vedado á la mayoría de los que 
aspiran á que se les conceptúe como dig- 
nos de figurar en el Parnaso español. Cla- 
ro está que no trato de enfrentar al mágico 
autor de las más bellas obras conocidas con 
cualquiera de nuestros vulgares rimadores 



160 CHARLA 

cuyas producciones nada valen ni nada, tam- 
poco, representan por su total carencia de 
valor. El pretenderlo, sólo, sería absurdo 
Trato, sí, de hacer ver, con lo expuesto, 
que el poeta no se improvisa por el capricho 
de un día aunque el que lo quiera ser se 
encuentre en un dado instante con que en 
el fondo de su sensibilidad hay un buen 
caudal de dolores y de desengaños que bus- 
can una salida... A veces, en un artista li- 
terario del mecanismo íntimo de un poeta, 
se encuentran junto á lo creado por su po- 
derosa imaginación, observaciones, atisbos 
de psicólogo. Pero esto es raro, rarísimo, 
entre los poetas de la actual generación 
que sólo viven atentos á dotar de musi- 
calidad á sus rimas. Podríase, sin embargo, 
citar como excepciones de la regla á Eduar- 
do Marquina, á Ramón del Valle Inclán... 
¿ A quién más ? Creo, sinceramente, que es- 
tos dos son los únicos poetas que en esta 
tierra hay. No se me oculta que existe otro 
que va á la zaga de los citados, aunque de 
ellos, sobre todo en la contextura interna, 
es decir en el contenido ideal, difiere bas- 
tante. Hablo de Francisco Villaespesa. 
Francisco Villaespesa, tiene más parentesco 
espiritual con Salvador Rueda que con don 
Ramón Campoamor. Más claro lo diré. Sus 
versos tienen más forma que fondo, más 
piel que medula. Con esto no trato de des- 



LUCIANO DE TAXONERA 161 

preciar, ni mucho menos, á los autores de 
versos rotundos, sonoros — á la manera de 
Salvador Rueda— trato, sólo, de hacer ver 
que se acercan más á las regiones sublimes, 
ultrateluricas, que es donde espiritualmente 
deben de reinar los verdaderos poetas, aque- 
llos que, en sus estrofas, hacen la disec- 
ción de nuestras pasiones, asociando lo que 
e.a ellas hay de divino y de humano. 

Antes he dicho que el poeta, en la más 
pura acepción de la palabra, ha menes- 
ter de vivir en un clima de absoluta salu- 
bridad, — salubridad se entiende, en el sen- 
tido espiritual — para no sufrir las mordedu- 
ras de los morbos pasionales. El que esto 
haga se verá libre de que de su cerebro 
se adueñen ciertas ideas, que para todos son 
rotundamente perniciosas. Y los sentimien- 
tos, tamizados por la poesía, por la ver- 
dadera poesía, esa poseía que no gusta de 
malolientes bohemias á lo Mürger, sin sa- 
ber que Mürger fué un buen vividor — per- 
dón por el galicismo — triunfaran en todo y 
en todos... Lo que tiene que nuestros poe- 
tas, es decir nuestros autores de versos vi- 
ven á ras de tierra sin que en ningún mo- 
mento procuren elevarse, no á las nubes si 
no por encima de sus pasiones, que son, 
por cierto, bien bajas y ruines. 

He hablado de que entre los dolores mora- 
les vive ese cruel, cruelísimo, de la desilu- 

11 



162 CHARLA 

sión. Nada más cierto. Es este un dolor, á 
veces tan intenso, que en determinados seres, 
sobre todo en esos de un contexto espiritual 
abiertamente romántico, toma, por lo común, 
caracteres de verdadera enfermedad. Para 
robustecer esto que expongo, no tendría más 
que recordar ciertos hechos acaecidos en 
nada lejanos días. Me absuelve de hacerlo la 
idea de que si esos hechos á que me refiero, 
por estar tan cercanos, no son aún patrimo- 
nio del olvido, deben, pues, de permanecer 
en la memoria de quien esto leyere... El do- 
lor de las desilusiones habidas durante los 
años de la mocedad queda, en los hombres, 
latente para mientras dura la vida, como 
queda para siempre en el rostro, cuando de 
niño se ha llorado mucho, huella de lágri- 
mas. A decir verdad, de muchas, de la ma- 
yor parte de las desilusiones, tienen, exclusi- 
vamente los seres humanos, la culpa. ¿ Quién 
les manda forjárselas basadas en cosas que 
no se asientan sobre la recia armazón de la 
realidad ? El no darles un estable sostén, 
aunque estén tejidas con los hilos de los sue- 
ños, dificulta el que resistan los huracanes 
que, á veces, se desencadenan en la vida, hu- 
racanes que si van á compás de nuestras pa- 
siones arrastran cuanto encuentran á su paso. 
Debido á causas de esta ó similar índole, 
inmenso número de existencias hállanse trun- 
cadas, inmenso número de seres humanos 



LUCIANO DE TAXONERA 163 

siente que no son más que unos muertos en 
vida. ¡ Qué gran dolor éste de no vivir la vi- 
da porque la muerte se ha enseñoreado de los 
cuerpos antes de que éstos caigan en la tum- 
ba ! Y, sin embargo, creo que esos seres son 
felices á su modo, es decir, son felices sin- 
tiendo que de ellos, en este mundo, sólo vive 
el recuerdo de lo que un día fueron ó de lo 
que un día representaron... De que estas 
existencias se deshagan á nadie, en particu- 
lar, cabe echarle la culpa aunque todos, en 
general, la tienen debido, más que á nada, á 
un instinto de conservación ambiente. La so- 
ciedad es mala — no es gratuito ni mucho me- 
nos el calificativo — la sociedad es mala por- 
que se complace en marchitar, cuando no en 
segar de raiz, esa risueña flor de la ilusión, 
que es la risueña flor de la que casi siempre 
nace la esperanza... Y de flores marchitadas, 
segadas, los escritores de todas las edades 
saben mucho. ¿ Quién de ellos no las ha vis- 
to caer con el tronco roto en los comienzos 
de la agria cuesta que han de subir antes de 
llegar á la notoriedad ? A decir verdad, con- 
tados son los seres que se han sentido libres 
de los sufrimientos que causan estas diáte- 
sis morbosas de la desilusión. Las desilusio- 
nes motivan, casi siempre, que de los rostros 
desaparezca la risa, que es uno de los encan- 
tos por el que los humanos, según todos los 
tratadistas de Historia Natural, se diferen- 



164 CHARLA 

cian de los irracionales. Pero estas desilusio- 
nes que tal causan son las desilusiones que 
pueden entrañar modificaciones en el meca- 
nismo íntimo de los seres. Hay también, des- 
ilusiones, que podrían calificarse de segunda 
y de tercera categoría. 

Entre estas desilusiones de segunda, y aun 
de tercera categoría, vive esa que el buen 
vulgo, la muchedumbre municipal y espesa, 
según dice ese m~ otro de poetas que se lla- 
ma Rubén Darío, se forja con respecto á los 
escritores. Cree, equivocadamente, que éstos 
son unos bellos ángeles, cuando en realidad 
no son más que unos pobres diablos que, la 
mayoría, viven en lucha con el hambre. Claro 
está que su miseria, en cuanto les es posible, 
la doran. Pero muchas veces, y sin ellos que- 
rerlo, se descubre que el dorado que le han 
puesto es de dudosa calidad, y como de dudo- 
sa calidad se ha trocado negro en seguida. No 
quiero citar nombres para que no se me diga 
que, á causa de enemistades, trato de par- 
ticularizar. Cuanto digo, cuanto dejo dicho, 
no lleva ánimo, ni mucho menos, de moles- 
tar á determinadas personas ni de ofender 
á quienes, por su desgracia, son dignos de 
toda clase de consideraciones. Los escritores 
son la gente más infeliz del mundo, y son 
la gente más infeliz porque no aciertan á 
darse cuenta que sólo son escritores, no por 
cumplir un deber educativo, como algunos 



LUCIANO DE TAXONERA 165 



dicen, sino porque eso de escribir es una ma- 
nera, como otra cualquiera, de sacar á un 
director de un diario ó de una revista, ó á 
un editor unas cuantas pesetas, muy pocas 
por cierto. Esto vive en el ánimo de todos. 
¿ Por qué, sin embargo, así no lo declaran ? 
Les veda declararlo el ansia desapoderada 
que muchos tienen de hacer creer al igno- 
rante que, con escribir, realizan una labor 
de cultura ante la cual las generaciones ve- 
nideras se detendrán absortas, cuando esa 
labor de escribir sólo les sirve, mientras 
caminan sobre la tierra, para malamente 
comer. ¿ No son, pues, dignos de que se les 
tenga lástima...? Y viniendo á término dé 
estas razones, cabe, rotundamente, asegurar 
que un ser instalado en la vida en estas 
condiciones no puede ilusionar á viadie que 
no habite en esos climas sociales en los que 
sólo vive la miseria y el crimen ó lo que, 
de cerca, le sigue. 

Los escritores, para que no desmerecieran 
de sus obras y para que la masa conservase 
la ilusión que, con respecto á ellos, se hubie- 
formado, no deberían nunca darse á cono- 
cer. Para ello sería necesario que ¿e limpia- 
sen, en absoluto, de la vanidad que supone 
el mostrarse al público al serles aplaudida 
una comedia ó hacer que sus retratos figu- 
ren como anteporta de sus libros. Zama- 
cois, ese espíritu cultísimo de Eduardo Za- 



166 CHARLA 

macois, desde un diario de reciente funda- 
ción, habla del orgullo que se descubre en 
el hombre, al querer éste enfrentarse con 
sus obras. Además, un escritor no sabe lo 
que pierde con prodigar su físico demasia- 
do, cuando su físico no es ni mucho menos 
el de un Apolo del Belbedere. Con mos- 
trarse así, excesivamente, un escritor no 
hace más que perder gente que le admire, 
porque como el escritor es hombre, el hom- 
bre, á veces, con detrimento del escritor, se 
deja llevar de su instinto y se deja arrastrar 
por sus pasiones — instintos y pasiones que 
son como las de los demás hombres, es decir 
que en ellas no aparece jamás el ser dedi- 
cado al cultivo de las letras y, por lógica 
consecuencia, purgado de parte de la gro- 
sería y de la bestialidad humana. 

A propósito viene aquí el rcordar un caso 
que robustece lo preinserto. Encontrábase 
Balzac en un baile público. Las gentes discu- 
rrían por los vastos salones despaciosamen- 
te, durante uno de los descansos. Balzac, 
con las manos cruzadas sobre la espalda, 
paseábase también. De pronto oye que una 
voz masculina decía inmediatamente detrás 
de él : «Mira, ese es Balzac.» Y una voz 
femenina preguntaba, con acento de extra- 
ñeza : «¿ Pero de veras, es ese Balzac ?» 
La voz del hombre repitió : «Sí, sí, Balzac ; 
el gran Honorato de Balzac.» Y la mujer, 



LUCIANO DE TAXONERA 167 



«ntonces exclamó con tristeza : «¿ Balzac, 
gordo... pequeño... ? ¡ Nunca lo hubiera creí- 
do !» Cuentan las crónicas que el celebrado 
novelista, volviéndose rápidamente, cerró 
el diálogo sostenido detrás de él, y á sus 
expensas, diciéndole á la señora : «Sí, soy 
Balzac. Y ya estoy un poco viejo y demasia- 
do gordo.» Balzac, en cuanto hubo dicho 
esto, y después de hacer una ceremoniosa za- 
lema, se fué, despacio, alejando... En esta 
frase del divino Honorato se descubre un 
fondo de tristeza. Al admirarle por sus obras 
se forjó aquella mujer un hombre de belleza 
excepcional, ultraterrena. Y cuando lo tuvo 
ante su vista se dio cuenta de que era un 
hombre como los demás ó aun peor que lus 
demás. Balzac, con lo antes contado, tam- 
bién sufriría. Las palabras de aquella mujer 
le llevaron á la realidad y, sobre todo, supo 
que, de entonces en adelante, no podía á su 
persona darle el valor que tenían sus libros, 
porque de sus libros inferíase que el que los 
había escrito era una persona dotada de cua- 
lidades morales y físicas que diferían bas- 
tante de las que él tenía. 

Con esto debieran aprender esos sujetos 
que andan por ahí anhelosos de que su efigie 
aparezca en periódicos y revistas, que en 
cuanto las gentes los conoce pierden, por lo 
menos, una cuarta parte de la emoción que 
sus obras pudieran producir... Los autores 



168 CHARLA 

de versos son los que más se prodigan y 
los que, en cambio, menos debieran hacer- 
lo, por que la producción de un poeta es, 
por lo general, más delicada que la de un. 
novelista ó que la de un dramaturgo. La 
masa, el buen vulgo, ha creído siempre que 
el poeta era un hombre que en lo externo 
asemejábase á cualquiera de los efebos es- 
culpidos por Fidias en el friso del Partenón 
y en lo íntimo á un dios que, sacrificándose 
por la humanidad, derramara sobre ésta su 
contenido divino. ¡ Qué idea más equivoca- 
da, más rotundamente equivocada ! Hay poe- 
tas sucios, que no conocen el agua más que 
para beber ; hay escritores que hacen lim- 
pios á los cocheros de Ñapóles, debido á la 
gran cantidad de hemípteros, que viven en 
sü cabellera y en sus ropas. Y si esto les su- 
sucediese por carencia de dinero serían dig- 
nos de lástima. Pero no es por esto por lo 
que les sucede^ sino porque no se lavan, sen- 
cillamente. El aseo no sólo no arruina, sino 
que ni aún cuesta dinero. 

Me he distanciado más de lo que quería 
del curso que debieran de haber llevado mis 
razonamientos para que la atención del lec- 
tor no hubiese salido de la idea eje que los 
informa. Aun, sin embargo, es tiempo de 
volver á ella. Y para que cuanto diga tenga 
un apoyo, un plinto que lo sostenga, voy á 
citar un ejemplo que, además, es sintomáti- 



LUCIANO DE TAXONERA 169 

co, es descriptivo de cuanto llevo dicho y 
de lo que aun diré... Cierto día que asistía 
á la función del Teatro Español vi en un 
palco á un hombrecillo minúsculo de cara 
de mono, de gestos de mono y de ademanes 
de mono. Durante un largo rato no pude 
apartar de él la mirada. Si he de decir verdad 
más que un hombre me pareció un ejemplar 
antropomorfo, como el que, hace algunos 
años, se exhibía en el Circo de Price. Des- 
vié, poco después, asqueado, los ojos, y los 
puse en el escenario. Representábase Edipo, 
Rey, de Martínez de la Rosa, ese poeta cu- 
yos versos nunca tuvieron alas, y, por lo 
tanto, se quedaron á ras del suelo. Pero á 
pesar de las cosas formidables, horrorosas, 
truculentas, que sobre las tablas sucedían, 
no pude ni un momento olvidar que allí mis- 
mo, en un palco, había una fehaciente prue- 
ba de la tontería de Edipo, preocupándose 
por los designios de los dioses. Los hom- 
bres — aquel ejemplar antropomorfo elocuen- 
temente lo declaraba — descendemos del 
mono, y, claro está, sólo somos materia per- 
feccionada después de los trescientos mil 
años que, según todos los cálculos, hace 
que vivimos sobre la tierra. Darwin, La- 
mark, Vallace han demostrado, de modo no- 
torio, cómo y de qué manera asciende la 
evolución miríada tras miríada de siglos,, 
desde el cristal al vegetal, desde éste al ani- 



170 CHARLA 

mal y del animal al hombre, cantándonos, 
además, el poema épico de la pequenez del 
átomo, haciéndose grande en el hombre, y 
siguiendo, quizá, allende del hombre, aún 
más altos destinos. Haeckel también dice 
que el hombre es sólo la corona ó el triunfo 
de toda una lenta evolución archisecular 
que comenzó en los mares primitivos por la 
sárcoda, la mónera, los protozoarios, para 
seguir, á través de los órdenes inferiores del 
reino animal, hasta llegar á los vertebrados 
y al hombre, en fin, á nuestros días... Sin 
darme cuenta de lo que hacía, otra vez llevé 
la mirada hacia el palco donde tal hombre ó 
tal mono se encontraba. Y cual no sería mi 
asombro cuando vi que, acompañándole, ha- 
bía también algunos escritores, entre ellos 
Andrés González Blanco... Esperé al entreac- 
to, deseoso de interrogar al ilustre crítico, 
acerca de si el ocupante del palco era un 
mono con facha de hombre ó un hombre con 
forma de mono. Y en el vestíbulo me acer- 
qué á él. 

— Dime — le dije — , eso que está en el pal- 
co, ¿ qué es ? 

— ¿ El qué ? 

— Ese sujeto tan feo ó ese animal ta» 
guapo... 

— Es un escritor. Debes conocerlo. Llá- 
mase Diego San José. 

— No, no lo conozco. Por cierto que el 



LUCIANO DE TAXONERA 171 

apellido no es de los que ilustran una guía 
de nobleza. Parece inclusero. 

Luego, ambos, hablamos de cosas triviales, 
superfluas. De mi memoria no se iba el re- 
cuerdo de la abyecta fealdad del dicho Die- 
go San José. Y otra vez volví á insistir : 

— Pero dime... ¿ Diego San José puede sa- 
lir sin collar, sin cadena y sin domador á 
la calle... ? 

No hablamos, á este respecto, más. Creo 
que era bastante. Me separé de él pensando 
que hay fealdades que inspiran lástima ó 
simpatía ó gracia. La de Diego San José sólo 
provoca asco, repugnancia. Pues, sin em- 
bargo, el hombre — llamémosle así — vive en- 
cantado y, además, exhibiéndose, aun más, 
prodigándose cuanto se lo consienten, en pe- 
riódicos y revistas. El caso no es nuevo. Me 
he fijado en Diego San José porque se le 
puede calificar como el alcaloide de la 
fealdad y de la estupidez humana. 

Después de cuanto llevo dicho, existe ra- 
^ón para que el público, en general, se des- 
ilusione en cuanto ve un escritor y piense 
que entre lo escrito y la mano que lo ha 
escrito hay una radical diferencia. Debido 
á esto el intelectual debiera de vivir, sino 
oculto, sin exhibirse de la manera descarada 
que muchos lo hacen. 

...Olvidábaseme decir que Diego San 
José, aunque muy feo, tan feo como el Are- 



172 CHARLA 

tino, es decir, mucho más feo que el Areti- 
no, no es, como éste, un talento cuyas obras 
han pasado á través de varias generaciones 
á las que informaba un distinto mecanismo- 
íntimo que, en todo, difería de el de la épo- 
ca en que dichas obras fueron escritas y pu- 
blicadas. Diego San José, ese vulgar imita- 
dor del excelso prosista Pedro de Répide, 
sólo es un pobre diablo con mucha miseria 
y mucha hambre y que, además, tiene una 
textura física que da asco, que inspira re- 
pugnancia. 



» 



XIII 

LA VERDAD ACERCA DE UNA NUEVA 
DOCTRINA FILOSÓFICA 



Mario Roso de Luna. 



Mario Roso de Luna es una de las más 
recias mentalidades de la intelectualidad es- 
pañola. A muchos que no saben ó, mejor 
dicho, que no quieren valorizar de manera 
exacta lo que hay dentro de nuestras fron- 
teras, para dar calificativos en extremo exa- 
gerados á cuanto nace y crece dentro de 
las extrañas, ha de parecerles con seguri- 
dad gratuita esta rotunda, esta categórica 
afirmación. Las razones que para ello ten- 
drán, estriban, casi únicamente, en que el 
ilustre escritor de que hablo no es, ni mu- 
cho menos, uno de esos hombres que necesi- 
tan á cada hora, á cada minuto, dar fe- 



174 CHARLA 

hacientes muestras de su saber, no sólo 
para ocultar su ignorancia, sino también 
para que las gentes que les rodean no se 
olviden de que su cultura les ha elevado 
hasta la sabiduría... En Mario Roso de 
Luna no vive hoy, ni creo que en su ju 
ventud, dada su contextura espiritual, ha- 
brá jamás vivido ese desapoderado afán de 
buscar el modo más adecuado de colocarse 
en continua exhibición, que no es más — 
he de decirlo claramente, sin circunloquio 
de clase alguna — que la resultante morbo- 
sa de un cerebro extraviado. Todo su me- 
canismo íntimo difiere bastante, y más que 
en nada en lo que es eje de él, de esotro, 
corriente en el día, entre los que sólo al- 
canzan con zancos á llamarse intelectuales, 
y, por lo tanto, desprecia, aparta lejos de 
sí con un gesto de repulsa, esos absurdos 
medios que en el instante actual se entro- 
nizan, torturando algunas bien conforma- 
das inteligencias, y, en consecuencia tris- 
te, tristísima, matando muchas sanas ini- 
ciativas. Piensa también Roso de Luna — 
y conste que esto lo digo por lo que de 
sus palabras se infiere y por lo que con sus 
actos declara — que á la notoriedad no se 
la debe nunca buscar, sino que es la noto 
riedad la que tiene la obligación de salir 
al encuentro de aquel que en realidad la 
merezca. Esto no sólo lo piensa, sino que 



LUCIANO DE TAXONERA 175 

como lo piensa lo ejecuta. Y en ello hace 
bien. ¿ Qué importa que sea un autor cono- 
cido, conocidísimo, durante ese breve espa- 
cio de tiempo que á los humanos les es 
dado de vida, si el nombre que llevó no lo 
sostiene á través de los siglos la recia ar- 
mazón de una obra admirable ? Nada, ab- 
solutamente nada. Me atrevería á asegurar, 
sin miedo á caer en error, que sólo á es- 
píritus mezquinos, y por su mezquindad su- 
perficiales, se les ocurre pedir una gracia, 
cuando á esa gracia su talento no les ha he- 
cho acreedores... He dicho que Mario Roso 
de Luna es una de la más altas y de las 
más luminosas mentalidades españolas. A 
buen seguro que nadie ha de objetar lo 
más mínimo á lo preinserto. Pero, así y 
todo, para robustecer la anterior afirmación 
basta con decir que vive alejado de aque- 
llos sitios donde sólo se va en busca de mer- 
cedes y á demandar honores. Familiarizado 
á la soledad de su biblioteca, le son en ab- 
soluto extrañas esas luchas, que muchas ve- 
ces tienen apariencias de descomunales ba- 
tallas, que á diario se están librando, por lo 
que ningún valor tiene cuando se pide, sino 
que es cuando se ofrece el momento en 
que realmente empieza á ostentarlo. 

Es tal el enrarecido ambiente que hay en 
España, que el hombre de estudio, el ver- 
dadero sabio tiene que vivir encastillado. 



176 CHARLA 

La culpa de ello, como dé todo lo malo que 
nos pasa, la tenemos nosotros, exclusiva- 
mente nosotros. Claro está que es más fá- 
cil indignarse con el que nos saca á relu- 
cir nuestros defectos, de la manera justa que 
lo hace Alberto Dauzat en su último libro, 
que corregir nuestros defectos. España, los 
españoles estamos llenos de ellos. ¿ Por qué, 
pues, escribir con la fanfarria de un reto 
para aquel que los conoce é imparcialmen- 
te los detalla y enumera ? Estas actitudes no 
me las explico más que como actos vesáni- 
cos. Pero se conoce que los actos vesánicos 
se repiten con harta dolorosa frecuencia. A 
todo lo que en su libro dice Alberto Dau- 
zat sólo se la opuesto como valladar la pro- 
cacidad de un cronista, refrendada por la 
insensatez del que debiera de haberla co- 
rregido en vez de haberla alentado. Los 
juicios de Dauzat se hubieran deshecho, en 
caso de rio ser ciertos, ante nuestras razo- 
nes, que llevarían por delante la verdad. 
Pero aquí lo triste, lo tristísimo es que á la 
mayor parte de las cosas que en su obra 
dice nada se le puede oponer porque de- 
muestra un raro, un especial conocimiento 
de este país... En este país, que es digno 
de mejor suerte, sólo se medra merced á la 
intriga, sólo se encumbran los que cuentan 
con la ayuda del favor. Así es que los intri- 
gantes, los que, siguiendo la máxima jesuí- 



LUCIANO DE TAXONERA 177 

tica ansian llegar al fin sin pararse de qué 
clase de medios se han de valer para con- 
seguirlo, son los únicos cuya voz se deja 
oír en las cátedras, y son los únicos tam- 
bién que les es dado ocupar los sillones de 
las Academias. Esto-^-las cátedras y las 
Academias — es lo que muestra fehaciente- 
mente, casi ostensiblemente, la intensidad, 
mayor ó menor, del cerebro de una nación, 
í Que poco cuidamos que las cátedras sean 
desempeñadas por hombres de verdadero 
saber y que en los sillones de las diversas 
Academias se sienten aquellas personas que 
por su asombrosa inteligencia realmente lo 
merezcan. ! Pero no^ A las cátedras, como 
á las Academias, sólo van los que para 
ello cuentan con suficientes recomendacio- 
nes... Así es que á nadie le debe extrañar 
el que se diga, de manera que en cualquiera 
parte que se oiga, que este es un desdichado 
pueblo que carece de voluntad, que se halla 
falto dé energías, y que desconoce todo lo 
que con la cultura se relacione, porque pa- 
-rece, según lo que de cada uno de nuestros 
actos sé puede inferir, que sólo procuramos 
ponernos en entredicho ante el mundo en- 
tero, colocando en los más altos puestos de 
'la nación á aquellos individuos, que si no 
son por completo acéfalos, les debe de fal- 
tar muy poco. No quiero en modo alguno 
citar 'nombres. Pero, sin embargó, én el 

12 



178 CHARLA 

ánimo de cuantos esto lean, estos nombres, 
á buen seguro, estarán. Hacia ello6, debo 
declararlo, no me guía ninguna clase de 
animosidad. Lo que me indigna, y me in- 
digna por que amo á España, es que á cau- 
sa de esos individuos la leyenda de nuestra 
barbarie y de nuestra ignorancia persiste, y 
persiste, menester es decirlo, con sobrada, 
con sobradísima razón. El único medio que 
tendríamos para que se desvaneciese y para 
que, además, cesaran los vituperios, los ata- 
ques que en el extranjero se nos dirigen, 
no es el de mostrarnos procaces, retadores, 
con aquellos que nos hacen ver lo poco que 
valemos, sino modificar en lo posible nues- 
tro contexto, á fin de que la leyenda que 
sobre esta noble tierra se cierne caiga por 
sí sola, como una ley física hace caer todo 
lo que no tiene consistencia ni nada en que 
apoyarse. Para ello nos es necesario en ab- 
soluto hacer que cese el que las cátedras 
se consigan por el favor y los sillones de 
las Academias por la intriga. De esta ma- 
nera, y, haciendo, además, otras cosas que 
reclaman un radical cambio, y que na vie- 
ne al caso ahora el mencionarlas, es como 
podríamos contestar de la forma que nos 
viniese en gana á los millares de Alberto 
Dauzat que hablan y que escriben detrac- 
tando las cosas de España... Es casi inútil 
decir que Mario Roso de Luna, hombre de 



LUCIANO DE TAXONERA 170 

esplendorosa inteligencia y de extraordina- 
ria cultura, no explica cátedra ni es aca- 
démico. La razón de ello estriba en que su 
inteligencia y su cultura le hacen vivir au- 
sente de esas camarillas donde se fraguan* 
intrigas con el objeto exclusivo de acoger- 
se al amparo oficial. Mario Roso de Luna, 
que es una de las más recias mentalidades 
españolas, no halla en España ambiente, no 
porque España sea lugar arisco para el ver- 
dero intelectual, sino porque los españoles 
son los que, con una insensatez rayana en 
la locura, se han cuidado de enrarecerlo 
hasta hacer imposible que en él pueda res- 
pirarse. Y para robustecer mis palabras se- 
ñalaré un hecho que es sintomático, que 
es descriptivo. El ilustre matemático ha 
dado no hace mucho tiempo una serie de 
conferencias. Pero es obligatorio decir, por- 
que ello así conviene, que á darlas no fué 
invitado por ningún centro de cultura es- 
pañol, sino por uno extranjero, por uno 
argentino, ese pueblo, que niño aún, marcha 
á la cabeza de la civilización mundial. 

Estas conferencias versaron sobre teoso- 
fía. Declararé que tenía de la teosofía un 
concepto en absoluto equivocado. Culpa 
de ello la tienen esos charlatanes que en el 
Ateneo hablan acerca de esta nueva escue- 
la filosófica como de una escuela herméti- 
ca, abtrusa, ardua. Nada de cuanto dicen 



180 CHARLA 

es verdad. Esto, como se comprenderá, 
equivale á desconocer la doctrina. Pero 
aquellas conversaciones, aquellas largas pe- 
roratas, dichas con voz trémula, con gesto 
iracundo, con ademán airado, fueron for- 
mando en mí la idea de que la teosoria era 
eso, una doctrina hermética, abstrusa, ar- 
dua. Luego, poco á poco, las lecturas mo- 
dificaron, en parte, este falso concepto. Fué 
sólo esta modificación en lo externo. En lo 
interno proseguía teniendo hacia la teoso- 
fía un desdén que me colocaba en un de- 
primente lugar. Las conversaciones sosteni- 
das con Angeles Vicente acerca de esta 
materia, de la que habla con conocimien- 
to y con clarividencia asombrosa, hicieron 
cuanto no pudieron conseguir las lecturas 
á que me entregué. A esta bella escritora le 
debo, pues, el haber salido del error en que 
estaba, y, además, la necesaria preparación 
para haber comprendido parte nada esca- 
sa de lo que es, y de lo que para lo futuro 
parece representar en el ambiente espiritual 
de los pueblos la teosofía, que no es, ni 
mucho menos, esa cosa hermética, abstrusa, 
ardua que los charlatanes del Ateneo ex- 
ponen en largas, en interminables perora- 
tas, con voz trémula, con gesto iracundo, 
con ademán airado... Pero no. ( La teosofía, 
que ha de ser fuente inextinguible de con- 
suelo en los años que han de venir, no es 



LUCIANO DE TAXONERA 181 

nada de eso. Mario Roso de Luna lo dice 
en> sus interesantes, en sus admirables con- 
ferencias, dadas en diversas naciones sud- 
americanas, y ahora reunidas en dos grue- 
sos volúmenes. 

Lo primero que de esos libros salta á la 
vista del crítico, aunque éste no sea ni muy 
sagaz ni muy hábil, es el que el ilustre es- 
critor, antes que de nada, ha tratado de 
acomodar sus ideas, que viste con un léxico 
rico y armonioso, á la comprensibilidad de 
las múltiples personas que á ellas acudie- 
ran, exponiéndoos, ^ara conseguirlo, no 
sólo con encantadora amenidad, sino tam- 
bién con extraordinaria sencillez. Porque 
Roso ae Luna en moao alguno cree perti- 
nente el que una doctrina que hoy necesi- 
ta, antes que de otra cosa, de divulgación se 
la haga incomprensible, á causa del modo 
poco claro conque algunos espíritus entur- 
biados por lecturas no del todo comprendi- 
das, tratan de exponerla. La teosofía no es 
una teoría filosófica hermética ni abstrusa. 
No. La teosofía es, más que nada una cien- 
cia, y, como toda ciencia, está basada en 
la vida. Lo que hace esta escuela, que no 
hace mucho ha nacido, es hacer bella la 
vida, porque la idealiza. ¿ Merecería la pena 
el atravesar este tránsito de sobre la tierra 
si no hubiera un más allá, ese más allá que 
en absoluto niegan los naturalistas, aun- 



182 CHARLA 

que al exponer sus ideas ellos mismos se 
contradicen ? No. Vivimos la vida, soporta- 
mos este dolor de vivir únicamente porque 
esperamos, con la muerte, nuestra libera- 
ción. La teosofía habla de esto. Puede de- 
cirse que es una de las ideas que tienen 
más sólidas raices y que con más vigor se 
hace ostensible. Aunque la doctrina no fuera 
poseedora de otras enormes ventajas ma- 
teriales que llevaran á lo moral una gran 
tranquilidad, es dueña de esa, que es, por 
lo grande incomparable, porque endulza 
las amargas horas de la existencia con la 
esperanza de alcanzar un bienestar eterno. 
La teosofía, como se habrá podido com- 
prender, une lo existente con lo no existen- 
te, y de esta unión, con luminosos esplen- 
dores, nacen conceptos en cuya entraña lle- 
van la verdad, porque no se contenta con 
estudiar las cosas, sino que quiere estudiar 
el contenido ideal, el ambiente espiritual de 
las cosas. La nueva escuela filosófica, que 
abarca, que resume todas las demás escue- 
las que en este mundo han florecido des- 
de los luminosos días de la preponderancia 
de Oriente, no es una escuela filosófica como 
la mística, que para vivir tuvo necesidad 
de encerrarse en las obscuridades de los tem- 
plos y en las soledades de los claustros. La 
teosofía no rehuye ia luz. Ai contrario. 
Los plintos en que se apoya, como los que 



LUCIANO DE TAXONERA 183 

sostuvieron las ideas de Jesús de Nazaret, 
son de un grande amor que no necesita es- 
conderse ni ocultarse, de un amor exento 
de materia y libre de egoísmos, para que 
•con las alas que él le presta á las almas 
puedan éstas elevarse, elevarse... La teoso- 
fía — lo declaro sin rubor — me ha descubier- 
to, sino un mundo nuevo, una modalidad 
completamente nueva, rotundamente distin- 
ta de la que hasta el momento actual he 
tenido. Esta nueva escuela filosófica — no 
me cansaré de repetirlo — no es una escuela 
hermética, abstrusa, ardua, como pretendían 
esos charlatanes del Ateneo, sino una cosa 
muy humana, y como muy humana, muy 
sencilla y á la vez muy complicada. ¿ Es 
esta una doctrina de soñadores ? Es, aunque 
otra cosa no sea, una doctrina que preten- 
de encauzar á la humanidad hacia campos 
en que reine la bondad, el amor, la justicia, 
sobre todo la justicia, pero no esa justicia 
seca, inflexible, brutal, impuesta por las le- 
yes, sino esa otra que en lo futuro han de 
imponer las conciencias, conformadas por 
otras ideas que no sean más que la propia 
convicción de lo que á cada uno le convie- 
ne. De los libros de Roso de Luna se des- 
prende cuanto he dicho. En ellas gradual- 
mente se- estudia, no sólo lo humano, sino lo 
que está más allá de lo humano, cantándolo 
todo, á la manera que se canta un poema, el 



1S4 CHARLA 

grandioso poema de la vida eterna, pues en 
él no se considera á la muerte más que 
como un incidente periódico en una existen- 
cia sin fin... Ya he dicho que Mario Roso de. 
Luna es uno de ios cerebros más seriamente 
orientados de los que en la actualidad son 
valorizados en. ciencia y. en el arte de las le- 
tras. Toda su obra así lo acredita. Esto no 
necesito demostrarlo. De sobrada manera lo 
demuestran sus libros, que han aureolado de 
prestigios su nombre. 



tf 



XIV 



LA VUELTA DEAZORÍNÁ LA LITERATURA 



Su último Vibro 



Jacinto Benavente, la luminosa mentali- 
dad de Jacinto Benavente, ha señalado como 
obra maestra la última obra de Asorin. Creo 
que ello es exacto. José Martínez Ruiz — que 
es el nombre que se oculta tras el seudóni- 
mo de Azorín — es uno de los escritores de 
cerebro más compresivo, tal vez por ser una 
de los escritores de cerebro más sereno de 
las actuales generaciones literarias. Toda su 
visión de la vida — vida casi siempre vista á 
través de los libros, es decir, de un modo- 
intelectual — es de tan exacta, de tan depu- 
rada clarividencia, que asombra, que mara- 
villa. En la literatura de Aaorín, no se dan 
ni aun remotas, señales de esos nervosismos 



186 CHARLA 

que crispan, ni de esas brusquedades que 
torturan, tan frecuentes en los escritores de 
estos años que coiremos. Claro que los que 
tal hacen merecen disculpa porque no les 
guía en ningún momento malévolas inten- 
ciones. Al contrario. En lo hondo de cada. 
ser de los que á escribir se dedican, existe 
un sedimento de bondad, dispuesto siempre 
y por cualquier motivo, á descubrirse. Lo 
<]ue tiene es que la vida, las múltiples é in- 
flexibles exigencias de la vida, la han ido 
adormeciendo á compás que también han ido 
agudizando la sensibilidad hasta lo extre- 
mo, hasta lo extremísimo. En Asortn no se 
da este caso. Su contexto íntimo, difiere, en 
absoluto, de cuanto entraña á casi todos, 
á. todos los escritores actuales. El existir de 
ahora no es lo suficientemente intenso para 
poder causar huella notoria en la intensir 
.sima, mentalidad de este ilustre escritor... 
Por muchos, debido al modo impasible que 
tiene de ver cambiarse las cosas y sucederse 
las personas. Asortn es motejado de frío. 
No me extraña. Asorin es — de su literatura 
^e infiere — uno de esos hombres á quienes 
nada les emociona, porque todo lo compren- 
den. En esto ha de radicar, más que en nin- 
guna otra cosa, el que Asorin se haya hecho 
dueño, no sólo de la superficie de las cosas, 
y de la apariencia de los seres, sino tam- 
bién,, del mecanismo -íntimo de los seres y 



LUCIANO DE TAXONERA 187 

del contenido ideal de las cosas, es decir, 
del ambiente espiritual de una época. Y este 
estudio, de bucear en los seres y de ahondar 
en las cosas, le ha llevado á ser un analítico, 
dando, además, á toda su literatura, esa 
gran serenidad que ostenta, no ya el libro, 
que por lo común se escribe después de larga 
meditación y en momentos en los que el áni- 
mo hállase en estado adecuado, sino también 
los artículos que con frecuencia aparecen en 
los rotativos, enjaretados á cualquiera hora, 
en cualquier día, y al calor de un instante 
emocional. En esto se vería, si en otras seña- 
les ya no se viera, la ecuanimidad perfecta, 
perfectísima, que no deja nunca de poseer 
el ilustre escritor, ni aun cuando escribe en 
defensa de lo que cree ultrajado, vilipendia- 
do, con demostrada injusticia. 

El postrer libro de Asorín, titulado Lec- 
turas españolas, es admirable. Todo, en él, 
está meditado, hondamente meditado. En 
sus páginas no se encuentra nada, en abso- 
luto, que discrepe, que se salga del tono 
adoptado en la primera, tono que se conser- 
va hasta la última. Además, entre ellas, 
hay un nexo, una cierta secreta trabazón, al- 
go así como un parentesco íntimo, pues se 
infiere no sólo que responden al mismo me- 
canismo, sino también, que las anima una 
idéntica idea. En Azorín la idea predomi- 
nante, la idea cuerpo de toda su literatura, 



168 CHARLA 

que ahora, en este libro de que hablo, más 
vivamente se muestra, es la de la exaltación 
de la energía espiritual de los españoles, de 
los españoles de otras edades, sino remotas, 
lo suficientemente lejanas para que hayan 
caído en el olvido. Lecturas españolas es 
como muy bien ha dicho, con gran perspica- 
cia crítica, Bernardo G. de Candamo, el elo- 
gio de los hombres de acción y de los hom- 
bres de pensamiento. En este aserto encuén- 
trase sintetizado lo que es eje del libro de 
Azorín. En extremo difícil sería encontrar 
otro que lo definiera tan á maravilla como 
éste lo define... A buen seguro se pregunta- 
rá ¿ quiénes son los hombres de acción y 
quiénes son los hombres de pensamiento ? 
Todos nuestros antecesores, comparados coa 
nosotros, eran esos hombres de acción y 
hombres de pensamiento. En estos años que 
corremos, la acción y el pensamiento se han 
adormecido, la causa de ello estriba, casi 
únicamente en la educación ambiente. Hoy 
no rigen las mismas leyes que regían ayer, 
y el espíritu que las anima es hoy otro muy 
distinto del que era ayer. No es que esto 
sea mejor ó peor que aquello. No ; es, sen- 
cillamente, diferente... La moderna filoso- 
fía aconseja que lo actual no débese compa- 
rar al pasado, porque el pasado no existe. 
El pasado no es otra cosa que el presente 
colocado en otro plano. Los que tal dicen 



LUCIANO DE TAXONERA 189 

tienen razón. Los hombres, las cosas, todo 
es 3o mismo. Ahora hay que convenir que 
los hombres, las cosas, todo, en fin, ha des- 
cendido del plano en que se hallaba colo- 
cado, y el plano del ayer es, con respecto al 
plano del hoy, excesivamente superior. Esos 
hombres de acción y esos hombres de pen- 
samiento son, en el momento actual, ejem- 
plares raros, rarísimos. Cuando de tarde 
en tarde, aparece uno que tiene el suficiente 
contenido de energía para permitirse dar 
pruebas de sus acciones y la necesaria ca- 
pacidad cerebral para hacer sentir, recia- 
mente el influjo de sus pensamientos, jun- 
to á su nombre aparecen las palabras de 
neurasténico, de vesánico, de desequilibrado. 
En los tiempos que atravesamos, es difícil 
hallar, como antaño, esos seres cuyas vidas 
parecían desear arder en la santa llama del 
sacrificio. Hoy nadie, por nada, se sacrifi- 
ca. Ello es muy vulgar... 

Además debe decirse que en el libro de 
Azorín hay algo más que el elogio de los 
hombres de acción y de los hombres de pen- 
samiento. En él vive una desapoderada ansia 
de fraguar la existencia, una existencia 
que sólo contegíi lo que significa espiri- 
tualidad, idealidad, y claro es, que sólo lo 
que esté de acuerdo con el verdadero senti- 
do del arte y de la belleza, con las cenizas 
ele )a muerte. ; Tiene su prosa fuerza evoca- 



190 CHARLA 

dora para haberlo conseguido ? Dudado, 
significa desconocer su literatura. En los li- 
bros de Asorin encuéntrase con frecuencia 
este milagro de recontruir vidas con el pol- 
vo de los recuerdos. No es sólo en Lecturas 
españolas, es también, en Los hidalgos, en 
Voluntad, en las Confesiones de un pequeño 
filósofo, en fin, en todo cuanto ha produ- 
cido, de lo mucho y bueno que ha produci- 
do, en donde se hallan estas vidas de hom- 
bres de otra edad, que, como ya he dicho, 
son iguales á los nuestros, sino con la dife- 
rencia de hallarse colocados en otro plano 
que no es este momento propicio á decir si 
era mejor ó era peor que el nuestro. Baste 
dejar anotado que en todo tiempo, en todo 
tiempo, el fondo de los seres ha sido igual é 
idénticas sus luchas y sus pasiones, sus de- 
seos y sus egoísmos. Si algo ha cambiado 
no ha sido el fondo sino la forma, no ha 
sido la entraña, sino la apariencia, la su- 
perficie... 

Este es uno de los encantos de la literas- 
tura de Asorin. De su pluma han salido, 
con una lozanía de la que se dan muy con- 
tados ejemplos en esta edad que corremos, 
aquellos conceptos necesarios para restituir 
á su verdadero clima espiritual vidas sobre 
las que se cernía, no ha tiempo, una idea 
equivocada, errónea. Y al narrar esos actos, 
y al historiar esas existencias, se infiere, 



LUCIANO DE TAXONERA l^í 

porque muchas palabras y muchos pensa- 
mientos lo dejan traslucir, el innato deseo, 
no sólo, como he dicho antes, de devolver 
á su medio lo que las generaciones que le 
precedieron hubieron de falsear, sino tam- 
bién de exaltar cuanto fué para darle recie- 
dumbre á cuanto es. En Azorin, esta es una 
de las ideas que más amplitud tiene, y, por 
lo tanto, una de las ideas ejes de su ro- 
busta mentalidad... Esto, que con respecto 
al conjunto de la literatura de Azorin dejo 
anotado cabe decirlo, aun con mayor razón, 
al hablar de su último libro Lecturas espa- 
ñolas, libro que bien se puede calificar de 
ponderación entre los de similar clase, La 
primero que acusa el libro Lecturas espa- 
ñolas es un amor á todo lo clásico. Pero no 
wn amor violento, exaltado, traducido, á 
causa de la violencia y de la exaltación, eu 
. palabras huecas, en frases sonoras, en ora- 
ciones retumbantes, de esas que al pronto 
deslumhran, como deslumhraría la contem- 
plación de un milagro, sino un amor dulce,, 
sereno, lo que hace que las palabras esteta 
llenas de encantos expresivos, que las fra- 
ses tengan un gran valor de sensación, que 
las oraciones posean una enorme riqueza 
emocional, pues en cuanto las compone 
conviene examinar, no sólo lo externo, sino 
el contenido simbólico, filosófico. Azorin así 
lo hace. No estudia los hombres en su apa- 



192 CHARLA 

riencia, y las cosas en su superficie, sino que, 
como preinserto queda, estudia la parte de 
idealidad que puede haber en los hombres, 
7 la parte de espiritualidad que deben tener 
las cosas, es decir, que no se contenta con 
analizar los efectos, sino que tiene que ir, 
con una paciencia, con una pertinacia, dig- 
na de todo encomio, en busca de la serie de 
causas y concausas que el efecto determina- 
ron. Y esa manera de ver la literatura, que 
■difiere en absoluto de la manera que en la 
actualidad la ven los demás, debe de ser 
■siempre elogiada, y elogiada con calor, por- 
que de ser un ameno entretenimiento, la 
elevan á ser una útil enseñanza. 

El libro de Asorín, titulado Lecturas es- 
pañolas, lleva al lector al encuentro del pa- 
sado, de un pasado que, aunque vive en 
nosotros, está de todo lo que en la actuali- 
dad nos ocupa tan distante como la com- 
prensión humana se halla de lo infinito. 
Porque el pasado es, á los groseros sentidos, 
cosa tan inmaterial que se sustrae á nues- 
tro conocimiento. Para adueñarnos de él no 
tenemos otro remedio que procurar apre- 
hender su espíritu, espíritu que, como pri- 
mera causa, no cambia ni varía nunca. Lo 
que cambia, lo que varía es el medio al cual 
' ese espíritu se ha de adaptar para que pueda 
ser comprendido y, hasta á veces, para que 
pueda él, por sí, exteriorizarse. Pero' lo que 



LUCIANO DE TAXONERA 193 

no cabe duda es que en los años que á estos 
antecedieron era la vida más espiritual. Aun- 
que por efecto de la distancia se descubra 
en lo expuesto algún error de óptica, es me- 
nester convenir que los seres y las cosas, de 
lejos nos parecen más bellas que en su cruda y 
tangible realidad. Esta vida espiritual de los 
castellanos la acusa, aunque otra cosa no 
fuera la avidez intelectual, un afán de ver, 
que hizo á la raza aventurera, y un ansia 
de comprender, que le dio austeridad. La 
raza castellana ha vivido en sí misma, y 
este vivir interno la llenó de fuerza, que 
luego, espléndida, hubo de derrochar en 
otros mundos... Asorín lleva al lector al en- 
cuentro de recuerdos .que ya habían caído ó 
que se encontraban prontos á caer en el ol- 
vido. Lecturas es-pañolas nos hace ver parte 
de lo más sintomático, de lo más descriptivo 
de una edad inexistente. Este libro, admira- 
ble dentro de una gran uniformidad, de un 
nexo que nada lo rompe, tiene también sus 
cambiantes. Y estos cambiantes son los mo- 
mentos en que el alma pide un poco de cal- 
ma, de tranquilidad. Entonces Asorín des- 
cribe, de la manera magistral que él sólo 
sabe hacerlo, escenas acaecidas en esta no- 
bilísima tierra castellana ; escenas que tie- 
nen calor de humanidad ; escenas que pro- 
ducen en el lector una intensa emoción, 
pues junto á las sensaciones de vida hay 

!S 



194 CHARLA 

enormes sensaciones de arte, de belleza. 
Pero estos momentos no perduran. Después 
de ellas se pasa á examinar, con esa sereni- 
dad que he mencionado, el alma de hombres 
como Gracián, como Mor de Fuentes, como 
Larra, alma que, convertida en letra de 
molde, aroma la vida actual. 

Todas las páginas del libro de Asorín es- 
tán escritas en un estilo limpio, limpísimo, 
á fuer de castizo. Nada rompe su perfecta 
armonía. Es un estilo, el suyo, que, como 
dijo D. Jacinto Benavente, no tiene asomo 
de brillantes colorines, sino que es como un 
buen grabado en acero, como un agua fuer- 
te, donde claros y obscuros dan la exacta 
equivalencia de todos los colores y de todos 
los tonos. Esta imagen es exactísima. En 
Asorin, en la prosa de Asorín, no hay nada 
que produzca efectos violentos. Todo tiene 
una tenuidad que encanta. Y, sin embargo, 
Azorín es original, tal vez uno de los escri- 
tores más originales de las actuales genera- 
ciones literarias, originalidad que ha depu- 
rado con la cultura y que ha aumentado con 
el caudal de conocimientos que le ha dado 
la vida... El libro de Asorín es algo así como 
si se encontrase un oasis en el yermo de 1* 

literatura actual. 

4 



XV 



AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA 



«Donde fyubo fuego.» 



Cae la tarde, y sobre el cielo, de un azul 
zafirino estriado en negro, se agrupan nubes 
cirrosas, que el sol, antes de abatirse tras las 
agrias crestas que coronan el cordón mon- 
tañoso de la sierra, tiñe é inflama con tonos de 
incendio. A la tierra la va envolviendo un 
manto de sombra que, de instante en instante, 
extiéndese, extiéndese. Todo es paz, silencio... 
Con la luz ya moribunda acabo de leer la 
última novela de Martínez Olmedilla. Es 
un libro que deja el ánimo hondamente con- 
turbado. En él encuentra, el lector, acíbares 
de desilusiones y amarguras de desengaños. 
I Por qué ? Porque la trama tiene calor de 



196 CHARLA 

humanidad. En esto radica, más que en 
ninguna otra cosa, el que la literatura nos 
emocione, el que la literatura produzca risa 
ó llanto, alegría ó dolor. El escritor debe de 
procurar, por cuantos medios estén á su al- 
cance, arrancar á la vida las fábulas para 
sus libros, ó, por lo menos, vincular en la 
realidad cuanto nació en su cerebro, es de- 
cir, cortar á lo que se imagina las alas para 
que no tenga más remedio que caminar á 
ras de tierra, entre el polvo del suelo. Y así 
se conseguirá que un trozo de prosa nos haga 
sentir, pues, como acaecido, tendrá la fuerza 
suficiente para remover los sedimentos de 
nuestro ideal sentimental. Las frases, las 
palabras, poseerán medula, nervio, y esa 
medula y esos nervios, dueños de poder su- 
gestivo, actuarán sobre el lector con tal in- 
tensidad, de tan firme manera, que, como he 
dicho, conturbarán su espíritu y, por lógica 
consecuencia, sacudirán su sensibilidad... 
La lectura de la última novela de Martínez 
Olmedilla me causó cruel emoción, esa emo- 
ción de aplanamiento que motiva el desen- 
canto de la desilusión. ¿ Por qué ? Porque 
como hombre, el que esto escribe, abocetó 
horas risueñas al lado de una mujer, y el 
que esto escribe está convencido, convenci- 
dísimo de que todas las mujeres son como 
la protagonista de Donde hubo fuego, es 
decir, que en todas las mujeres hay caídas 



LUCIANO DE TAXONERA 107 



morales. Porque la protagonista de Donde 
hubo fuego, para poner en ridículo á Silve- 
rio, que es el hombre que le va á dar su 
nombre ante el altar, no tenía necesidad de 
llegar á efectuar actos materiales algunos. 
La caída, la verdadera caída de la mujer, no 
ocurre, como el vulgo ignorante cree y á 
modo de lo que el código dice, cuando se ha 
perdido la doncella, sino cuando en la ima- 
ginación se ha rasgado el velo de la hones- 
tidad. ¿ Cuándo sucede eso ? Difícil es pre- 
cisarlo. Puédese, sin embargo, decir que es 
un mal, ese de la pérdida de la honestidad, 
que trae aparejada la civilización moderna. 
En esas edades muertas la honestidad vivía 
hasta que el cuerpo se deshacía en la tierra. 
La educación actual ha causado, entre otros 
males, la ruptura de los frenos del pudor. 
Porque el pudor se pierde en cuanto en la 
mente vive un deseo lúbrico. La protagonista 
de la última novela de Olmedilla, Donde 
hubo fuego, es una mujer deshonesta, desde 
el momento en que escuchó el nombre del 
que había sido su novio, y junto á aquel 
nombre germinó el deseo, un deseo que es 
un personaje inmaterial, como en las trage- 
dias griegas era la fatalidad, que brinca y 
piruetea á lo largo de la novela y, hasta á 
veces, se le ve, se le escucha. Martínez Ol- 
medilla ha hecho ese personaje con limo 
humano. A no ser así, es de todo punto im- 



198 CHARLA 

posible dotarlo del carácter que lo ha do- 
tado y darle el relieve que lo ha dado, pues 
hubiera apaiecido borroso, sin precisar... 
Además, la protagonista de Donde hubo 
fuego es una perversa, porque cae por satis- 
facer su temperamento, por vicio y por la 
maldad de hacer desgraciado al hombre con 
quien se iba á unir. Puédense disculpar otras 
y otras caídas. Es hasta natural en la mujer 
rendirse al amor, pues el hombre á él tam- 
bién, en ocasiones, lo rinde todo ; es hasta 
natural rendirse á la necesidad cuando la 
mujer vive en una casa sin pan y la mujer 
tiene una cara bonita y un cuerpo hermoso ; 
pero lo que no puede encontrar disculpa 
por nadie de honrado pensar, es caer por 
vicio ó, sencillamente, por maldad. Y la 
protagonista de Donde hubo fuego cae por 
maldad, nada más que por maldad. Esa es 
la causa de que diga que es una perversa. 
La última novela de Martínez Olmedüla 
dejó en mi ánimo una huella dolorosa. Aun 
más la aumentaron circunstancias extrañas ; 
sucesos que no ha mucho habíanme acaeci- 
do ; aquel atardecer en el que todo era paz, 
silencio. Pensé en las desdichas que afligen 
á la humanidad, desdichas causadas, las 
más de las veces, por los propios humanos, 
que parecen interesados, no en cortarlas, 
sino en dejar que prosigan. ¿ Por qué todos 
no somos buenos ? Hay algo, en nuestro ins- 



LUCIANO DE TAXONERA 199 



tinto, que nos lo veda. ¿Qué es ello? ¿La 
protagonista de Donde hubo juego pensaba, 
al pecar, que comprometía un nombre y 
manchaba un honor? Debo decir que sí. Sa- 
bía de sobra que aunque aquellas entrevis- 
tas con su novio de antaño resultase lo que 
pudiera resultar, encontraría, en su novio 
de hogaño el responsable. Así es que no hacía 
lo que hacía ignorándolo, sino sabiendo las 
consecuencias que, á lo mejor, podría tener, 
y pensando, además, en quien habíala de 
poner á cubierto de ellas. ¿ Puede darse ma- 
yor maldad ? Pues, sin embargo, hay más. 
Hay .una «encerrona» con todas las de la 
ley. La protagonista de Donde hubo juego 
lleva, con un cinismo que asombra, el en- 
gaño ante el altar para que lo santifique la 
iglesia. Y allí, la cínica, aun tiene arrestos 
para, mentalmente, seguir una existencia 
de perfidia. Esto, claro está, no tiene nada 
de particular, pues no hace más que acusar 
aun más vigorosamente el carácter del per- 
sonaje. Todos los actos que realiza respon- 
den á la condición íntima que se descubre 
cuando en el jardín oye el nombre de su 
novio, y junto al nombre pasa por su mente, 
de mujer frivola y casquivana, la ráfaga 
del deseo. 

Parece Martínez Olmedilla muy atento á 
dotar de vida, para que intervengan en la 
-acción de sus admirables novelas, tipos que, 



200 



CHARLA 



si no son, por lo que de sus actos se dedu- 
ce, casos psico-patológicos, tienen, al me- 
nos, una apariencia de casos anormales, 
anormales dentro de la manera de ser am- 
biente y de la forma en que está constituida 
la sociedad actual. En las dos novelas su- 
yas que conozco — con más firmes líneas y 
con más recios contornos en Siervo y tira- 
no que en Donde hubo fuego — los caracteres 
ejes en cuyo torno gira cuanto compone la 
trama son ejemplos fehacientes, fehacienti- 
simos, de la maldad humana, que no purga 
la cultura, ni atenúa la civilización. A los 
protagonistas de ambos libros los hace lle- 
gar el ilustre escritor á un fin, al fin al que 
el instinto, que es la cualidad más despre- 
ciable del hombre les quiere llevar. Claro 
está que este fin es distinto, pues sus vidas 
van por cauces dispares y se desarrollan, 
tanto en lo fundamental como en lo acceso- 
rio, de un modo nada común. Pero entre 
ellos, entre el degenerado de Siervo y tira- 
no y la perversa de Donde hubo fuego, exis- 
te algo así como un parentesco íntimo, que 
no lo niega ni aun el ser de diferente sexo 
ni el encontrarse colocados en muy distintos 
climas sociales. Ambos viven solamente 
preocupados en satisfacer sus ansias y en 
alimentar sus pasiones con lo que aquí, en 
la tierra hay, sin cuidarse, lo más mínimo, 
de elevar su espíritu, de ennoblecer su alma,. 



LUCIANO DE TAXONERA 201 

para que el día en que se acabe este doloro- 
so tránsito de la existencia, poder ascender 
á las regiones de lo sublime. Para ellos la 
vida, tal como en este bajo mundo se entien- 
de la vida, es toda la vida. ¿ Acaso no tie- 
nen una esperanza en lo más allá? Parece, 
por lo que de sus actos se infiiere, que no ; 
que sólo su fe alcanza á lo tangible, á lo 
ostensible. ¡ Débil fe, es en verdad, la de 
los que de tal modo piensan y la de los 
que por tales pensamientos rigen sus ac- 
ciones !... 

El estilo de las novelas de Martínez 01- 
medilla es culto, fluido. No hay en él afec- 
tación de clase alguna. Todo se dice rasa- 
mente, llanamente, sin palabras rebuscadas 
y sin giros retorcidos. Y, sin embargo, es 
grato y armonioso y, hasta á veces, tiene 
delicada sonoridad. La prosa de Martínez 
Olmedilla da la sensación de estar hecha al 
correr de la pluma, sin cuidado alguno. 
Pero la prosa de Martínez Olmedilla da, 
también, la sensación — que es la suprema 
sensación á que debe de aspirar un artista — 
de verdad, de vida. En esto el mecanismo 
íntimo del autor de Donde hubo fuego di- 
fiere bien poco de Palacio Valdés. Con este 
ilustre escritor se le podría señalar á Mar- 
tínez Olmedilla un parentesco espiritual. 
Sus novelas, como las del maestro, son, an- 
tes que ninguna otra cosa, humanas, muy 



202 CHARLA 

humanas, y siendo tan humanas tenían que 
ser bellas, pues, según dijo Voltaire, la vida 
sólo es capaz de embellecerla el arte. Y la 
vida en las novelas del maestro, como en 
las de Martínez Olmedilla, hace olvidar la 
literatura, es decir, el artificio de la litera- 
tura. Además, en ambos hay una parecida 
manera de hacer, cosa que no es de extra- 
ñar, pues estando ambos dotados del deseo 
de llevar el arte hacia un mismo ó semejan- 
te modo, es natural que habían de coincidir 
en alguno de los caminos conducentes á ese 
modo. El estilo de Martínez Olmedilla — de- 
be decirse — es de la estirpe del estilo del 
ilustre autor de Marta y María. Ambos es- 
tán más atentos á hacer que su pluma refle- 
je las luchas y las pasiones de la manera 
que acaecen en la realidad, cosa que hace 
que sus libros actúen directamente sobre 
nuestra sensibilidad, que no á producir fra- 
ses y oraciones de una gran eufonía, pero 
que por lo general carecen de medula en 
absoluto, y, por lo tanto, su belleza es sólo 
una belleza efímera, como la de la flor ó 
como la de la mujer. Y creo, creo sincera- 
mente, que es mucho más honroso, para un 
escritor, lo primero que lo segundo, pues 
supone un mayor caudal de conocimientos 
y de desengaños... Martínez Olmedilla ha 
hecho una novela digna de toda considera- 
ción, de la consideración que tiene derecho 



LUCIANO DE TAXONERA 203 

por su haber de escritor, que es uno de los 
más saneados de la nueva generación lite- 
raria. Esto no necesito, con nada, demos- 
trarlo. Para demostrarlo están sus libros, 
que son maravilla de observación, de ver- 
dad, de la verdad que nace al calor de la 
vida... 



c$ 



XVI 

BIOGRAFÍA Y ESTUDIO CRÍTICO 
DE CAMPOAMOR 

POR 

Andrés González Blanco. 



Al hablar con motivo del libro el Elogio 
de la cntica, de Andrés González Blanco, 
dije que era uno de los escritores más seria- 
mente orientados de la actual generación li- 
teraria. Hoy, después de leer el admirable 
estudio biográfico crítico que acerca de Cam- 
poamor ha publicado recientemente, en edi- 
ción hecha por la casa Sáenz de Jubera her- 
manos, no sólo debo ratificar lo dicho, sino 
añadir, además, que es uno de los escritores, 
uno de los pocos escritores que como nove- 
lista interesa, como poeta emociona, y como 
crítico enseña. En Andrés González Blanca 



LUCIANO DE TAXONERA 205 



se dan intensamente acusados, y con perfec- 
ción definida en ellos su personalidad, estos 
tres géneros del arte de las letras. He de de- 
cir que no le son extraños tampoco los lla- 
mados subgéneros literarios, tales como el 
cuento, la crónica y el artículo. El poder de 
su inteligencia lo domina todo, porque es 
tan grande que lo abarca todo. A un libro de 
versos, de versos dulces, melancólicos, en- 
tre cuyas palabras muchas veces se ven ca- 
sonas hidalgas, verdes campiñas, fuentes ru- 
morosas, sucede una novela como Matilde 
Rey, en la que no con la fidelidad de una 
fotografía, pues la fotografía es una cosa 
fría, muerta, por deberse á una máquina, 
no á la mano del hombre, sino con el encan- 
to de una pintura que tiene, como salida del 
cerebro humano, color, emoción, vida, se 
describe maestramente el existir picaro y 
aventurero de las modistillas y de los estu- 
diantes madrileños, existir picaro y aventu- 
rero que es en la juventud como un juego, 
sin pensar ni un momento que ese juego 
pueda marcar el rumbo de los días que han 
de venir. Pero no es esto sólo. A un libro de 
versos, á una novela sucede en seguida un 
volumen de crítica sana, jugosa, sino serena, 
muy cerca de la serenidad. Porque Andrés 
González Blanco, una de las faltas que tie- 
ne — falta, desde luego, venial — es la de dar 
á ciertos literatuelos, gente anodina y des- 



206 CHARLA 

preciable, un valor exagerado, un valor que 
nunca soñaron tener, y que lo alcanzan con 
el solo hecho de verse, no ya comentados, 
sino citados por el ilustre crítico. Ahora, el 
autor de la Historia de la novela en Es-paña 
pone su bien cortada pluma al servicio de 
una causa noble, de una causa que merece 
toda clase de alabanzas, aunque el éxito no 
le hubiese acompañado en la empresa. Es 
esta causa, la de dar á la figura de D. Ra- 
món Campoamor todo el relieve que merece, 
es esta causa la de consagrar al divino poe- 
ta de las Doloras un libro, que además de 
ser una completa biografía, biografía, claro 
está, que de la parte de su vida que se cono- 
ce, es un completo examen de sus obras, des- 
de aquella primera que escribió siendo alum- 
no de la Facultad de Medicina de Madrid 
hasta la última que publicó cuando ya la 
gota, «esa atroz dolencia de los que la for- 
tuna ha sonreído», le tenía postrado. La 
obra de Campoamor estaba en absoluto ne- 
cesitada de que la pluma honrada de un cri- 
tico la sacase del cruel olvido en que yacía. 
Y menester es declarar que, de sobrada ma- 
nera, se ha conseguido. El divino poeta vuel- 
ve á estar de actualidad, y vuelve á estar de 
actualidad merced al admirable estudio que 
le ha consagrado Andrés González Blanco. 

En España, y más que en nada en cuan- 
to se relaciona con la literatura, todo está 



LUCIANO DE TAXONERA 207 

por hacer. Nuestro pasado literario se desco- 
noce. En la memoria de muchos viven algu- 
nos nombres, aquellos nombres cuyo paso 
dejó en la vida una intensa huella. Pero 
nada sábese de los que fueron los precurso- 
res ó los discípulos de éstos. Más ó menos 
exacta tenemos la biografía de Góngora y 
el estudio crítico de las obras del protegido 
del duque de Lerma. Lo que hasta ahora na- 
die nos ha dicho por qué este poeta abando- 
nó el camino de la sencillez y de la natura- 
lidad, trazado por Garcilaso, para seguir el 
que, por aquel entonces, iniciara Herrera, 
que era todo pompa y artificio. Y lo que aun 
tampoco se ha estudiado, del modo minu- 
cioso que el asunto requiere, es la serie de 
causas y concausas que determinó la sec- 
ta de poetas á la que se dio el nombre de 
culteranistas. De los discípulos que siguie- 
ron á Vicente Espinel no ha quedado noti- 
cia. Los tratados de literatura los mencionan 
muy de pasada. Sólo uno — creo que es el de 
Antonio Gil de Zarate — se detiene en somero 
examen de algunos de ellos... Quiero decir 
con esto que, por lo general, se estudia el 
tronco, sin saber que ese tronco, para vivir 
tuvo necesidad de raíces, y que ese tronco 
puede morir si una de sus ramas se desarro- 
lla demasiado. Por eso extraña el encontrar 
un libro en el que se examine, con la aten- 
ción que en éste se examina, cuanto hubo de 



208 



CHARLA 



contribuir á formar el poeta y la nueva 
orientación que en la lírica castellana mar- 
có el autor de los Pequeños poemas. En el 
libro recientemente publicado por Andrés 
González Blanco se encuentra, no sólo el es- 
tudio crítico de las obras del divino autor, 
sino también el estudio crítico de los actos 
que pudieron determinar su modalidad poé- 
tica. Por eso, cuando analiza la palabra Do- 
lora, busca en la biografía de Campoamor 
su significado. Y en el afán de encontrarle 
una clara explicación, no se para hasta lle- 
gar á lo íntimo, hasta recordar ciertos suce- 
sos de la vida del poeta y sondar en ellos, 
con el objeto de descubrir á qué respondió 
este título que, como el ilustre crítico decla- 
ra, ha creado, en poesía, un nuevo modo, 
mejor dicho, ha concretado una idealización 
sentimental. Andrés González Blanco, con 
su clarividencia asombrosa, ha inferido en 
los actos llevados á cabo durante su vida por 
el eximio poeta, para luego, en consecuen- 
cia, deducir que importada tuvieron en su 
obra. Este sólo acredita á Andrés González 
Blanco de crítico sagaz y hábil. 

Mucho es lo que del libro de que hablo 
debiera recogerse para fijar la personalidad 
de don Ramón de Campoamor y muchos son 
los conceptos exactos que ponen de relieve 
su valía y la importancia que su nombre tie- 
jae en el arte de las letras. Andrés González 



LUCIANO DE TAXONERA 208» 

Blanco, sin salirse de un justo eslabona- 
miento lógico los va sentando, después de 
revestirlos de la suficiente estabilidad... Al 
estudiar la primera obra del poeta, Ternezas 
y flores, dice : «En ella, lo más notorio es la 
floridez de las imágenes, la ternura de la 
dicción y la ingenuidad del concepto. No 
busquemos más ; en balde intentaríamos ha- 
llar grandes arrogancias trágicas, ni agude- 
zas humorísticas, ni mirabolancias de estilo. 
Si hay algo que resalte, es algo de reminis- 
cencia clásica. Pero, en general, todo es allí 
claro, diáfano, fragante, tibio, despejado, 
como un sendero aldeano, abierto entre pra- 
dos húmedos, bajo un sol festivo y mati- 
nal...» Luego, al hablar de las Doloras, el 
ilustre crítico deja sentado : «La dolora es 
una composición hallada por Campoamor en- 
tre el acervo de géneros líricos españoles. 
El le supo inocular su espíritu genuino, su 
espíritu formado de realismo é idealidad. 
El le dio su espíritu, algo grosero y prosai- 
co ; pero siempre elevando al verbo sus emo- 
ciones realistas.» Lo que antecede es lo más 
exacto, á mi juicio, que se ha dicho del ad- 
mirable poeta astur. Las Doloras ^ ¿ e Campo,, 
amor son eso : una mezcla de realismo y de 
idealidad que ha dado un todo afortunado, 
afortunadísimo, un todo humano, pues son 
hechas de materia y de espíritu. Andrés Gon- 
zález Blanco califica las Doloras como la 

14 



210 CHARLA 

mejor obra de Campoamor. Si no es la me- 
jor, es, al menos, la más humana, porque 
es la en que casi no entra artificio ni ficción. 
La poesía de Campoamor, y de ello da feha- 
cientes muestras en las Doloras,- no parece 
poesía. Es un trozo de sentimiento animado ; 
es algo palpitante, sujeto en lo» '-Vites clá- 
sicos de los versos ; es el contenido divino 
del poeta, que se convierte en palabras ; 
pero no en palabras hueras, sonoras, retum- 
bantes, al estilo de las que emplea Salvador 
Rueda, el menos delicado de nuestros rima- 
dores,sino en palabras que parecen esculpi- 
das con mágico cincel, pues tienen líneas, 
contorno, relieve... Los pequeños poemas 
también merecen del biógrafo crítico una 
exacta, una exactísima definición que no pue- 
do menos de subscribir. Dice de esta manera : 
ixLos pequeños poemas son las epopeyas 
fragmentarias y descosidas, por decirlo así, 
que todas juntas componen el poema total y 
armónico de la civilización moderna. Es 
más : para darles aire de modernidad, el au- 
tor escogió casi siempre asuntos que sólo 
iban bien con nuestras actuales modalidades 
de la vida.» Y luego, más adelante, añade : 
«Los pequeños poemas son la expansión más 
noble de la personalidad de Campoamor ; 
son, por lo mismo, menos objetivos que al- 
gunas doloras. Sin embargo, el autor siem- 
pre presenta un drama humano, á veces vis- 



LUCIANO DE TAXONERA 211 

to desde fuera, á veces desde dentro ; [ y en- 
tonces, cómo sangra la herida del corazón 
del poeta, y cómo se explaya todo su yo, 
dilacerado y sufriente!...» Estos trabajos, 
entresacados del libro de González Blanco, 
son, como se verá, juicios rotundos, por lo 
precisos, por lo exactos. No pueden darse 
más serenas reflexiones, que estas que trans- 
cribo, acerca de la obra del gran lírico as- 
tur. Andrés González Blanco, no sólo se acre 
dita con este libro de un gran crítico, si ya 
así no estuviera acreditado, sino que de- 
muestra que sabe juzgar, cuando así las cir- 
cunstancias lo requieren, con ecuanimidad 
perfecta. Tiene talento sobrado para no fal- 
sear la verdad por ignorancia, como hacen 
muchos, aunque á veces no lo rinda culto 
por exceso de bondad. 

A lo largo de este admirable libro encuén- 
transe algunas ideas en las que es menester 
pararse. Una de ellas, y la más importante 
dados los tiempos por que atravesamos, es la 
de la moral en el arte. Andrés González 
Blanco cree, y cree bien, que el verdadero 
artista, el artista por temperamento y por 
inspiración, no debe de tener más moral que 
la que le dicte la belleza. Toda cosa bella 
es moral, porque el arte, por remontarse á 
regiones casi divinas, no tiene sexo. Pregun- 
tar á un poeta del mecanismo íntimo de 
Byron, de Goethe, de Kast, de Campoamor, 



212 CHARLA 

que cuál es su moral, paréceme, sencillamen- 
te, absurdo, porque cuanto emana de su ce- 
rebro está fuera de los límites en que las 
cosas y los seres se pueden tachar de mora- 
les ó inmorales. Las páginas que González 
Blanco consagra á esta ya tan debatida cues- 
tión son, sino las mejores del libro, de las 
mejores del libro. Cuanto en ellas expone 
representa ser fruto de una gran madurez es- 
piritual, de la madurez espiritual del ilus- 
tre crítico que, aunque á ella, por la edad, 
no puede haber llegado, la ha alcanzado de 
sobrada manera, debido á su enorme caudal 
de cultura y á su gran capacidad de com- 
prensión. En esto estriba, más que en nada, 
que el elogiado autor de Los contemporá- 
neos haya compuesto, un libro tan bello como 
es éste del estudio crítico-biográfico de don 
Ramón de Campoamor. A no ser así le hu- 
biera sido difícil llegar á las conclusiones 
que sienta acerca del biografiado y de su 
obra, y á no ser así, tampoco podía haber 
alcanzado á comprender de la manera exac- 
ta que los ha comprendido, aquellos actos 
que pudieron influir, más ó menos directa- 
mente, en la vida del escritor, y actuaron, 
más ó menos intensamente también, sobre 
la exquisita sensibilidad del poeta. Merece 
citarse como modelo el capitulo II, que lle- 
va por título años juveniles y vida madri- 
leña de Campoamor. Es una exacta, una 



LUCIANO DE TAXONERA 213 

clara exposición de todas las inquietudes 
por que el poeta pasó en esa primera épo- 
ca de su vida, que no fué azarosa como la 
de Espronceda, como la de Larra, como la 
del mismo Zorrilla, pero que también tuvo 
alternativas, y sus pasiones momentos de 
pleamar y de delirio. Y debe decirse asi- 
mismo que el cantor astur encontró en su 
mocedad casi todas las sensaciones que, lue- 
go una vez pasadas por el tamiz de su ce- 
rebro, una vez convertidas en rimas, fueron 
repitiendo sus coetáneos, y hoy recitan la 
• mayoría de los que hablan en esta hermosa 
lengua castellana, que es tan dúctil, tan ar- 
moniosa, y que van haciendo aun más dúc- 
til y armoniosa los escritores, pues en su 
docto oído le es necesario, muchas veces oir, 
rotundas, las frases para saber que tienen el 
suficiente contenido expresivo y son capa- 
ces de dar la sensación de la lenta caricia 
femenil y de la dulzura de los amorosos 
errores, y de la melodía de los arroyuelos 
que se desploman por las colinas serenas de 
la tierra galaica. ¿ Qué ideas se encuentran 
en el libro que Andrés González Blanco de- 
dica á Campoamor ? Por sus páginas corren 
muchas, unas apuntadas, otras ligeramente 
esbozadas, y las más con su máximo de des- 
arrollo... La vida de Ramón Campoamor, la 
obra de don Ramón Campoamor, estaba ne- 
cesitada — ya lo he dicho — de un libro como 



214 CHARLA 

el que ha escrito el ilustre crítico de que 
hablo. Merced á él lo que olvidado estaba ha 
vuelto á ser de actualidad, y lo hasta ahora 
callado es sabido y comentado por todos. La 
pluma de Andrés González Blanco ha hecho 
el milagro de hacer que vuelva á la memo- 
ria de los humanos el nombre del mágico 
poeta y, junto al nombre, su obra admira- 
ble... De todos los géneros literarios el que 
merece más consideración por la labor edu- 
cativa que realiza, el que debía de estar lar- 
gamente premiado por los centros oficiales 
de cultura, es este de restituir una figura 
cualquiera que tenga un positivo valor á la 
vida espiritual, que es la vida perdurable. 
Pero en España como no hay nadie que 
viva atento á lo que á la nación le convie- 
ne, no hay nadie, por tanto, que indique á 
la nación que se debe premiar, y premiar 
largamente, el milagro de galvanizar un ca- 
dáver. Y este milagro es el que ha hecho 
Andrés González Blanco con don Ramón de 
Campoamor. 

No me sería grato que en mis palabras 
se viera ni asomo siquiera de desmedidas 
alabanzas. Creo que cuando éstas no se apo- 
yan en recias armazones de real valoriza- 
ción para nada sirven ni ningún valor tie^ 
nen. Andrés González Blanco sabe que esto 
es exacto. Y por eso, pacientemente espera 
la recompensa para su trabajo, sin irla men- 



LUCIANO DE TAXONERA 215 

digando por redacciones de diarios ni ante- 
despachos de Ministerios como otros mal lla- 
mados literatos, á la manera de Goy de 
Silva, cuyo talento, por lo caudaloso, él lo 
compara al Amazonas, ó como Baeza, ese 
ser híbrido que de cuando en cuando pone 
sus extremidades inferiores en las planas de 
cualquier periódico de poco más ó menos... 
Nada de cuanto dejo dicho es una desmedi- 
da alabanza. Si alguno así le parece debe 
tener en cuenta, para hacer morir su califi- 
cación, que la labor realizada por González 
Blanco es una labor que, á la larga, ha de 
redundar en beneficio de la nación. 



££ 



XVII 

LOS EXTRAVIADOS 
EN LA LITERATURA ACTÚA. 



Como resumen. 



Todo cuanto en este libro se dice ha sido 
escrito al calor de un momento emocional. 
A causa de ello, tal vez, habrá contradic- 
ciones de bulto. ¿ Puede alguien pensar lo 
mismo, y del mismo modo, en estados de áni- 
mo diferentes? Creo que no. El crítico no 
es más que el artista que trata de fijar en 
letra de molde aquellas impresiones que 
las lecturas han causado á su sensibilidad. 
Y no hablemos de nobles sacerdocios de la 
literatura. No los hay ni, por varias razo- 
nes, puede haberlos en ninguno de sus gé- 
neros ni de sus subgéneros. En los años que 



LUCIANO DE TAXONERA 21T 

corremos de transicción, de renacimiento,, 
no se puede fijar nada, pues todo es inesta- 
ble. Así, el artista, el verdadero artista, ha 
de vivir atento al suceder continúo de mo- 
dalidades para no quedarse anquilosado en 
una época, ni su espíritu inerte en determi- 
nada edad... ¿A qué credo estético respon- 
den estas críticas al día ? Debo decir que 
no tienen uno determinado. Para mí, el úni- 
co crimen que se comete en literatura es es- 
cribir mal. Cuando veo un libro de un Bae- 
za, de un Carretero, de un Gómez de la Ser- 
na cualquiera, antes de ir á su entraña, an- 
tes de examinar su ética, voy á ver si se 
falta á la Gramática ó se atropella al idio- 
ma. Porque, para mí, repito, sólo se es cul- 
pable cuando lo escrito no tiene el conteni- 
do de lo pensado, dicho, claro está, con todas 
las reglas del buen gusto y, por tanto, de 
la Academia. 

He citado á Carretero, á Baeza, á Gómez 
de la Serna, al detritus de nuestra genera- 
ción literaria, no por malquerencia, que nin- 
guna me puede inspirar quien nada vale,, 
sino porque cuando leo sus obras, es decir,, 
cuando hojeo sus obras, siempre se me ocu- 
rre preguntar : ¿ en dónde colocarán las 
ideas, en dónde situaran su moral, si no 
saben colocar un adjetivo ? Y he dicho mu- 
cho, he dicho sus ideas y su moral. ¿ Acaso 
tienen ideas y profesan moral ? Los libros- 



218 CHARLA 

por ellos escritos no lo declaran así. Dichos 
libros son ejemplo de vulgaridad y modelo 
de estupidez... Para mí, lo innoble, lo delez- 
nable, empieza donde acaba el talento. 
Cuando se tiene talento, todo se perdona, 
todo se disculpa, porque él posee tan enor- 
me poder, que cubre las imperfecciones y 
tapa los errores. En España, ¿ qué escuelas 
literarias han vivido más esplenderosamen- 
te ? ¿El romanticismo...? ¿El naturalis- 
mo... ? En su haber, las dos, tienen nombres 
que merecen admiración. Luego vino la no- 
vela sicalíptica. De los que la cultivaron, 
sólo tres tienen destellos de talento, no ta- 
lento. Llámanse, éstos, Felipe Trigo, Insüa, 
López de Haro... En estos momentos está 
haciendo su aparición la literatura decaden- 
tista. Los que la importan ¿ merecen ser re- 
conocidos como literatos ? No. El mérito de 
un literato estriba en algo más que en tras- 
ladar á un mal castellanOj á un castellano 
sin retórica y sin medula, trozos de Willy, 
de Lorraine, de Rachilde — lo morboso en la 
literatura de Rachilde — . ¿ Por qué se olvida 
nuestra sana tradición realista ? Répide es 
de ella, hoy día, su más eximio representan- 
te... Es, sencillamente, un crimen no culti- 
varla más, y traer aquí la perversión fran- 
cesa. El consuelo que queda, ya que la ley 
no lo castiga, es que aquí no puede aclima- 
tar, porque para que aclimatara, sería nece- 



LUCIANO DE TAXONERA 219 

sario modificar los caracteres étnicos de la 
raza. Ahora, que no se debía de esperar á 
que lo rechazara nuestro estómago, sino que 
todos los libros, todos en absoluto, debie- 
ron de ir autorizados por una junta de cen- 
sura, no sólo atenta á juzgar la parte que 
ellos pudiera haber de belleza, sino también 
su fondo moral. 

El que esto lea á buen seguro ha de creer 
en lo sano de mi intención. Para decir lo 
que antecede sólo me guía un honrado deseo, 
como escritor, de ennoblecer las letras, y un 
ansia desapoderada, como buen ciudadano, de 
realizar una labor que, por lo menos, tenga 
asomos de nacionalizadora, y, por lo tanto, 
de patriótica. Porque patriotismo es querer 
que la savia de un pueblo, pues no otra cosa 
es la literatura, se deslice por cauces natu- 
rales, sin sufrir desviaciones ni extravíos. 
Los españoles, la mayoría de los españoles, 
por el acendrado amor que tienen al solar 
en que nacieron no habían de consentirlos. 
Pero conviene dar el alerta para que ni si- 
quiera se empañe el^brillo de nuestras tradi- 
ciones literarias. Conviene decir que, á pe- 
sar de lo que se trabaja en contrario, hoy 
ese brillo es de mayor intensidad que nunca. 
Ricardo León, Pedro de Répide, Ramón del 
Valle Inclán, Pedro Luis de Gálvez, traba-' 
jan incesantemente porque sea así. La labor 
•que estos escritores citados realizan no mere- 



220 CHARLA 

cen sólo consideración, sino elogio. Ellos, 
con su poderoso influjo moral, no permi- 
ten que se acusen muy enérgiccamente cier- 
tos extravíos. 

Los extravíos de los escritores me inspi- 
ran una gran compasión, no sólo porque el 
el ser extraviado, en sí, es digno de lástima, 
sino porque sus extravíos, cuando son por 
mercantilismo, caen aquí en el más espan- 
toso de los vacíos. Con ellos no logran noto- 
riedad ni dinero. En España, nadie con la 
literatura se hace rico. Cuando me dicen que 
un escritor tiene dinero, que un escritor es 
dueño de un gran fortuna, sólo se me ocurre 
preguntar : ¿ de qué privilegiado sistema de 
ganzúas será inventor ? 



tJJ 




ÍNDICE 



Págs. 

I. — El caso de siempre 6 

II. — Los mercaderes del ideal.... 26 
III. — Breves apostillas á una obra 

de Rojas Zorrilla 42 

IV. — En las librerías y en los 

escenarios SI 

V. — El estilo y los estilistas 93 

VI7 — Don José Echegaray 106 

VII. — Manuel Linares Rivas 113 

VIII. — En defensa de España 127 

IX.— Del ideal al interés 134 

X. — Don Marcelino Menéndez y 

Pelayo 140 

XI. — Por las bibliotecas 148 

XII. — Tópicos del día 155 

XIII. — La verdad acerca de una 

nueva doctrina filosófica... 173 
XIV. — La vuelta de «Azorín» á la 

literatura 186 

XV. — Augusto Martínez Olmedilla. 195 
XVI. — Biografía y estudio crítico 

de Campoamor 204 

XVII. — Los extraviados en la litera- 
tura actual 216 





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Desilusionado por (a vi- 
sión del triunfo efectista 
de infinitos idiotas, 
doy á la publicidad 
esta serie de sin- 
ceridades jus- 
tas que se 
acaban 

de 
impri- 
mir en (a 
imprenta de 
Hntonio Marzo; 
4 de Mayo de 1912. 





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